VOLVÍ POR USTEDES

Les voy a contar un cuento. Hace 20 años lo conocí; alto, rubio, ojiclaro, sensible, sincero e intrépido. Desbordante en imaginación a la hora de jugar. Increíblemente rápido en las rectas y no tan ágil en los zigzagueos; ese título me correspondía a mí. Era el hijo de una muchacha del servicio de un barrio que colindaba con el mío. Éramos muy amigos, los mejores. Su historia, hasta donde recuerdo, era la de un niño que vivía en la casa de una señora a la que su madre le servía. Dormía junto a ella en una habitación muy pero muy pequeña, casi toda llena de stickers de jugadores de fútbol. Uno de ellos, por encima de los demás, se robaba el aliento de su madre Raquel. Se trataba de Gabriel Omar Batistuta. Aún la recuerdo suspirando por él, mientras nos regañaba por algo -era su deporte favorito, ¡REGAÑAR!-.

Juan Carlos, el niño del que les hablo, fue muy afortunado, ya que la dueña de la casa, la señora Laritza, una mujer de avanzada edad, le cogió mucho cariño, tratándolo como al nieto que aún no tenía. Le pagaba la pensión en un colegio cerca a la casa, y si no era así y tú, mi querida Raquel, estás leyendo esto con rabia por el no reconocimiento de tu esfuerzo realizado, por favor abstente de regañarme. O doña Laritza o tú,  el caso es que el chino estudiaba. Juan Carlos era un consentido. Tenía muchísimos juguetes. Dinosaurios como pa donar a Jurassic Park, todos los personajes de Dragon Ball Z, MicroMachines, Las Tortugas Ninja, Los ThunderCats y, para rematar, el Play Station1, que en ese entonces estaba recién salido del horno. (Comentario repentino). Antes de que le compraran el Play, íbamos juntos, saltando como guerreros samurai, hasta el barrio Álvarez. Allí, en una sala llena de televisores y consolas, liberábamos sinfín de endorfinas frente a las pantallas. Nos cobraban 500 pesos la media hora y 1.000 la hora de Medalla de Honor, Dino Crisis, Winnin Eleven y otros juegos más. Pocos meses después, mi mamá llegó de Estados Unidos con un Play para mí y mis hermanos, y ahí, obviamente, como buen amigo que era, se lo comencé a alquilar a un mejor precio: 400 la media hora y 800 la hora.

Eran tiempos hermosos. Jugábamos con todo. Nuestra imaginación no tenía límites.  Hacíamos de un palo, una espada legendaria envuelta en llamas. De un pedazo de madera, un escudo irrompible. Volábamos, saltábamos, gritábamos y personificábamos a cuanto héroe o villano se nos ocurría. Siempre quisimos construir una casa en el árbol; pero no, nunca nos dio la ingeniería. Siempre terminábamos haciéndola en el suelo, con palos, cemento y banderas políticas que sobraban de las batallas electorales de mi padre. Quizás esa era la razón por la que la policía siempre nos las acababa tumbando. “Esto parece una invasión”, alegaban algunos adultos de la cuadra que, preocupados por la estética del lugar, apagaban nuestra infantil y avanzada diversión. Y digo avanzada porque ya era una casa con cemento y sonido. Utilizábamos un discman y unos parlantes de computador para musicalizar el inmueble, y bolsas de cemento, que alguno se sacaba de la casa, para envolver las cimientes de la obra.  A una de esas señoras, en venganza por su denuncia policiaca, le mandamos un bandido -como de 6 años-, con macheta en mano, a que le cortara un papayo que tenía en el jardín del frente. Lo que no sabíamos, era que la señora, pobrísima en relaciones humano a humano, tenía como única compañía al inofensivo árbol. Motivo por el cual Emilio, el menor cuya mano empuñó el arma homicida, acabó en un calabozo del barrio -o sea en su cuarto-.

Juan Carlos y yo nos negábamos a crecer. Algunos de la cuadra ya comenzaban a mostrar síntomas de preadolescencia crónica, pero nosotros, sobre todo nosotros dos, nos absteníamos rotundamente al hecho de no seguir imaginando. “¿O sea que ya no vamos a jugar? ¿Entonces qué? ¿Vamos a sentarnos a hablar? ¿Hablar de quién? ¿De esa vieja? ¡Nah! Mucho desparche malo”.

Era una lucha contra el tiempo, contra los Backstreet Boys, Cristina Aguilera y Britney Spears. MTV tomaba ventaja con su programación de nuevo milenio, y las calles, poco a poco, perdían su romántico terreno. Uno puede ver la calle de dos maneras: como una calle normal, por la que pasan automotores y personas, o como una cancha de fútbol/Campo de batalla/ autopista de carritos de Hotwheels/ Imperio Romano, Bárbaro o Mongol/ así sucesivamente, según le dé el cacumen.

El tiempo se nos agotaba, y las maldades adolescentes de los mayores se comenzaban a infiltrar en nuestras filas.

Un día, con exactamente 10 años -lo recuerdo a la perfección porque la película que íbamos a ver era “Pokemon 2000”-, iba caminando junto a mi hermano y mi mamá hacia el cinema de Cabecera, en Bucaramanga. De repente, casi en el límite del barrio, me encontré con mi pandilla. No teníamos nombre ni nada de eso. Tan raro. Pero bueno, me los encontré. “Hola, doña Patricia”, saludaron al unísono. “Hola, mis amores”, les respondió mi madre sin detener su marcha. Mientras continuaba, con mi hermano de la mano, Juan Carlos me hizo un guiñó con el ojo, como a quien le urge contar algo. Giré la cabeza en dirección hacia mi familia y me percaté de que ya me estaban dejando atrás, entonces me les acerqué. “¿Qué pasó “, les pregunté susurrante. “Hay una vaina que le tenemos que mostrar”, dijeron unos. “Mañana me la muestran”, les respondí. “Mi mamá me va a dejar y no me quiero perder Pokemon; me contaron que de pronto matan a Ash”. Diego, otro de la pandilla, frunció el ceño e insistió. “Mano,Tatán, en serio tiene que ver esto. Después se ve Pokemon”. Lo pensé, lo volví a pensar y ¡CHAZ! Le grité a mi mamá: “¡Mamá!, yo me quedo con mis amigos. Vayan ustedes y yo me la veo después”. “¿Seguro, mi amor?”, respondió ella. “Sí señora”. “Bueno, ¡te amo!”. Miró en dirección a mis amigos y sentenció: “¡cuídense mucho!”.

Lo que no sabíamos, ni mamá ni yo, era que lo que me querían mostrar mis amigos, nada de cuidado tenía. Todo lo contrario. Era peligro preadolescente. Peligro del bueno.

Hacía varios meses, bajo la influencia de un par de jóvenes mucho mayores que nosotros, toda la pandilla había incurrido en varios actos delictivos; toda menos yo. Esta serie de acontecimientos comenzaron con un robo menor.

De noche, protegidos por la alta y densa arboleda del sector, los integrantes de mi pandilla se escabulleron por entre las rejas de uno de los parqueaderos de la Universidad Autónoma de Bucaramanga. El objetivo era claro: “Secuestrar y darle materile a un grupo de gaseosas Hipinto que reposaban tranquilamente en una nevera del edificio”. Favorecidos por sus delgadas figuras, alias “Lilo” y alias “Braquiopanto” -el apodo más extraño que jamás haya llevado un ser humano-, sortearon con facilidad las rejas del no tan seguro aparcadero. Desde afuera, el resto les indicaban dónde se suponía que debía estar la nevera. “¡Suban! ¡No! ¡Por ahí no!”. “Shhhhto, mano, cállese la jeta que nos van a coger”, susurraban los jóvenes asaltantes. Vértigo, miedo, frío -el barrio era frío- y luces titilantes de un poste que los ponía en evidencia. Subían, bajaban, de un lado pal otro, ¡hasta que por fin! Aparecieron con varias gaseosas de litro retornables entre brazos. Bueno, retornables es un decir, porque aquellas, las capturadas, de retornables no tenían ni la culpa.

Con ese cuento me habían llegado, como les dije antes, hacía unas semanas. La verdad, me extrañó de Juan Carlos, ya que era muy bondadoso y cero proclive a este tipo de actos. Sin embargo, más allá de sonarme a algo de pícaros y chusma, me pareció divertido y digno de arrepentimiento, y no precisamente de su parte, sino de la mía por no haber participado. En aquel entonces, ADRENALINA era mi palabra favorita, y todo lo que tuviera que ver con ella, tenía que ver conmigo.

“Tatán, lo que pasa es que llevamos varias semanas haciendo algo y se lo queremos mostrar”, me dijeron los sinvergüenzas. Me imaginé de todo, menos lo que me estaba esperando. Arrancamos a correr a toda velocidad, descendiendo por la cuadra principal del barrido Altos del Jardín. En ese entonces, todo lo hacíamos corriendo. La velocidad era un índice importantísimo de poder. De hecho, para poderla medir, hacíamos carreras de relevos y vueltas al barrio, cronometradas con un reloj Casio de los que tenían control de televisor y un perrito que corría sin cesar.

Pasamos el parque como volador sin palo, para luego surcar mi cuadra, la Avenida del Jardín, sin siquiera voltearla a mirar. Continuamos corriendo hasta Bajos del Jardín, y en la cancha, en la cancha nos detuvimos. “¡Cuéntenme qué me van a mostrar!”, les inquirí. “Espere mano, ya va ver”, respondió Diego mientras caminaba hacía unas escaleras llenas de moho. Aquel lugar, por el que nos encontrábamos caminando a paso lento, es maravillosamente espeluznante. Y digo ES porque aún existe. Para mí, que crecí en el sector, nada de sombrío tenía, pero para un extraño, ajeno al mover del barrio, seguro lo sería. En ese lugar los rayos del sol luchan por penetrar las frondosas ramas de los altísimos árboles. El sonido de una quebrada, que ya no es quebrada sino caño, ameniza el oscuro ambiente, y en las noches, cuando nadie los ve, los zorros merodean buscando carroñearse algún fara muerto. En medio de este escenario, yacía una cancha de micro construida, exactamente, debajo de la quebrada. Muchos de los mejores partidos de mi vida me los eché ahí. ¿Y Juan Carlos? No, Juan Carlos no jugaba fútbol. O sea, el man daba pata y se esforzaba al máximo, pero no paraba ni un tiro. Aquellos partidos de barriada no tenían comparación. Lo mejor era ganarlos, y lo peor, era cuando el balón se iba al agua. ¿Ustedes saben lo que es meter las manos en agua llena de orines y desechos de todo tipo? ¿No? Bueno, pues nosotros sí. A esta, o sea al agua, le debo todos y cada uno de los ojos de pescado que me salieron en la niñez.

Bueno, ahí, en esa cancha de micro, habían unas escaleras llenas de moho que se perdían en medio del bosque. Y allí estábamos, caminando hacia el sabrá Mandrake.

Paso a paso, con la pandilla completa, nos dirigimos hacía el secreto de secretos. Luchando por no resbalar en la maleza, descendimos hasta el borde del caño, y sobre este caminamos siguiendo la corriente del agua. Luego de varios minutos, a mano derecha, nos topamos con una pared de ladrillos que lucía como el límite de algún conjunto residencial. “Paren”, gritó Diego. (Importante anotación). Si no se han dado cuenta, Diego era el mandón del combo. Al que la preadolesencia le madrugó, y con ella la rebeldía cívica.

De un solo tramacazo nos detuvimos. “¿Qué pasó?”, pregunté. “Aquí es”, dijo Juan Carlos. Nos hallábamos en el borde de la quebrada; a un paso a la izquierda de caer en ella, y a otro a la derecha de lamer el muro de ladrillos. Entonces me fijé en derredor, analizando el terreno, y ante mis ojos comenzaron a aparecer varias herramientas de trabajo recostadas sobre el muro y un poco de polvo en un sector de él. A este me acerqué, y al hacerlo, me percaté de que había un pequeño hueco. “¿Esto qué es?”, les pregunté. “¿Se quieren meter al edificio?”. Me miraron, culpabilidad en rostro, y respondieron: “Tatán, adentro hay piscina, parque y cancha de tenis”. Los miré sin entender. “¿Por qué habrían de violar la seguridad de un edificio, sabiendo que todos podíamos ir a piscinas o a un parque?”. Pero no, no todos podíamos; por lo menos no a un complejo tan completo y moderno. Esa era nuestra pandilla, esa era nuestra realidad. Había integrantes cuyos padres trabajaban en Ecopetrol y les pagaban todo en los mejores colegios; y había otros, como Edson, que andaban descalzos y sin camisa por todos lados. Yo estaba en la mitad. Mis padres me pagaban todo e igualmente andaba descalzo y sin camisa.

