BENDITO “NO”

Hay una cuestión que a muchos se nos dificulta: se trata de saber decir NO; facilísimo para unos, jodidísimo para otros.

Yo, sinceramente, era la persona con menos carácter en el planeta tierra, y digo “era” porque con el tiempo he mejorado en el tema (aunque aún me falta bastante por trabajar). Esta falta de carácter me llevó, y aún me lleva, a lugares o situaciones en los que jamás me debí meter. No sé si les ha pasado, pero hay momentos en la vida en los que uno se pregunta: “¿Cómo carajos terminé metido en este embale?”. ¡Juemadre! Es que todo se hubiera evitado con un NO, un simple, complejo y jodido NO, ENE O. “Pero bueno, ya qué”, terminamos repitiéndonos a nosotros mismos para apaciguar la frustración.

En la mayoría de las situaciones en las que acabé metido en problemas por falta de carácter, la única manera de salir con vida fue con la verdad. Hablarle a la gente con la que me comprometí, con plena franqueza y humildad, me aseguró en todos los casos una solución saludable para ambas partes. Pero espere, ¿entonces por qué no lo hizo desde el principio? ¿No hice qué? Hablarles con la verdad. Mano, porque muchas veces somos demasiado tontos. No sé por qué carajos nos da pena decirle que NO a la gente, siendo que esa palabra tiene mucho más mérito que el “SÍ”. No, en eso difiero con usted. ¿Y por qué? Porque en el mundo el “SÍ” está asociado a lo bueno, al avance, al “Sí, acepto” de la novia con su blanco vestido, al verde del semáforo, al “sí, te lo compro” del papá con su hijo en el centro comercial, y a muchas más situaciones que ponen al “Sí” por encima del “NO” en términos de bondad y mérito.

A ver mano, déjeme le explico. Puede que el “Sí” esté cargado de muy buenas intenciones, porque siempre que aceptamos algo, lo hacemos pensando en que nos saldrá de la mejor manera. Pero la realidad es muy diferente, la realidad es que el mundo no se creó con buenas intenciones; el mundo se creó con sabiduría y poder, y como bien sabrá, la sabiduría nos invita a revisar qué tan inteligente y acertada será nuestra decisión. La sabiduría nos invita a pensar, a revisar los antecedentes y a sernos sinceros a nosotros mismos. Mejor dicho, en un principio ese “Sí” puede parecer muy noble, pero quizá en el fondo esté cargado de vanidad, necedad, capricho y otras intenciones ocultas que no nos traerán nada bueno, entonces, careciendo de honestidad y sabiduría, nuestro “SÍ” no solo nos acabará afectando a nosotros, sino a la otra parte metida en el compromiso. Y con esto no  quiero decir que vivamos la vida diciéndole “NO” a todo el mundo, porque no tenemos espíritu de temor, sino que, cuando vayamos a decir que “SÍ”, sepamos que esta decisión tendrá que ser de bendición para nuestra vida, no solo en el momento, sino para siempre.

Le voy a poner un par de ejemplos en los que tomé buenas y malas decisiones:

Comencemos por las malas. Antes de conocer a mi amor verdadero, nada entendía de amor propio, por ende, vivía la vida buscando cálidos refugios en forma de mujer. Eran refugios momentáneos, porque con ninguna me visualizaba teniendo familia y viviendo para siempre. Aunque bueno, con algunas sí que lo hacía, pero entonces eran ellas las que solo querían estar un ratico a ver qué pasaba. ¿Y el resultado de este chistoso juego que antes jugaba? El resultado, casi siempre, era desgastantemente nulo. Comenzábamos algo con las mejores intenciones, o bueno, creyendo que eran las mejores intenciones, y al final todo terminaba en nada. Adiós, fue un placer.

Por años me moví bajo esta misma dinámica, desgastando mi corazón, de relación en relación,  hasta el punto en el que acabé sin sentimientos. Mi corazón pasó de ser un enamoradizo y romántico pedazo de carne, a un bloque de piedra congelada, sin esperanza alguna de encontrar ese utópico amor del que algunos hablaban.

¿Y dónde entra aquí el saber decir que “NO? Pues que hoy, luego de conocer al AMOR de mi vida (Dios), y de experimentar física, emocional y mentalmente su cuidado, sí que he ejercitado mi voluntad con la palabra “NO”. O sea, teniendo claro cuánto valgo, cuán grande es mi propósito y cuán importante la mujer con la que lo habré de cumplir, un “SÍ” únicamente saldrá de mi corazón en el momento en el que esté completamente seguro de que ella es la mujer con la que Dios quiere que esté. ¿Y cómo lo sabré? Pues mano, primero porque me va a encantar; eso es de ahí. La