Pues bueno, “metido el dedo, cagada la mano”, decía una tía. “Entonces ¿qué hay que hacer?”, pregunté. “Pues terminar de darle mazo”, respondió Juan Carlos. Listo, manos a la obra. ¡PUM! ¡PUM! ¡PUM!, mazaso tras mazaso, fuimos abriéndonos paso en el conjunto residencial Bocamonte. Todos los días íbamos hasta aquel lugar, escondido en el bosque, a darle forma a nuestro proyecto de vacaciones. Hasta que, teniendo el hueco el tamaño y la profundidad perfectas, nos detuvimos. “¿Por aquí pasan todos, cierto?”, preguntó alguien. “Pues metan a Juan Carlos, que es el más grande; si él cabe, todos caben”.  Ahí comenzó la burra a parir. Que no, que él no entraba, que ni loco se iba de carne de cañón, etc, etc, etc. Entonces, sacudiéndome el polvo de encima, pasé en medio de todos, con dirección hacia el costado derecho del muro. “Tiene que haber otra forma de entrar”, me dije a mis adentros. “Por encima”, señalé. Miré lo alto del muro y concluí dos cosas: “el muro tiene matas de las que chuzan y alambres, seguramente eléctricos”. “¡Heyyyyy!”, grité. “Alguno hágame patagallina, a ver si el cable tiene electricidad”. (Apunte) Patagallina: dícese del apalancamiento de un ser humano sobre las manos de otro. Diego corrió en mi dirección y se puso en posición. “¡Hágale!”. Puse el pie sobre sus manos y me levantó. Luego con las mías alcancé la cumbre del muro y me aferré a él. En ese instante, todos comenzaron a gritar: “¡Cuidado con el cable! ¡Cuidado!”. Mis manos estaban a pocos centímetros del elemento en cuestión y ¡CHAZZZ! Lo toqué, lo toqué y no me pasó nada. “¡Esta joda no tiene electricidad!”, grité. “Bueno, entonces pase pal otro lado”, respondieron. Así lo hice. Salté de lo alto del muro hacia el conjunto residencial. ESTABA ADENTRO. (Apunte) Sé que muchos se deben estar preguntando: “¿para qué carajos estos chinos abren un hueco, y luego arriesgan la vida de uno de sus integrantes en un muro electrificado?”. La respuesta es: ellos no estaban esperando a que yo saltara el muro por los cables. Lo hice para impregnarlos de valentía. O sea, para que desde adentro se gritaran: “si este man fue capaz de saltar esta joda, ¡cómo no voy a ser capaz de arrastrarme por un hueco!”. (Fin del apunte).

Pues funcionó, porque apenas me asomé por el otro costado del hueco, la pandilla completa se tiró al suelo, cuales ratas de alcantarilla, y se pusieron en marcha. Una a una fueron apareciendo las cabezas de nuestros integrantes en el nuevo mundo. “Shhhh, no hagan ruido”, advirtió Diego. “Mano, ¿cómo así que no hagamos ruido? Llevamos 2 semanas dándole mazo a esta pared, ¿y ahora usted nos dice que no hagamos ruido?”. Diego me miró, como quien no quiere discutir, y señaló hacía el frente con su dedo. “Síganme”, concluyó. Él era el único que conocía el conjunto. De él había sido la idea y a él estábamos siguiendo.

Nos encontrábamos en lo más profundo de la zona social del edificio Bocamonte. Desde donde estábamos, se alcanzaba a ver su imponente figura. En este edificio residían importantes personalidades santandereanas como Horacio Serpa Uribe, una amiga de Diego y Care Culo. No mentira, Care Culo no, él vivía en San Alonso. Precisamente en la visita que Diego le hizo a su amiga, mientras jugaban tenis en la muy bien cuidada cancha, a nuestro amiguito se le ocurrió la pilatuna en ejecución.

Una cancha de tenis, allí estábamos.

En nuestro primer viaje al nuevo mundo, nos aferramos a la seguridad de lo que conocíamos, o sea al muro y a la cancha. El que pasara para el otro lado, habría de ser coronado como amo y señor de la pandilla. Un viaje. Dos viajes. Tres viajes. Y En el cuarto, recuerdo a la perfección, tomé el mazo, que aún reposaba en el borde del caño, y ¡PUMMMM! ¡Me salió un negro y peludo alacrán! “¡SUMADRE!”, grité durísimo. “Shhhhto Tatán”, exclamó Diego. “Mano, pero mire ese bicho, me hubiera podido picar”, le respondí con el corazón en la mano. “Déjelo sano y entre mejor”. “Bueno, bueno”. Asentí con la cabeza, solté el mazo y me sumergí en lo profundo del hueco. Al salir, casi toda la pandilla se encontraba de pie en la cancha de tenis, esperando las indicaciones de Diego. Su cabeza fue la última en aparecer, y al hacerlo, nos reunió en un pequeño círculo. “Bueno, hoy va ser diferente”, dijo entre dientes. “Vamos a subir a la piscina y al parque, ¿listo?”. “¡Listo!”, contestamos todos. Tapamos el hueco con un matorral, pusimos nuestros ojos en unas escaleras que se levantaban al oriente de la cancha y nos comenzamos a acercar lentamente. Ese día iba ser diferente. Diferente porque nos arriesgaríamos a ir más allá.

Mientras subíamos, paso a paso, se me dio la orden de que revisara el muro de electricidad por el que había entrado la primera vez. Corrí por la maleza hasta el muro. Allí me percaté de que, por cuestiones genéticas, no iba alcanzar a tocar el cable, así que le chiflé a Juan Carlos. “Fiuuuu, fiuuuu” -esto se supone que es la onomatopeya de un silbido-, “¡Juan Carlos!”, le grité. Mi rubio compañero de aventura se percató del llamado y corrió en mi ayuda. Llegó, puso sus manos en posición de Patagallina y me subió hasta lo alto del muro. Miré el cable, enredado entre vidrios y restos de botellas, y me dije: “A la de Dios”. Estiré la mano y me aferré con todas mis fuerzas a la vida. El viento sopló la arboleda que nos cubría las cabezas y, de nuevo, la suerte estuvo de mi lado. “No tiene corriente, no tiene corriente”, concluí nerviosísimo. “Bueno, entonces bájese “, respondió Juan Carlos. Brinqué, y con el mismo impulso que traía, me dirigí hacía le línea de avanzada del resto.

Al conquistar la piscina, recuerdo muy bien, que algunos nos quitamos los zapatos para meter los pies en ella. La conquista, aunque ilegal, era inofensiva. Máxime algún hongo que Juan Carlos, Lilo o Diego le hubiesen podido pegar al hijo de Serpa. Lo único cierto, era que nos sentíamos como Aquiles y sus secuaces en tierras troyanas. Bueno y, ¿cuál era nuestro caballo? Nuestro caballo era Diego. Si alguna joda salía mal, Diego habría de rescatarnos de lo irrescatable. Caminamos por la piscina y anduvimos por el parque, disfrutando de las bondades del mismo. Miedo, risas, tranquilidad y de nuevo miedo. Nos sentíamos como los niños más astutos y sagaces que el mundo jamás hubiese conocido. Hasta que, como en todo lo que no tiene guía de lo alto, la ambición nos cortó la cabeza.

Algo intranquilizó a Diego, cambiándole por completo el semblante. Algo se traía entre manos. ¿Qué? No lo sabía, pero habría que averiguarlo. “Ole, ¿todo bien?”, le pregunté. “Sí, sí…”, respondió. Me quedé mirándolo de reojo, luego hubo un silencio de varios minutos y ¡TRAZZ!, lo soltó. “Lo que pasa es que en este edificio vive una amiga…”, dijo. Y continuó: “…Y una vez, nos llevó a varios del salón a ver toda la ciudad desde la placa del edificio”. “Cómo se ve?”, le pregunté sorprendido, con los ojos abiertos como lunas llenas. “Tatán, se ve increíble… Yo quiero volverla a ver, pero…”. “¿Pero qué?”, pregunté. “…Pero, pero es muy difícil, porque tendríamos que entrar al edificio”. Lentamente, aparté mis ojos de los suyos y los puse sobre nuestro nuevo objetivo. Así mismo lo hizo lo él. “¿Se ve increíble?”, pregunté. “Sí, Tatán, se ve increíble”.

“¡Vengan todos!”, gritó Diego. De inmediato, cada uno de los integrantes dejó lo que hacía y se agrupó en el pequeño círculo en el que nos encontrábamos. ¿Y Juan Carlos? Él también. “Hay un cambio de planes”, comenzó diciendo. Una ráfaga de viento pasó, todos nos miramos a los ojos y luego se los devolvimos. “Vamos a entrar al edificio”, sentenció. “No, espere, esto no estaba dentro del plan”, dijo Lilo con voz temblorosa. “Donde nos cojan, mi mamá me mata”. Entonces Diego, impacientándose con el comentario, lo aplacó con un: “Mire, Lilo, cállese la jeta y deje de ser tan niña. Ya le abrimos un roto a esta joda; hicimos lo más, ahora hagamos lo menos”. “Ok, listo”, concluyó Lilo con un hilo de voz.

“El plan es el siguiente: vamos a entrar al edificio por el parqueadero número uno. Vamos a pedir el ascensor, nos montamos y subimos hasta la placa. Vemos la panorámica de la ciudad desde arriba y nos devolvemos. ¿Ok? Por hoy es más que suficiente”. A una todos respondimos que sí y nos paramos. “Hágale, Diego, lo seguimos”. El delgado guía, intrépido y temperamental, se abrió paso entre los laberintos florales del conjunto, señalándonos cuidadosamente la ruta hacia el parqueadero número 1. En pocos minutos estábamos allí. Mucho silencio. Atmósfera fría y tenebrosa, como la de un parqueadero. Juan Carlos estiró la mano y oprimió el botón del ascensor. Piso a piso fue descendiendo el elevador, hasta que se abrió, se abrió el jijuemadre. Nos metimos dentro y un par de risillas nerviosas se escaparon. “Madre mía”, diría un español; “en la que se están metiendo estos chavales”. “¿Y ahora qué?”, le pregunté a Diego. No había terminado mi pregunta, cuando él ya estaba oprimiendo el botón del Penthouse. El artefacto metálico comenzó a subir y nuestra ilusión de lo imposible comenzó a acrecentarse tanto, tanto tanto, que creímos lo imposible, posible. Un piso; dos pisos; tres pisos; cuatro pisos; cinco pisos; seis pisos y ¡NOOOO! No podía ser posible. Sonó el citófono del ascensor. “Muchachos, disculpen, ¿ustedes por dónde entraron? ¿Para dónde se dirigen?”. Aquella voz petrificó la escena de tal manera, que solo faltó un infarto en ella. Todos, absolutamente todos, quedamos pálidos, fríos, blancos, mudos, semimuertos, embalados. Diego nos miró, sabiéndose observado por la cámara del ascensor, y sentenció sin moverse, cual ventrílocuo: “Señor, vamos para donde Natalia, del piso 6”. El celador, confundido por la veracidad de la información -o sea, que Natalia efectivamente vivía allí-, nos ordenó bajar hasta la portería. “Vengan y yo los anuncio”. Entonces Diego, concluyendo con su espontánea y defensiva conversación, espichó el botón del parqueadero diciendo: “Apenas lleguemos al parqueadero, ¡corran! ¡Corran hacia el hueco! Si el celador aparece, escóndanse hasta que se vaya. ¿Listo?”. “¡Listo!”, dijimos todos.

¿Si les digo que mientras descendíamos hacia lo inevitable, el tiempo se volvió densamente palpable, me lo creerían? O, mejor dicho, ¿si les digo que el que aflojara tantico el recto, se iba en bolsa, me lo creerían?

Uno, dos y ¡tres! ¡A correr! Rápidamente, en un disparo de natación, la pandilla abandonó el elevador. Sí había algo en lo que destacáramos, era en la velocidad. Sin embargo, antes de que alguno hubiese alcanzado la salida del estacionamiento, se escuchó la voz del celador. “¡¡¡¡¡Quieeeeeeetos!!!!!”. Aquella voz retumbó en nuestros oídos, o por lo menos en los míos, como el preludio de la masacre que se aproximaba. Como perro de taller, me metí debajo de una camioneta. El pecho en el suelo. La respiración agitada. El sudor en la frente y la adrenalina en el corazón. Miré hacia mi derecha y me encontré a Diego, debajo de otra camioneta, poniéndose el dedo en la boca en señal de: “Ni se le ocurra hacer medio ruido”. (Apunte repentino) Son en aquellos instantes en los que me compadezco de las actrices de película de terror que tanto criticamos. Uno les menta la abuela porque no son capaces de callarse la jeta en los momentos clave. Pero mis hermanos, métanse debajo de una camioneta con un Freddy o un Jason persiguiéndolos, a ver si su respiración no suena como motor de camión lechero. (Fin del apunte).

“¡Salen todos ya!”, gritó. “¡O los saco!”, y ¡PUMM!, golpeó una pared metálica con su bolillo. Me apresuré a mirar hacia todos lados, buscando señales del resto; pero nada, solo Diego y yo. Él era de aquellas personas que sostenían la mentira hasta donde le diera el agua, por ende, esperaba lo mismo de nosotros. No obstante, y para su mala fortuna, Juan Carlos salió con las manos en alto. “Ya, ya, no nos haga nada”.

El hombre tomó a Juan Carlos del brazo y, de nuevo, se dirigió a nosotros. “¡Salgan ya o los saco!”. En esos momentos mi conciencia comenzó a jugarme una mala pasada. “Es Juan Carlos, su mejor amigo. ¿Cómo lo va dejar morir? Sebastián, ¡Salga! Sebastián, ¡salga!”. “Ay, Dios mío, bueno, bueno, ya salgo”. No soporté la presión de mi bondadosa conciencia y rodé, rodé hacia un costado. Me puse en pie y comencé a caminar hacia el vigilante. Apenas me puso su mirada encima, no me la quitó ni para parpadear. “Muy bonito, ¿no?”, exclamó mientras sus ojos, fúricos e impacientes, revelaban las intenciones de su corazón. Yo creo que el tipo estaba pensando: “Si pudiera, aquí mismo los cojo a pata a todos. Pero no Elkin, ni se le ocurra, eso es ilegal. ¿Y si los electrocuto en la oficina de abajo? Ushhh Elkin, cállese la jeta, mano, ¡usted en qué está pensando! Ya no más Pandillas Guerra y Paz”. Bueno, yo no sé si el tipo pensó eso o no, lo que sí sé, es que, poco a poco, la pandilla se fue poniendo al descubierto.

Una a una, las cabezas fueron apareciendo entre los automóviles, hasta que, completada la manada, la ley nos llevó hacía la desconocida consecuencia. ¿Qué habría de pasar con nosotros? No lo sabíamos. ¿Dos cadenas perpetuas? Tal vez. ¿Dos años de prisión y trabajos forzosos? De pronto. ¿Una multa y la reconstrucción del muro? Esto tiene más sentido. A la verdad, camine y no joda.

El celador nos llevó en fila india hasta la portería del conjunto residencial. Nos sentamos en una roca que sobresalía en frente y esperamos. “Ni se les ocurra mover un dedo, chinos, a ustedes se les va ir hondo”, nos dijo. El vigilante lucía anormalmente ofendido. Creo que el hecho de que 7 niños -de 8 a 11 años- se le hubiesen metido al rancho, sin haberse percatado, podía costarle el puesto. De ahí su preocupación. “Voy a llamar a la administradora, ella dirá qué hacer con ustedes”. Recuerdo que varios de la pandilla estaban tranquilos. Diego, por ejemplo, parecía no tener ningún problema. En estos momentos de mi vida entiendo por qué. Años antes, su padre había muerto en un accidente de tránsito. Si mal no recuerdo, fue en un bus. Este se movilizaba sin problema alguno por la carretera, y no sé si fue un frenazo repentino o un choque contra un objeto contundente, la única verdad es que el papá de mi amigo no estaba en su asiento, sino en el pasillo, caminando hacia lo eterno. El impacto lo mandó hacia el fondo del autobús y hasta ahí llegó su historia. Sin padre, pero con una madre muy trabajadora y unos hermanos muy amorosos, Diego se formó como alguien independiente y resiliente. Por eso, además de que seguramente nada le iban a decir, si lo hacían, por peores ya había pasado.

Muy lejana a esta historia, era la mía. Mi situación era trágica, tétrica, cavernícola, jodidúntica, embalística, mejor dicho, era tan delicada, que los dos últimos adjetivos que escribí para calificarla, me los inventé. Estuve a punto de decirle al celador que me adoptara, que todo bien, que yo le barría y le trapeaba la casa, pero que por favor no me denunciara con mi papá. En mi casa las cosas eran duras. Mi papá era un hombre amorosamente extraño. Podía pasar de osito cariñosito a Charles Manson en segundos.

Resignado, preparando psicológicamente mi trasero para la tanda que se venía, pasé saliva y miré a Juan Carlos. A él, al igual que a mí, se le venía una palera de las de antaño. Raquel, su madre, era otra fiera de tierra naranja. Como les había contado antes, Raquel no hablaba, ¡GRITABA!

Nacida cerca a la vereda Galapagos, Santander, Raquel creció en una finca sin baño, con marcos en vez de puertas y machetas y gallinas pal almuerzo. Tenía ojos claros, pelo castaño, tez blanca, un poco manchada por los años de exposición solar, y una voz muy pero muy particular. Una mujer de echar pata, de caballo a pelo y de armas tomar. No sé exactamente con quién concibió a Juan Carlos. Lo único que sé, es que lo amaba con amor eterno, y que era él su única y más fiel compañía.

Así las cosas, el celador hablaba por teléfono desde su cabina de mando. Cuando terminó de hacerlo, salió y nos dijo: “Ya viene la administradora”. Aquella frase se sintió como la peor de las sentencias a muerte. No obstante, y como si fuese Dios quien estuviese escribiendo esta historia, todo dio un repentino giro.

Un automóvil apareció al exterior del conjunto, pitando afanosamente. En aquel instante, el portero hacía de pulpo humano, teniendo en una extremidad un teléfono y en la otra el citófono. De inmediato, Diego notó la oportunidad, la única oportunidad que había de escapar. Sin hacerse notar, nos susurró: “Oigan, oigan”. De inmediato todos lo miramos. “El celador está distraído. Apenas abra la puerta para dejar entrar el carro, ¡corremos!, ¿listo?”. Asentimos con la cabeza, como quien no quiere la cosa, y nos preparamos. Pero esperen, debo confesarles algo. ¿Lo hago de una vez? No, mejor no. Ahorita lo sabrán. El celador, enredado en su quehacer, abrió la puerta del parqueadero y desató, sin esperarlo, una de las carreras más rápidas que jamás haya presenciado. ¡FUUUUUUUUMMMMM!, volaron como el viento. Y digo volaron, porque yo no lo hice. Eso era lo que les quería confesar. En mi casa siempre me enseñaron a respetar a los adultos. A decirles Señor, Señora, Doña, Don, etc, etc. A saludarlos de la mano. A no contestarles ni alzarles la voz. Al son de duras cachetadas y rápidos correazos, lo aprendí; entonces ahí me quedé. Como que sí, como que no. Fueron segundos de muchísima incertidumbre. Lo vi todo en cámara lenta. ¿Lo conseguirán? ¿No lo conseguirán? ¿Qué será del portero? En fin.

Ellos corrieron, pero el vigilante, o sea la cara del vigilante, no tenía igual. Es una de las imágenes más impactantes y graciosas que aún guardo en mi memoria. El susodicho, al percatarse de lo que acontecía, intentó cerrar la puerta del estacionamiento. Sin embargo, debido a que el automóvil aún se encontraba entrando, le fue completamente imposible. Lanzó el teléfono y el citófono y corrió hacia la puerta por la que mi pandilla acaba de escapar. Desde lo alto de la roca en la que me encontraba, lo vi tomándose la cabeza. Estaba preocupado, asustado. Miró al piso, como si se le hubiese alumbrado la bombona, luego me miró y comenzó a caminar hacia mi posición. “Dígame para dónde se fueron sus amigos”, me gritó. “Señor, se lo juro que no sé”, le respondí. Se volteó, se tomó del pelo y comentó hacia el cielo: “No puede ser, cómo se me van a escapar estos chinitos”. En esos momentos, mi estado se transformó en un popurrí de sentimientos. Era una mezcla extraña entre pánico por la golpiza que se me venía patas arriba, y compasión, por el dolor que le estábamos causando al señor. De un solo zarpazo, este me tomó del brazo y me embutió en su portería. “Se queda aquí hasta que llegue la administradora, ¿me oyó?”.”Sí, señor”, le contesté.

Minutos más tarde, una señora rubia, de vestido ejecutivo, abrió la puerta de la portería y me miró. Abrió los ojos, sorprendida, y me mandó a parar. “Sígame”, me ordenó. Por entre los jardines que antes habíamos surcado con Diego como guía, caminamos con la administradora y el portero. Me sentía como un convicto. Como un secuestrado. Como un individuo que no tenía por qué estar allí. Es chistoso, ¿saben? ¿En qué momento pasamos de ser victimarios a víctimas? ¡Fácil! En el momento en el que nos atrapan. En completo silencio los seguí. Llevaba el rabo entre las patas; como un niño de 9 años que había sido sorprendido en una maldad. Bajamos por unas escaleras adornadas de flores y, a mano derecha, apareció una puerta; era la oficina de la administradora. Sacó unas llaves, las metió en la chapa y ¡TRAZ!, la abrió. “Siga”, me dijo. Ingresé al lugar y al instante me ordenaron sentarme. La señora administradora, cuyo nombre no recuerdo –tendría huevo si sí–, era un tanto seria, un tanto amable, un tanto rara. No se le podía leer entre líneas. Sin embargo, se le notaba serena, sin intención alguna de hacerme daño. Solo quería solucionar el problema en el que estábamos.

No le quité los ojos de encima, contemplando en mi interior cualquier cantidad de posibles castigos. Cuando, sin mediar palabra, ordenó: “Por favor deme el número de su casa, necesito llamar a sus papás”. Estuve a punto de decirle a la señora que por favor no, que por favor no lo hiciera, que hiciera todo, todo lo que quisiera conmigo, menos llamar a mi papá. Pero no, era una orden de un adulto, entonces al instante la cumplí. “6570000”, dije en voz baja. Sentí el oprimir de todas las teclas como si fuesen agujas en mi piel, y le imploré al Cielo que me socorriera. De repente, la señora habló. “Aló, ¿con quién hablo?”. “Dios”, pensé. “¿Quién le habrá contestado?”. ¡Adivinen! Era mi hermano Víctor, un año mayor que yo. “Niño, ¿me podría pasar a su papá? ¿No está? Mmmm…”. Sentí ese “¿No está?” como el aliento de vida más poderoso que jamás hubiese recibido, para luego perderlo, desgracia mía, con la siguiente oración de la administradora.”Dígale a su papá que su hermano está capturado. Que si lo quiere buscar, está en el edificio Bocamonte”. ¿Pueden creer eso, queridos lectores?. ¿Pueden creer que esta señora le dijo a mi hermano, de solo 10 años, que me tenían capturado? Lo chistoso de esto es que, un hermano normal hubiera salido corriendo, ahogado en lágrimas, a buscar a sus padres. Pero el mío colgó el teléfono y siguió viendo “Siguiendo el Rastro”.

“Bueno, cuéntenos por dónde entró”, me preguntaron. “Señora, si le digo, no me va a creer”. Asintió con la cabeza y me aconsejó: “tranquilo, dígame que yo le creo”. “Por qué mejor no me dejan mostrarles”, les sugerí. “Perfecto”, concluyó. Se levantó de su escritorio, le hizo una seña al portero, que aún continuaba allí, paradito y tiesesito, y salió de la guarida. Al instante la seguí, tomando luego la delantera para guiarlos hasta el muro electrificado. Pasamos los vastos matorrales, hasta alcanzar la muralla, y luego se las señalé. “Por aquí entré la primera vez”. Los dos, el portero y la administradora, me miraron con cara de sorpresa. “¿Usted entró por ahí?”. Les respondí que sí, que por ahí me había saltado. El rostro de la señora cambió por completo; en un instante, pasó de serenidad a mucha preocupación. “Niño, ¿usted es consciente de que ese cable tenía la suficiente potencia para matarlo?”. La miré, un poco confundido, y respondí: “Ese cable no tiene electricidad”. “¡Cómo que no!”, dijo el celador. “Solo en dos momentos del día se la quitamos”. Los miré atónito.  “¿A qué hora entró usted?”, me preguntaron. Cuando les respondí, dio la extrañísima casualidad de que en las dos ocasiones en las que lo hice, la electricidad estaba apagada. “Se salvó, mijito”.

Las dos autoridades, sorprendidas por nuestra imprudencia, y digo nuestra porque no entré solo, continuaron con el cuestionario. “Bueno, pero espere, usted nos dijo que solo entró dos veces por aquí; ¿después por dónde lo hizo?”. “Por aquí”, les respondí mientras buscaba un camino por cual descender. Comenzamos a caminar en dirección a la cancha de tenis, cuando de pronto, desde arriba, una fruta cayó con violencia, seguida de un grito. “¡¡¡Tatáááááááán, escápeseeeee!!!”. Giré mi cabeza hacia lo alto del conjunto y, desde arriba, en la fachada del edificio, se veía la pandilla completa. “¡Corra! ¡Escápese!”, gritaban todos sin cesar. Tuve ganas de hacerlo pero, ¿a dónde iría? No, no lo hice. La administradora y el vigilante me estaban mirando muy de cerca, esperando a que les mostrara nuestro secreto. Caminé unos pasos hacia el muro, tomé el matorral que habíamos dejado para cubrir el hueco, y lo puse al descubierto. “¡No puede ser!”, exclamó la administradora. “¿Ustedes abrieron este hueco?”. “Sí, señora”. “¿Con qué?”. “Con un mazo”. “¿Y dónde está?”. Mientras me acurrucaba,  le comuniqué que se encontraba al otro lado del hueco, hacia la quebrada. “¿Quiere que se lo traiga?”, le pregunté. De inmediato el vigilante la miró, como diciéndole: “Señora, no lo haga; si lo deja salir, se nos escapa”. “Tranquilos”, susurré; “no me voy a escapar”. La rubia trabajadora del edificio me autorizó con la mirada e, ipso facto, fui y volví con el mazo en la mano. Se lo entregué al señor y me puse en pie. Mis amigos continuaban gritando desde arriba, sugiriéndome que escapara. Pero no, ya no tenía ni media intención de hacerlo. Hasta me había acostumbrado a la compañía de mis captores.

Caminé junto a ellos hasta la oficina de la administración, entramos, me senté y me relajé. Sinceramente, hablándoles de cómo me sentía, solo me faltó pedir un tinto. “Entremos en materia, niño. No, espere, niño no. ¿Cómo es que se llama?”, me preguntó la administradora, como si de repente se hubiese interesado en quien era. “Sebastián”, le respondí. “Pero todos me dicen Tatán”. “Bueno Tatán, vamos a intentar de nuevo con su papá, ¿listo?”. “¿Cómo es que es el telé…” ¡PUMMM! De un solo trancazo se abrió la puerta de la oficina, y esperándome todo menos eso, mis ojos presenciaron a otro de los vigilantes del conjunto con toda la pandilla a sus pies. “Nos devolvimos por usted”, dijo Juan Carlos con la cabeza agachada.

Queridos lectores, si un recuerdo ha de ponerme los pelos de punta, es este. Los amigos, nunca nos olvidemos de los amigos. Uno a uno fueron entrando a la oficina, y una a una fueron contactadas las casas. Todos estábamos asustados y tristes por la golpiza que se nos venía encima, pero había algo muy lindo que hoy veo más que antes; la unidad con la que caminábamos no tenía comparación.

Como era de esperarse, a Diego no le dijeron nada. De hecho, ni siquiera fue su madre quien lo recogió, sino su hermana mayor, Diana.

A Lilo le dieron en la jeta, tanto su madre como su padre, y lo castigaron por dos semanas. Nada de calle, nada de amigos, nada de pandilla.

A Juan Carlos lo encendieron a arepazos, como en un viacrucis, desde el conjunto residencial, hasta su casa. Ha sido el viacrucis más escandaloso que la Ciudad  Bonita, o sea Bucaramanga, haya visto jamás.

A mí, a mí no me dieron como pensé que lo harían. De hecho, no recuerdo si fue mi papá quien me recogió, o si al fin me acabé yendo con Raquel y Juan Carlos y es por eso que recuerdo tan bien la gritería del recorrido.

Esta es una de tantas aventuras de un niño de barrio, que con 27 años, sigue siendo el mismo. Si hoy me cogieran, tampoco correría. Porque si lo hubiese hecho, no tendría guardada en mi mente la imagen de mis hermanos diciendo: “VOLVIMOS POR USTED”.

Gracias por tanto.

Prometo volver a ustedes.

Pdta: Esta entrada se la dedico a mi amigo, a mi gran amigo que volvió por mí cuando nadie más lo podía hacer. ¿Quién fue? Él fue. 

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Conversaciones nocturnas

Mi amor, tú y yo ya somos novios, ¿o es que estar un semestre juntos no te parece suficiente?  Enrique, yo creo que deberías tomarte las cosas con más calma. Ahorita tú estás en tu ciudad y yo en la mía, además ya casi vamos a tener tiempo para estar juntos y hablar las cosas de frente. Más bien dime qué haces, que se escucha música atrás. Negrita, estoy afuera de una fiesta de electrónica. No te alcanzas a imaginar el lugar. En este momento estoy en el parqueadero del sitio, sentado en una piedra hablando contigo. Me voy a poner romántico. Imagínate una casa muy grande, cuya terraza sobresale por el borde de una oscura montaña. Ya, me la estoy imaginando. Ay, negrita, de verdad imagínatela. ¡Nojoda!, Enrique, que sí me la estoy imaginando, ¡sigue!, ¡sigue! Ok, es que te escuchaba distraída. Bueno, la casa es increíble, desde la terraza ves cómo cae la montaña debajo de tus pies, y si te asomas y miras para abajo, ves un hueco negro de frondosa vegetación que te hace imaginar cualquier cantidad de locuras. Si levantas un poco la mirada, te encuentras con la ciudad bonita; coqueta ella, mirándote fijamente y haciéndote un guiño, un guiño alcahueta, porque la vergaja sabe que te estás portando mal. ¡Cómo así!, ¿te estás portando mal? Un poquito, pero nada grave. ¡Explícate, Enrique, cómo es eso de un poquito mal! Mi amor, sí, ahorita fumé un poquito de marihuana con mis amigos, pero nada más. Ah, ya, pensé que te habías metido con alguien más. No, nada de eso, tú sabes que mis labios, mi pecho, mi nariz y mi penumbra son solo tuyas. Bueno, eso me gusta. Ajá, sigue pues. Bueno, el aire que respiras es de otro mundo, del mundo de lo verde. Hace un poco de frío, un frío agradable. Apenas para bailar lo que están poniendo…

… Al otro lado del teléfono Enrique escuchó un bostezo.

Negrita, acuéstate a dormir, ya van a ser las cuatro y no quiero que te sigan saliendo ojeras por mi culpa. Bueno, gordito, hasta mañana, no te portes tan mal. Nada de eso, te lo prometo. Te quiero. Yo también…

…Y se escucharon dos besos de lado y lado.

A las cinco y treinta minutos de la mañana de aquel día, Enrique murió por sobredosis de cocaína.

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Sebastián Ospina López.

En toda red social: @tatanfue

Crónica de una cagada

Le advierto que este escrito es sobre ser humano. Si ser muy humano, con todo lo que esto implica, lo hiere, entonces deténgase aquí mismo.

Esta tarde, mientras corregía algunos textos en un café de la universidad, un retorcijón estomacal me obligó a detener la marcha. En aquel instante me encontraba sentado en uno de los tronos del café: el privilegiado puesto junto al enchufe de energía. No quería perder el asiento, sin embargo, las ganas de hacer del cuerpo lograron someterme. Antes de pararme de la mesa le dije a unos jóvenes que estaban a mi lado que por favor me cuidaran la maleta y el computador. No hubo lío, aceptaron sin titubeos; de hecho las niñas se mostraron muy risueñas. Les agradecí, tomé a Los Detectives Salvajes, un libro de Roberto Bolaño, y me dirigí corriendo al baño.

No tengo problema alguno con reposar mis nalgas en cualquier inodoro. Honestamente, he evacuado en árboles, ríos, bosques, estadios, cajeros, discotecas, restaurantes, clínicas, hospitales, aviones, buses y desiertos… entonces, sinceramente, no le veo nada de malo a hacerlo en la universidad.

Generalmente soy yo quien se mete al baño sin importarle que los demás escuchen mi ataque gaseoso. Al fin y al cabo es natural en el hombre mear y cagar. No obstante, a todos nos avergüenza un poco que nos escuchen en esas. Es por eso que siempre que entro al baño –casi siempre a uno alejado de las multitudes– con el estómago gruñendo como un Bulldog, me pongo los audífonos, le subo al volumen y me hago el pendejo mientras el solo de trompeta suena. Hoy fue distinto. Hoy no tenía audífonos y solo llevaba un libro como distracción.

Me acerqué al baño y éste tenía un letrero de mantenimiento en su entrada. “En 15 minutos se desocupa”, decía el mensaje amarillo. Lo siento, letrero, pero tiene más reversa un río que esta cagada. Me asomé y de inmediato me topé con una aseadora. “Siga, no se preocupe”, me dijo. Le sonreí y entré a buen paso. Estaba afanado. Me bajé los pantalones, abrí el libro en la página en la que iba y retomé la lectura. Casi al instante la casilla de al lado se abrió. ¡No me joda!, ahora me tocó aguantarme la cagada de otro, pensé. La mía estaba muy tranquila. En esta ocasión le puse el silenciador al fusil. ¡Pero Jesús!, ¡Virgen Santísima!, la del señor de al lado parecía un audio de Al Capone con una ametralladora Thompson, disparando indiscriminada y sonoramente contra el espacio, ¡el espacio que yo compartía a pocos centímetros suyos!

Alcancé a verle los zapatos al hombre –juzgando por el estado de los mismos estoy seguro de que era un joven descomplicado– por la ranura inferior de mi casilla, me lo imaginé riéndose, disfrutando de su arremetida contra mis oídos… el muy cabrón. Pero no había modo de contraatacar, estaba cagando como una cabra, como un conejo. Usted sabe de qué hablo. Intenté concentrarme en el libro, pero fue imposible. A mis adentros me decía: Tatán, siga leyendo, no sea bobo, pille, tan chévere esta parte –señalando un fragmento de la página–, es una cagada, nomás eso, igual que la que usted se está metiendo. Pero no, no eran iguales. La mía se estaba comportando con delicadeza y la de él no. La suya era una cagada desjuiciada, retrechera, bullosa, terrible… Mientras que la mía, precisamente en esta tarde, parecía la de un diminuto hervíboro. Y es que, y esto lo saben todos y todas – hago la aclaración porque las mujeres siempre se hacen las locas cuando de estos temas se trata, es como si evacuaran con un filtro de cafetera–, las cagadas propias no huelen mal, mientras que las ajenas ¡HIEDEN! Hoy, de mi trasero, salieron dorados perfumes de Dolce&Gabbana. Podría ser la ida al baño más elegante que haya tenido en años. Pero la de señor, déjeme decirle, parecía el parto de un fara. Nunca he estado en uno, sí en un aborto, suficientemente repugnante, créanme.

Cuando de cagadas se trata, es difícil pedir discreción. No obstante, hasta en eso debemos ser cautos. Todas, o la gran mayoría de personas, hemos tenido que hacer nuestras necesidades en lugares públicos: aquel incómodo momento en el que entramos a un baño público pidiendo pista, añorando paz, tranquilidad y mucho silencio. Se sienta uno en el inodoro. Suena la música del centro comercial, que parece dirigida, únicamente, a los evacuadores. De repente empiezan a aparecer pies caminando por doquier. Se pasean de aquí a allá. Uno los ve por la ranura de la casilla. Suena el secador de manos; suenan las llaves de los lavamanos; suenan los orinales descargando; en fin, del añorado silencio poco o nada. ¡Urge cagar, coño, urge mandar todo al garete y soltar la bomba sin contemplaciones! Pero bueno, uno espera pacientemente a que se larguen del baño. Y si no lo hacen, se suelta la bomba suavemente, sin brusquedades. Es que es molesto, a nadie le gusta escuchar u oler cagadas ajenas, por más natural que sea.

Y bien, volviendo a la universidad, terminé lo más pronto que pude, salí del casillero como secuestrado recién liberado y me retiré del baño reflexionando en que, hasta cagando, se debe ser educado.

@tatanfue

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Foto por: @Josealvh

Historias de fútbol. Volumen 2.

Antes de continuar debo confesarles que la escritura de este texto se ha trasladado por más lugares de lo habitual. Pasó de mi casa al Club Campestre de Bucaramanga. Y ahora me place informarles que en este momento estoy en Barrancabermeja, ciudad petrolera, ribereña y calurosa como el mismísimo infierno. Voy montado en una lancha que va a toda velocidad, surcando de lado a lado una ciénaga del municipio. Me encuentro sentado junto al señor que maneja, con el computador en las piernas, sintiendo el viento y observando, con los dedos en las teclas, el hermoso paisaje que me rodea. Lo único malo de todo esto es que el morenito me prohibió fumar en la lancha, norma que sin lugar a dudas debo cumplir, ya que he soñado en decenas de ocasiones cómo muero incinerado en una explosión.

Amigos, iba a continuar con la historia que les debo, pero la ciénaga que tengo al frente ha hecho brotar de mi cueva cerebral otra historia futbolística digna de ser contada.

No todo en el fútbol es alegría. Un día, luego de entrenar en Pan de Azúcar –una colina bumanguesa–, mi hermano y yo nos dispusimos a bajar de la montaña hacia nuestra casa. A Víctor le acababan de regalar un reloj Casio, de esos que tienen control del televisor y un perrito que corre cuando se inicia el cronómetro. Cuando comenzábamos la bajada, tres tipos venían subiendo. Niño, regáleme la hora, dijo uno de ellos –como si la hora se pudiera regalar–. Yo no tenía reloj, por lo que levanté mis manos en señal de: mire, manito, no tengo reloj.
Automáticamente mi hermano sacó la mano del bolsillo, miró su reloj y les dio la hora. Eso, chino, muchas gracias, exclamó uno de ellos. Acto seguido desviaron su trayecto y descendieron por el camino que recién habían ascendido. Aquel movimiento me hizo sospechar de sus intenciones.

_ Víctor, esos tipos nos van a robar, se lo juro.
_ Ay, Tatán, no sea bobo, ellos ya bajaron.

Nos quedamos durante unos minutos observando, como halcones en campo traviesa, el camino que los tres señores habían tomado. Yo, la verdad, no logré verlos jamás. Los tipos se esfumaron.

_ Mire, cabezón, los manes ya no están.
_ Bueno, bajemos, le dije al testarudo de mi hermano.

Luego de varios minutos caminando, pasábamos por una recta arropada por bambúes. ¡Tatán!, gritó Víctor Manuel. Me volteé y los tipos tenían a mi hermano del cuello. En ese momento sólo pensé en correr, y así mismo lo hice. Corrí como ladrón del centro y luego de varios metros paré en seco. ¡Mierda!, tienen a mi hermano, no le puedo hacer la de Caín, pensé muerto del susto. Atravesé a toda velocidad los claros hasta llegar al bosque de bambúes en el que los tipos tenían a mi carnal.

¡Suéltenlo!, ¡llévenme a mí!, les grité. Miento, no dije nada de eso, lo recordé de una película. Igual, si me hubieran llevado, no tenían nada que quitarme, y yo en especie no pago. En fin, llegué al sitio y en ese preciso instante, en un gesto de terrorífica gentileza, uno de los caballeros le pidió a mi hermano su reloj, mientras levantaba su camiseta y nos enseñaba un cuchillo digno de un guerrero nipón. ¡Qué detalle!, ¡qué gentileza! Víctor lo observó a los ojos, miró su muñeca izquierda y, como un niño que se despide de su madre en su primer día de colegio, le dijo hasta nunca al cronómetro canino.

Después de que los ladrones huyeran me senté junto a mi hermano en el andén de la carretera. Traté de aguantar el llanto, pero no fue posible, como cuando uno, de niño, intentaba no llorar y siempre resultaba ahogado en un mar de lágrimas. Víctor, siendo mayor que yo, me abrazó y me dijo que nada había pasado, que no me preocupara. Mano, pero, ¿y el reloj?, le pregunté desconcertado.  Negó con la cabeza y me dijo que dejara de joder, que mejor nos fuéramos a la casa. Yo no quería mover mis nalgas del andén, estaba impactado, asustado. Es que qué cruel puede ser la gente, cómo roban a dos niños de ocho y nueve años. En fin, a pie no íbamos a bajar a la casa, ni locos que estuviéramos, así viviéramos a dos pasos.  Entonces, de repente, avisté una camioneta Jeep, descapotada, roja y con dos jóvenes en su interior. Salté de la acera y me les atravesé. Señoritas, nos acaban de robar, ¿será que nos pueden acercar a nuestra casa?, vivimos acá cerca. Las dos jóvenes asintieron con la cabeza. Claro, suban. En ese momento Víctor me reprochó el atrevimiento con su mirada, como diciendo ¿será que estas también nos roban? Pero no, ellas no tenían pinta de ladronas. Yo montaba en taxi y en bus, mientras que ellas andaban en una camioneta digna de Miami Vice. Nada de nervios.

Nos dejaron en Toscana, un restaurante esquinero que colinda con nuestra casa. Desde allí caminamos unos cuantos pasos. Antes de entrar Víctor me dijo que no fuera a contar nada, seguramente porque mi papá lo regañaba –así era nuestro viejo–. Pero fue imposible. Apenas vi a mis viejos solté todo lo que tenía. Abrecé a mi mamá y le conté que unos ladrones nos habían robado, que nos habían mostrado un cuchillo, que yo quería mucho a mi hermano, que él me quería a mí, que unas niñas nos bajaron en una camioneta, que qué camioneta tan bonita… en fin, le conté, entre mocos, saliva y llanto, todo lo que había sucedido. El rostro de mi padre cambió de aspecto inmediatamente, lucía como un poseso. Patricia, coja las llaves del carro, nos vamos ya, le dijo a mi madre. Yo a esos hijueputas los vi, yo sabía, yo sabía que eran ladrones. Nos quitó la mirada de encima y subió hasta la biblioteca, tomó dos espadas que lucían entrecruzadas en lo alto del lugar y se montó, con ellas, en el carro. Ah, bueno, y con mi mamá. Se perdieron en el horizonte. Horas más tarde regresaron mucho más serenos. No los encontré, dijo mi padre, pero ay donde me los vuelva a topar.

Pues bueno, ni reloj ni asesinato. Solo un recuerdo.

Pdta: seguimos entrenando todos los fines de semana. Nunca más volví a ver a los tres ladrones. Y si los hubiese visto, les hubiese felicitado por tan bonito reloj.

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DE HIJUEPUTÍSMOS Y MALPARIDESES.

En este texto no pretendo defender el uso indiscriminado de groserías. Por el contrario, promuevo su adecuada utilización.

Evitamos lanzar mierda con nuestras bocas para no pasar pos incultos. Transformamos el hijueputazo a última hora, cuando se aproxima como volador sin palo, en un: “¡ay, juepucha!”, “¡huy, juemadre!”, “¡ay, granhijuemichica!”. Pero estos son solo paños de agua tibia para nuestra malhablada fiebre. En el fondo, el putazo continúa latente.

Desde críos nos han corregido cuando soltamos alguna mala palabra. “No, Sebastián, eso no”, repetía mi madre. Pero sean sinceros. Cuando salían a jugar en la cuadra, en el edificio, en el conjunto, o donde sea que hayan crecido, ¿no se les hacía de lo más interesante ser boquisucios? Muchos niños, la gran mayoría mayores que nosotros, soltaban mortecinas palabras que nos asombraban.

“Su madre que fue al mercado,
cambió la chocha por un pescado,
no fue por madre sino por puta,
cállese la jeta,
china hijueputa”,

decían los mayores como lanza de contraataque. Ahora que lo pienso, se me hacen tremendos repentistas.

De niños hay que saber decir las groserías. Existe un lugar, un tiempo y unas personas adecuadas para soltar la bomba. Esos padres que promueven las malas palabras en sus casas, en las cuales los niños y niñas no se bajan de malparidos, me desagradan. Yo fui grosero, pero jamás en mi casa. Mejor dicho, como dicen por ahí, “ojos que no ven, corazón que no siente”.

Los tiempos de groserías sin sentido pasaron. La lengua pedía año sabático y se le otorgó. Hubo cambios. Las malas palabras se volvieron esporádicamente frecuentes –if you know what I mean–, solo que contextualmente correctas. No solo las groserías se robaron el show de las lenguas, las palabras volteadas y las adaptaciones fonéticas como: “huy hermano, fumamos demasiado. Ando en tremenda John Travolta”, también se llevaron su tajada.

Aquí una listilla.

  • Un joven rubio y uno moreno yacen, con ojos de fuego, tirados en el puff del estudio. En medio de ellos, una mesa con un disco frisbee. En el centro del disco se agolpa un grupo de semillas. El bombillo del salón revela los movimientos del danzante humo. De repente, el rubio se mueve para tomar un brownie de una mesa que está a escasos centímetros suyos. El moreno le pregunta que qué hace, a lo que responde, suave y lentamente: brother, ando Travis Pastrana.
  • Sale un grupo de jóvenes de una casa playera. Van sin camisa, con botellas de Águila en mano y sandalias tres puntadas en pie. El primero en salir grita: “saquen el Miguel.” ¿Cómo así que el Miguel?, pregunta uno de los que está dentro de la casa. “El Bosé, mano, usted sí es bruto”.

No, él no le pega a eso, ese pelao es Zanetti; huy socio, déjeme Sandro; mi amor, ¿quién te hizo la tavuel?

Algunos borraron casi por completo estas palabras de su español. Sin embargo, son más los que las conservan, y no solo en mi ciudad natal. La parranda de malhablados se extiende por casi todos los países de habla hispana. Se refieren a la autopista como autopsia; a darle por detrás como darle por Detroit. Ya no se montan en el carro, sino en el rroca; no dan cuchillo, sino chillocu; ya no están en la mala, sino en la Michael.

La jerga, que incluye las adaptaciones fonéticas, y las malas palabras son una constante desde hace muchos años. Varias personas están en desacuerdo con este modo de hablar, pero así ha sido siempre. Si una de estas personas -que está en desacuero- estuviese corriendo por carretera a más de 100 kilómetros por hora, quedase sin frenos y tuviese una Kenworth de la Montaña encima de su capó, ¡JUEEEEEEEEEEEPUTA, ME MATÉ!, sería la expresión que le recomendaría, por más patricio que sea.

“Con tantas palabras en nuestra hermosa lengua, ¿tiene usted la necesidad de decir esas vulgaridades, jovencito?”, le dice doña Leonor a Esteban, su vecinito de la cuadra, al escucharle opinar sobre un vehículo. El muchacho, de unos 17 años, mira a la señora a los ojos para luego sentenciar. “Doña, siéndole sincero, sí tengo la necesidad. Porque, simple y llanamente, ¡esa moto me parece una gonorrea!”.

Y es que las groserías no son ellas por sí solas. La intención, la tonalidad y el contexto en las que son puestas en libertad, hacen parte de su significado.

No es lo mismo escuchar a un joven, con cara de desagrado, refiriéndose a una muchacha de esta manera: “¡qué mondá con esa pelaita, mi vale!”, a escuchar a un semejante opinando sobre un Ferrari, con gesto de fascinación, diciendo: “¡qué mondá con ese carro, viejo men!”. La mondá es una, pero en este caso una está fea y la otra brillante.

No soy partidario de usar groserías todo el tiempo, de hecho las evito. No obstante, esta clasificación XXX de la lengua se me hace muy interesante. En todo el mundo, gente de todas las edades es propensa a caer en esta desgracia bucal. Una anciana cosiendo una blusa en el Reino Unido falla con la aguja y se pincha el dedo. “¡Fuck! My God, It hurts”, diría como acto reflejo. Mientras que la misma señora, pero en este caso en Buenos Aires, gritaría: “¡la concha de tu prima, mina! Es que soy pelotuda…”. No es cuestión de estrato, ni de educación, mucho menos de posición geográfica. Este virus no discrimina huésped. O si quiere coja una vieja de estrato 6, móntela en la montaña rusa de Hulk, en Islands of Adventure, y grábela cuando el sinvergüenza del operador dispare la carroza. Todo el mundo, a la cuenta de tres, un, dos, ¡HIIIIJUEEEE…PUMMMM! y saldría disparada la señora hacia arriba, con el PUTA regándose por el aire.

Puede que usted sea de los que, mientras lee este texto, piense: “pero si yo no soy grosero… Este tipo nos quiere engatusar”. No, no lo quiero volver un gamín. Es solo que hay situaciones que ameritan, por lo intenso de su vivir, una exteriorización con forma de grosería. ¿O si usted subiera rápidamente por las escaleras de su casa, se resbalara y luego rasgara su canilla hasta fracturarla contra el filoso borde de la escalera, gritaría alguna pureza como: ¡OH, JEHOVÁ, PERO CÓMO HE CAÍDO EN ESTA DESGRACIA, CÚBREME DE TU PURÍSIMA SANGRE Y LLÉVATE ESTE DOLOR LEJOS!? Sí, claro que sí. Y luego, mientras su sangre se derrama por la pierna y el hueso de la canilla asoma por su epidermis, le hablaría a su hijo serenamente. “Carlitos, tráele a tu papi un cigarrillo mientras llega la ambulancia. No, mi amor, ahí no hay, ve a la tienda, tómate tu tiempo”. ¡Claro que esto no sucedería!, y si sí, aléjese de mí.

Sé que existen personas que no pierden la compostura. De hecho, recuerdo un cuento en el que dos políticos, uno conservador y otro liberal, se topan en un camino por el que solo puede pasar uno. El que quisiera pasar debía esperar a que su rival se mojara –llovía a cantaradas– y, sumisamente, le otorgara el paso. El godo miró al rojizo y expresó: “no pretendo cederle el paso a ningún hijueputa”. A lo que el liberal contestó: “pues yo sí”, y acto seguido bajó su pierna hasta la calle empapada en lluvia. Eso es elegancia para insultar.

Hay elementos de la realidad que solo pueden ser materializados en groserías.

Pdta: soy decente.

El guerrero de los mil días

 

Rodeada de frondosos árboles, de una quebrada que alguna vez fue cristalina, y de una montaña que suspira tranquilos rocíos matutinos, la cuadra del Jardín luce hermosa ante cualquiera que se le presente. En 1991 nací en aquel lugar, y creo que su mística se aferró a mi alma como una garrapata al pellejo de un equino.

Crecí entre juegos en el bosque, expediciones botánicas que acababan en la captura de un centenar de hormigas, un par de desafortunados saltamontes y, si contaba con suerte, alguna velluda araña. Ascensos bordeando la quebrada que siempre pensamos nos llevaría hasta su nacimiento. Casas en el árbol que, francamente, nunca fueron en el árbol; todas se erguían en la montaña frente a mi casa y, para tristeza de mi alma,  siempre acababan derrumbadas debido a las constantes quejas de los vecinos, quienes alegando cuidar la fachada de la cuadra, llamaban a la policía para que procediese con la demolición.

Además de crecer en este escenario sacado de mi propia película de ficción, mi padre contribuyó dándome dosis exageradas de magia. Recuerdo al hombre sacando un libro de su biblioteca –el lugar más amplio del castillo–,  sentándome en sus piernas y diciéndome: “mira, Sebastián, tú tienes tu nombre por tu tatarabuelo Sebastián Ospina, General de la Guerra de los Mil Días”… Y continuaba. “Esas espadas que están ahí –dos espadas que reposaban cruzadas en lo alto de la biblioteca– son de esa guerra”.

Cada una de sus historias terminaba con una frase que, estoy seguro, le repetiré a los hijos que aún no tengo: “Esto lo saben los lobos de la vieja cañada”. Un poco más grande supe que no todo lo que decían los lobos de la vieja cañada era cierto. Si no me lo mostraba en un libro, no le creía.

Somos tres hermanos en nuestra familia, los tres muy crédulos; por lo menos en ese entonces. Durante años nuestro taita nos mantuvo convencidos de que un tiburón le había rasgado con sus filosos dientes el costado izquierdo de su ; en las costillas, para ser más exacto. Lucía orgulloso sus cuatro cicatrices en forma de mordisco de tiburón cada vez que se quitaba la camisa. “Uy, Tatán, ¿qué le pasó a su papá?”, preguntaba más de un curioso. “Un tiburón lo mordió en Santa Marta, mucho teso, ¿ah?”, les respondía orgulloso. Como si sobrevivir al ataque de un tiburón lo hiciera más interesante. Pero el cuento, al igual que el Ratón Pérez, que La Madre Monte y que Papá Noel, terminó cayendo por falta de argumentos serios. Por pura presión grupal nuestro padre confesó la verdad de su herida. El hombre nos contó que se había dado en la jeta con un negro en el Rodadero, Magdalena, y que, debido al delicado estado de su piel por la larga bronceada con aceite de coco, un arañazo de éste le había causado las cuatro heridas.

Gracias a mi papá aprendí a recordar, no con la cabeza, sino con el corazón.

Aquí va algo de corazón y memoria: una noche, mientras dormíamos en nuestro pequeño castillo, un grupo de ladrones merodeaba por el sector con maléficas intenciones. Entretanto, los atemorizantes árboles que cubrían la calle danzaban al ritmo del viento, mientras que el oscuro silencio era interrumpido, únicamente,  por el intermitente cantar de los grillos. La cuadra del Jardín es un callejón sin salida, y no digo era porque todavía existe; modificado, pero existe.  En ese entonces culminaba en una gran pared de ladrillo enredada entre la vegetación de años de abandono. Pero no el abandono de Peñalosa en los barrios vulnerables de Bogotá; era más bien como el de un castillo Italiano envuelto en lianas y enredaderas.

Las diez casas que conforman la cuadra contaban con la ronda del celador de turno como única seguridad.

Luego de acechar por horas, los ladrones decidieron acercarse a la casa número 17 A, la de mi familia. En esos momentos todos dormíamos con la tranquilidad que una madriguera le proporciona a una indefensa liebre. Sin embargo, y para nuestra mala fortuna, la chapa que nos mantenía seguros era todo menos segura.

Es de conocimiento general que el corazón de un ladrón va mucho más rápido que el de su víctima, y esta no era la excepción. Los cacos olían temerosos la entrada de mi castillo, mientras el pastor de mi rebaño dormía la luna como lo hacen los celadores, con un ojo abierto y otro cerrado. Luego de tantear el cerrojo, los hombres supieron que se trataba de una presa fácil y, como todo depredador que no pierde oportunidad, atacaron.

En el más frágil de los sueños mi padre sintió el rasgar metálico proveniente de la puerta principal y de inmediato abrió los ojos, agudizó su audición y se cercioró de que lo que estaba escuchando pudiese ser lo que sospechaba. Disimuladamente, para no despertar a su mujer, se quitó las cobijas de encima y emprendió marcha hacia la puerta de su habitación. Mientras, los ladrones reconocían el espacio que acababan de invadir.

Desde la puerta de su cuarto, a través de las rejillas de un balcón interior, vio como los ladrones ingresaban a la casa donde descansaban las personas más importantes en su vida. El corazón le latía como a una fiera que se dispone a atacar a su presa; la adrenalina se había esparcido en segundos por su torrente sanguíneo. Al ver que demoraban su entrada, Sebastián Ospina, el General de la Guerra de los Mil Días, se apoderó del cuerpo de mi padre y, sin perder de vista a los intrusos, lo hizo ascender sigilosamente hasta la biblioteca. En el lugar más alto del castillo, miró hacia la pared donde estaban las ancestrales armas y las tomó. Con espadas en mano y con el mismo sigilo con el que subió, bajó hacia el nivel de las habitaciones, esperando en los ladrones el movimiento que detonara su salvaje ataque.

Cuando los cacos se disponían a cerrar la puerta, Víctor Manuel Ospina Cadavid, mi padre, al mejor estilo de William Wallace, saltó de las escaleras hasta el nivel en el que los ladrones se encontraban, chocando sus armas entre sí, gritando como un loco y profiriendo groserías de todo tipo. ¡Y vaya sorpresa! Fue tan impactante y ensordecedor el movimiento de mi viejo, que los ladrones huyeron despavoridos del castillo.

Pensándolo bien, mi padre contó con suerte.  Su improvisada reacción se alineó con la poca experiencia de los ladrones. Unos profesionales le hubiesen metido un tiro entre ceja y ceja, para luego quitarnos hasta la culpa. Otro pensamiento que juguetea por mi mente es qué debieron comentar los ladrones mientras volvían a sus hogares después del fallido intento de robo.

_ Jueputa, Carlos, yo le dije que esa casa no. ¡La del lado, mano, la del lado!

_ ¿Y es que usted cree que yo sabía que nos iba a estar esperando un loco con dos machetes?

_ ¿Sabe qué?, coma mierda, yo no vuelvo a robar con usted, siempre es la misma vaina. Mire como dejaron a Edwin la vez pasada. ¿Ahora me va a decir que eso tampoco fue culpa suya?

En ese momento el líder de la banda hubiese interrumpido la discusión para darle fin.

_ ¡Ya cállense la jeta los dos! Lo que estamos es cagados.

Bueno, señores ladrones, ahí tienen para que afinen. Uno jamás, pero jamás de los jamases debe robar, y mucho menos la casa de un señor que fue atacado por un tiburón, que tiene dos espadas y que es descendiente directo de Sebastián Ospina, el general antioqueño de la guerra de los mil días.

 

Esta entrada se la dedico a un lobo de la vieja cañada que ya no está con nosotros. No lo conocí, pero he escuchado suficiente como para saber que yo soy porque él fue; mi abuelo Rafael Ospina Londoño, antioqueño de mitos y leyendas.

 

1236192_404430542990057_1573836544_n Pueden seguirme en Twitter como: @tatanfue

LA DECADENCIA DEL PERRO

Sinceramente, no sé si Colombia sea el único lugar en el que los hombres sufren tanto para levantarse una hembra. Es increíble ver cómo la echada de perros se va sistematizando. Tinder, por ejemplo, una aplicación para encontrar pareja según un rango de distancia, ha hecho de las salidas esporádicas el pan de cada día de los jóvenes de hoy. Esta aplicación es la preferida de muchos de mis amigos y, seguro, si estuviera libre, la de Garavito. Aquí va el recuento histórico de cómo nos hemos ido cagando en el bello arte del cortejo.

Antaño

En las épocas de mis padres –1946 mi padre, 1962 mi madre– los cortejos eran elaborados; contextos distintos, pero igualmente elaborados.

Mariachis en la puerta de la casa, los vecinos curiosos asomados en las ventanas y el chandoso de la esquina ladrando de la desesperación. Hombres galantes con suspiros de anís, sosteniendo nerviosamente su humanidad frente a la puerta de su pretendida, cargando, casi siempre, un ramo de flores o una caja de chocolates, los cuales, en la mayoría de los casos, habrían perdido su forma debido al turbulento trayecto en la buseta municipal.

_ Mija, échelos en el congelador para que se pongan duros.

_ Ya voy, mami.

Dedicaciones de distintos ritmos, escenarios y sentimientos. Guitarra, bandola, tiple, arpa y acordeón. Balcones, andenes, habitaciones y fincas. Chilladas, borracheras y espectáculos que terminan por acabar con la relación.

Cursis tarjetas de amor, hojas de cuaderno con tímidas declaraciones y corazones con nombres en su interior; la flecha de cupido atravesándolos se las dejo a su gusto. Largas visitas nocturnas en el andén del frente e interminables cuestionarios por parte de los padres en la sala de la casa.

_ Cuénteme, y, ¿cómo es que se llama su padre?

_ Pedro Giraldo, señor.

_ ¡Se me larga de la casa!

_ Papá, pero… ¡qué te pasa!, ¡yo lo amo!

_ No, ‘mija’, ese viejo ‘hijueputa’ me debe plata.

El inocente

Los tiempos transcurrieron, las Torres Gemelas cayeron y nosotros comenzamos a darnos piquitos con la complicidad de una botella de dos litros de Coca Cola. ¡Ruede esa joda!

_ Camila, ¿verdad o reto?

_ ¡Ay!, Camila, ¡reto!, ¡reto!

_ Bueno, reto.

El público aclamaba…

_ La reto a que se dé un beso de 10 segundos con Andrés, con los ojos cerrados, ¡pilas!

Y ahí comenzaba la burra a parir…

El rin rin corre corre, la pateada del tarro, el zapatico cochinito, el escondite y todos esos juegos que tanto disfrutamos, pasaron a un segundo plano. En esos momentos las tragas dejaron de ser malucas, en esos momentos se volvieron reales. Hago la aclaración debido a que en mi niñez tuve el constante sueño de que Lolita, Carolina Sabino y Jennifer López cenaran conmigo.

En aquellos tiempos empezaron a aparecer – como ‘clichesudamente’ se les llama – mariposas en el estómago.

_ Ole, Eduardo, llame a Carolina, dígale que salga a jugar, mire que usted es más amigo de ella.

Ese amigo generalmente ponía cara de desaliento, como pensando: “Si no llamo a Carolina esteman va a dejar de ser mi amigo”.

_ Bueno, hágale, todo bien.

El ‘pelao’ caminaba hasta la casa de Carolina y metía violento alarido. Sonaba así:

_ ¡Carolinaaaaaaaaaaaaaaaaaa!, ¡salga a jugar!, ¡yo sé que está ahí!, ¡ahorita la vi entrando en el carro de su mamá!

La pobre Carolina corría donde su madre y le pedía el favor de negarla como fuera.

_ Mi amor, pero, ¿por qué no quieres jugar?

_ Mami, yo no sé qué le está pasando a esos chinos últimamente. Ahora sólo me quieren meter a un closet, dizque 7 minutos en el cielo.

La mamá le pedía explicaciones a la inocente Carolina y se armaba tremendo ‘mierdero’ entre los padres.

 La mano peluda

Llegaron las primeras comuniones; empezaron a aparecer en el tapete de la entrada invitaciones a ‘minitecas’, reuniones, fiestas casuales y cualquier otro evento que nuestro capricho hormonal nos hiciera inventar.

Sonaba en aquellas fiestas la siguiente canción: “Mira lo que se avecina a la vuelta de la esquina viene Diego rumbeando (…) y aserejé a dejé dejede tudejere se miunogua majadi e majadi an de güdi di pi”, siempre terminando con la palma en la frente.

Los primeros pelos asomaban, el pecho dejaba de ser uno para convertirse en un par de pectorales, los brazos se tornaban fornidos y las hormonas calentaban hasta la más inocente situación.

Las idas a piscina cambiaron su razón social, ya no se jugaba Tiburón, ya no se hacían pirámides –de hecho sí se hacían, pero para excusar cualquier mano resbalosa –, los balones dejaron de ser el centro de atención y en su lugar los cuerpos femeninos acapararon todos y cada uno de nuestros sentidos. Algunas veces, con la complicidad del relieve de un pezón o la forma de la cuca marcada en el vestido de baño, como acto reflejo, las pantalonetas dejaban ver nuestra creciente emoción anatómica.

Nuestra sexualidad, que siempre estuvo presente a modo de pulsión, comenzó a aflorar de distinta manera. Los cuentos de nuestros primos y amigos mayores cobraron sentido.

En las noches, cuando los adultos charlaban y compartían algunos tragos, los primos mayores, sabios en el tema, nos reunían a los menores en el cuarto principal –generalmente era así –.

_ No, Nicolás, usted está muy chiquito, sálgase del cuarto.

_ ¡Ay!, yo también quiero ver.

_ ¡Que no!, ¡pa fuera!

Con el cuarto cerrado con seguro, los menores poníamos toda la tención posible. El mayor de los primos, con gestualidad maliciosa, encendía el televisor y sintonizaba The Film Zone. De repente aparecían un par de tetas en el televisor, voluptuosas, con areolas pequeñas y pezones izando bandera. Los menores nos mirábamos con sonrisas burlonas, sin saber exactamente qué hacer, pero sólo era cuestión de concentrarse en las entretenidas historias de Emmanuelle para que el cuerpo comenzara a responder. Aquellas respuestas cintura abajo eran completamente obsoletas, no llevaban a nada.

Hasta que un día, sin quererlo, hicimos de Cristóbal Colón, descubrimos un nuevo mundo. Los primeros usuarios de Petardas.com, frente al computador; los amantes de Wild On, frente al televisor; los más arrechos, con revista en mano _Soho’s del papá o revistas de trajes de baño de la mamá–; los buenos recordando, a punta de imaginación, en fin; la vida se dividió en dos, antes del calambre y después del calambre.

No sé si las mujeres hayan entendido mucho hasta el momento. Si sí, bien, si no, también. La cuestión es la siguiente. Los hombres despertamos nuestra vida sexual mucho más rápido que ustedes, en la gran mayoría de los casos, claro está. Cuando ustedes recién empezaban a sentir cosquillitas por allí abajo, nosotros hace años les habíamos hecho la vuelta mentalmente.

Acá va la típica experiencia…

El muchacho cursaba séptimo grado. Con sólo 13 añitos en su haber, era sólo un niño, aunque él pensara todo lo contrario.

Alardeaba frente a sus amigos…

_ Manuela rumbea una delicia, lástima que tenga mal aliento.

Y la pobre Manuela, sin saberlo y sin siquiera haber chupado piña con el chino ese, quedaba curtida de halitosis por el resto de sus días.

En uno de esos agitados días escolares, el joven llegó a su apartamento. Almorzó, habló con su abuela, se comió un ‘chocorramo’, tomó un vaso de leche y caminó a su habitación. Con desprecio, tiró el maletín encima del sofá, como cuando uno amanece con una vieja que no quiere, y le provoca espichar un botón que la eyecte pa la mierda.

Se quitó el uniforme, se vistió cómodamente y  entró al estudio del computador. Lo prendió, escuchó un par de canciones y se aburrió; jugó Age of Empires un rato y también se aburrió. Dioclick al ícono de Internet Explorer y, de inmediato, con la falta de oficio tan bárbara que poseía, se le vino a la mente una palabra: ‘paja’.

_ Pues, mano, pongamos porno, porque qué más.

En ese momento, sin saberlo, el ‘pelao’ estaba entrando en una nueva dimensión. Hasta ese día, todas y cada una de las erecciones del muchacho habían sido inutilizadas. El adolescente comenzó a apreciar los cuerpos del par de lesbianas que se tocaban entre sí y, como de costumbre, el man se le levantó.

_ Este ‘malparido’ siempre se me para, pero siempre para hacerme pasar penas con la empleada. Esta joda tiene que servir para algo más, pensó el chino.

Se agarró el vergajo y, como si no tuviera norte, lo zarandeó hasta que casi le da un derrame cerebral. De repente, el tiempo se detuvo, un corrientazo atravesó la médula espinal del menor, regó saliva encima del teclado y, con cara de que no lo podía creer, soltó mentalmente un “¡Ushhhhh, ayyyyy, uyyyyy!”. Ese día por poco y le amputan el pene.

El descorche

Con un poco más de pelos y experiencias en su haber, algunos de mis congéneres se aventuraron en la cúpula.

Mango Biche.

Este grupo comprende a los jóvenes cuya virginidad fue exterminada entre los 13 y los 16 años. Mientras que la gran mayoría de mujeres le huían al inminente hecho de perder su virtud, los hombres lo buscaban con determinante urgencia.

Algunos, de manera brusca y oscura, con una prostituta; otros, con la novia con la que llevan años de amorío, empezando desde el primer beso y terminando, por puro merecimiento, con la desvirgada mutua. El resto, con mucha más suerte, o desdicha –dependiendo del caso–, mojaron el palo con alguna esporádica aparición nocturna, o diurna, en todo caso esporádica.

Andrés Ricardo Cadavid, 14 primaveras, castaño, 1.70 de estatura, 556 pajazos en su portafolio y un aumento considerable en el gasto de papel higiénico en su hogar.

Su madre, preocupada, se pregunta por qué carajos se demora tanto cada vez que entra a ducharse. En la reunión de póker de los martes les comenta a sus amigas su inquietud por el extraño comportamiento de su hijo.

_ No sé qué le está pasando a Richi, últimamente se encierra mucho, no sé si está consumiendo drogas, o… puede que esté deprimido. No sé, amigas, no sé qué hacer,  siempre encuentro papel higiénico tirado por todos lados.

Una de sus amigas toma la vocería y le alienta…

_ Querida, no te preocupes, no creo que sean las drogas, debe ser otra cosa. Dile a Juan Carlos que hable con él, a mi hijo Mauricio también le estaba pasando lo mismo y yo mandé a mi marido; ¡santo remedio!

El padre de Andrés Ricardo, habiendo atravesado la misma situación, conocía perfectamente lo que sucedía. Su esposa le comentó su preocupación, y sin mirarla a la cara –ocupado en el computador– asintió, hizo una señal de que todo estaba entendido y ella se alejó.

Un día, derrochando la tarde en el ocio musical, Andrés cantaba a todo pulmón: “sexo compro, sexo vendo, sexo arriendo, sexo, sexo…”. Juan Carlos atravesaba el pasillo que colinda con el cuarto de su hijo y, luego de escuchar aquel himno animal y recordar la sugerencia de su esposa, decidió tocar. ¡Knock!, ¡knock!

_ ¡Siga!, gritó el adolescente.

El joven padre entró, se sentó junto a su hijo mientras intentaba buscar las palabras para explicarle que entendía el momento por el que pasaba. Sin embargo, como buen papá machista, no pudo escupir ni media palabra sobre el asunto. Hablaron del colegio, de las amigas, del amigo con el que no quería que se juntara porque fumaba y tomaba mucho, en fin; hablaron de todo, menos del vicio recién adquirido por Andresito de jalarse el mico 7 veces al día.

Una noche de viernes, en plenas vacaciones de fin de año, Natalia Robledo, una amiga muy querida,  lo invitó a su apartamento. Le dijo que todos sus amigos irían y que, además, también unas primas de Bogotá y de Medellín. El plan le sonó más que perfecto. “Jueputa, ¡que se tengan de atrás  esas primas!”, pensó emocionado. Se puso la pinta, se echó perfume, pidió dinero a sus padres y arrancó. Coincidió con sus amigos en la hora de llegada. Todos se presentaron con todos. Las primas estaban muy bien, había de todo para todos; dos rubias, una castaña y una pelinegra.

La anfitriona sacó de una gaveta de la cocina 3 botellas de un trago desconocido. Y cuando en estos cuentos uno habla de trago desconocido, todos piensan que es un whisky irlandés de nombre impronunciable, o un tequila mexicano de la mejor cosecha de Jalisco. Pero no, este era aguardiente venezolano, horrible como Chávez y vencido como Maduro. Igual, poco les importó el estado y el sabor del licor, se lo bebieron completico.

Luego de pedir más alcohol de anís, el juego de ‘Verdad o se Atreve’ protagonizó el espectáculo en el balcón del apartamento. Los besos, interrumpidos por el siguiente turno, formaron parejas rápidamente, las cuales, luego de un rato, ignoraron completamente las reglas e hicieron eternos sus intercambios de saliva.

Andrés estaba en su salsa. Bailaba con una rolita de pelo negro ondulado, ojos rasgados, tetas grandes y culito chévere; buenas nalgas para ser bogotana. Después de toquetearse durante horas, darse besos y demás, la niña, mucho más arriesgada que él, le propuso escabullirse al cuarto de su prima, Natalia. Andresito le murmuró:

_ De una, nos vemos allá…

La rolita abrió la puerta corrediza del balcón y desapareció entre la penumbra de la sala. Andrés, un poco nervioso por la situación, prendió un cigarrillo, lo fumó a respiro de bulldog y se decidió.

Abrió la puerta corrediza del balcón y se dirigió hacia el cuarto de Natalia. Ninguno de sus amigos se percató de la situación, todos estaban ocupados.

Entró a la habitación; estaba todo oscuro, pero igual alcanzaba a ver. La niña de ondulaciones negras lo miro a los ojos, él hizo lo mismo; la agarró de la mano y la tiró a la cama. Empezaron a besarse. Se besaron el cuello, se consintieron, labio con labio, la boca del otro. A Andrés le pareció mentira el sabor de esa boca. El nerviosismo que sentía quedó en el balcón, la vieja con la que estaba lo hacía sentir muy cómodo, lo hacía sentir bien. Sus manos buscaban los puntos débiles del caliente cuerpo de la niña, hasta que, luego de sentir el perfecto relieve de sus tetas y sus respectivos pezones, paró. Corrió su pelo negro y pasó las manos por la espalda de ella, intentó desabrochar las cadenas que sostenían su blusa y no pudo, le quedó grande. La peladita sonrió y le colaboró. Cuando soltó las cadenas, cayó la blusa y un par de senos –les digo senos, porque decirles tetas sería insultarlas– asomaron con toda su hermosura. “¡Jueputa, qué es esta belleza!”, sintió Andrés. Lo sintió, no lo pensó; en ese momento no había tiempo para pensar. Agarró con desconfianza esas bellezas, como cuando se cogen las primeras tetas. Se quitó la correa, desabrochó su pantalón y, sin dejar de lamer los pezoncitos, lo echó para abajo con sus piernas. Ella, aparentemente más experimentada que él, comenzó a sobarle la verga; todo entre la humedad de los besos y el calor del constante abrazo. Andresito emuló el movimiento de su compañera y le mandó la mano al fondo de su ser; caliente, húmedo, velludo. La niña soltaba uno que otro gritico, controlado adrede por la angustia de que la pillaran infraganti. Andrés decidió tomar el mando de la situación, volteó a su hembra y la puso debajo de él. Se terminó de quitar los calzoncillos, desenfundó su falo y, luego de un par de intentos fallidos por meterlo en el hueco que era, penetró, como conejo que llega a su madriguera, la vagina, húmeda y caliente, de su amiguita.

 Los Puntuales

Entre los 16 y los 19 años, estos jóvenes alcanzaron su meta en el tiempo adecuado –según las estipulaciones culturales–. En este punto no es penoso confesar que se es virgen, aunque la gran mayoría de los hombres declaren no serlo.

Las situaciones que propician una buena descorchada se multiplican; las mujeres con ganas de colaborar con la causa pululan. En el marco de estas edades muchos hombres han sufrido decepciones viriles; su miembro no ha respondido como lo esperaban. Tal vez por miedo, por desconfianza o por exceso de trago.

En las reuniones con los amigos siempre se comenta sobre una nueva víctima en la lista negra del venoso.

_ El fin de semana me mandé a Stephany, está deliciosa.

_ Usted qué, Camilo, ¿cómo va el verano?

Camilo aún depende de su mano derecha, aún no conoce los placeres de una dama. Nervioso por el señalamiento de su amigo, hecho pregunta, responde entre tambaleos:

_ Marica, ¿se acuerda de esta vieja, la del colegio este, una chiquita que es como perrita? Susana, ¡Susana Amaya! –una niña que todos consideran de falda suelta, pero que ninguno se ha atrevido a pisar–.

_ Sí, esa es una bandida.

_ Bueno, el fin de semana pasado, en el baño de la piscina de Ramírez, le pegué un culiadón.

Mentiras, mentiras y más mentiras. De eso están llenas las declaraciones de muchos jóvenes, quienes por miedo a pasar por maricas, se refugian en la mentira y en el calco de situaciones pornográficas, o de cuentos de otros, para referirse a eventos propios.

La búsqueda constante, desesperada y sin una guía adecuada para alcanzar una vida sexual plena, convierten a estos machos cabríos en potenciales fracasados.

Sólo un evento fortuito, impulsado por los atributos físicos de alguna compañera de una sola noche, llevaría al joven a cumplir con su cometido. O, en el mejor de los casos, una novia que lo quiera, que le agrade físicamente y le inspire confianza y pasividad. Eso es lo que todos queremos.

Embalados

Esta categoría encierra a los hombres que ‘culearon’, ‘culiaron’, follaron, tiraron, picharon, cogieron o hicieron el amor por primera vez –llámelo como quiera– entre los 19 años hasta el infinito, o, jamás lo han hecho.

Los individuos de este grupo viven internamente desesperados. Han hecho hasta lo imposible por desenfundar erguida su espada y atacar a su víctima sin remordimiento alguno. Pero, una joda es lo que piense la cabeza de arriba, y otra, muy distinta, la de abajo.

A todos les ha pasado, por lo menos una vez, que el ‘hijuemadre’ ese le da por dormirse cuando uno más lo necesita. La cuestión, es que a Osquitar siempre le pasa.

_ Óscar, esta noche tenemos rumba en Mr. Babilla, ponte pilas que van un poco de ‘pelaitas’.

_ De una, mano, nos pillamos allá.

Óscar tiene 20 años; el chino no es feo, pero tampoco el más pinta de todos. Ha tenido muchas oportunidades para quitarse de encima el tormento de pertenecer al grupo de Los Embalados. Pero, debido a su constante angustia y afán por salirse, siempre termina cagándola.

Esta noche tiene su chance…

El man sale de su casa oliendo a rico, con tremenda percha y con toda la disposición de pillar mal parqueada a alguna vieja.

Todo iba según lo planeado. Desde el comienzo de la fiesta cruzó miradas con una niña que reposaba su culo en un sillón cerca de la barra. Sonó un reggaetón. “No, con este no”, se dijo. Entonaron Una Aventura, del Grupo Niche, y salió embalado a sacarla a bailar. “Y, ¿cómo te llamas?; bailas muy bien; estás divina, me encantas”, le decía. Las vainas se le estaban dando. “Ay, yo también amo ese grupo; sí, mi mamá también se llama Claudia; ¿en serio te parezco linda?”, respondía su amiguita. En fin, luego de bailar 25 canciones seguidas, los dos estaban que se reventaban, como los niches cantan. Los besos ‘discotecales’ no se hicieron esperar. A eso de las 2 de la mañana, si se hace una paneo general de una discoteca, la gran mayoría de personas estarán chupando piña, y ellos no eran la excepción.

Se acabó la fiesta y las amigas de la vieja se la querían llevar a dormir. “No, ni por el putas estas viejas me van a dañar la vuelta”, se gritaba Óscar en el fondo de su ser. Le pagó los tragos, la entretuvo toda la noche hablando, bailando y dándole besos, y ahora se la iban a quitar. Esa es la típica actitud de amiga fastidiosa, que, como no consiguió un tipo para andar en las mismas, le quiere dañar el polvo a su prójima.

_ Niñas, no se preocupen, yo me voy con Óscar, él me lleva a la casa.

_ ¿Segura?, pregunta la más cansona de todas.

Óscar piensa: “¡Sí, segura, maluca de mierda, ya lárguese de acá! Pero dice:

_ Sí, tranquila, yo te la cuido, haciendo cara de huevón entre risitas.

Luego de haberse librado del combo de hienas, Óscar monta a su futuro primer polvo en un taxi, da la dirección de su casa y se entrelaza en una ‘manoseadera’ que hace poner ‘parolo’ al taxista.

El conductor interrumpe la ‘besuqueadera’ con un carraspeo de garganta. Óscar paga el taxi y le indica a su mujer que salga del carro. El joven, que casi no puede soltarse de ella, como perros después del coito, busca sin éxito al portero en su silla. “Este marica siempre se va a dormir al baño”, le comenta a su acompañante. Luego de timbrar en repetidas ocasiones, ¡por fin!, el celador aparece y, con los ojos rojos de haber dormido una larga siesta, les abre la puerta.

Entran al apartamento. “Despacio que despertamos a mi hermana”, le susurra a la china. Entran a su cuarto y se tiran de inmediato en la cama. Osquitar quiere salir de esto de una vez. Se quita la camisa, se quita el pantalón; le quita el vestido a la vieja, le chupa las tetas, le zarandea el alma con su dedo índice y, como el peor de los enemigos, la idea de que no va a poder comérsela aparece en toda la anchura de su mente. “¡No!, ¡no!, maldita sea, ¡no!”, se atormenta. Para reponer su retardada erección, el joven mueve su dedo con determinante rapidez. Hasta que su compañera suelta un: “¡Métemelo ya!”.

Pues, queridos lectores, Óscar no puedo alcanzar su meta. Le dijo a la niña que tenía novia y que no quería serle infiel, entonces que mejor no.

Seguramente habrán pensado que algo está mal. Seguramente habrán gastado muchas horas atormentándose, preguntándose: “¿por qué hijueputas no se lo puedo meter a una vieja y ya?”. La respuesta no la tiene ningún psicólogo, ni ningún psiquiatra, ni su papá, ni su mamá, ni un amigo y mucho menos una puta. La respuesta, en esas edades, después de un sinfín de fiascos sexuales, está en ustedes mismos, en la tranquilidad para esperar a la persona adecuada; a todos nos llega.

Le decadencia del perro, cada vez más decadente

Algunos viven contentos dándoles like a todas las viejas en FacebookInstagram y Tinder. Las agregan, si están buenas, claro está, y les hablan. Generalmente con algo así:

_ Hola, ¿cómo vas?

_ Bien, ¿y tú?

_ Bien, en el apto. Oye, ¿quieres venir a ver películas a mi casa?

Las pretensiones son claras. Película, igual a ‘peliculiada’. No todas las veces funciona, no todas caen tan fácil.

 ¿Qué es lo que buscan?; ¿sexo casual?, ¿amor? La verdad no sé qué pensar. Desde los jóvenes hasta los adultos mayores, han olvidado la esencia de la echada de perros. Han olvidado los detalles agradables y le han confiado todo a la tecnología o al dinero. El dinero le puede conseguir un bolso de marca para su novia, pero no una carta hecha a mano por usted mismo; puede pagar una cena en un restaurante de renombre, pero no una noche de cocinar juntos. En fin, hasta en el sexo se han descuidado ciertos detalles. Es como si fuera soplando y haciendo botellas;  se volvió rutinario.  Beso, cogida de tetas, lubricada natural a punta de falanges y penetrada. Se visten, “ay, sí, qué rico estuvo” y chao.

¡NO!, la vida es una, y es para disfrutarla queriendo a alguien. Y en todo el sentido que esa palabra enmarca. Querer es hacer sentir bien al otro. Dedíquese tiempo a usted mismo, y  dedíquele tiempo a su pareja, o a su polvo de una noche, o a la que sea; deténgase en detalles que ya olvidó, en la ‘bluyiniada’ que tanto lo arrechaba a los 15, en entrepernarse empelotas después del amor –esto no pasa con las de una noche– y verá cómo detiene su propia decadencia.

Pd: Este texto se lo dedico a la niña que más quiero, Isabella Olarte.

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Foto: Andrés Paillie.

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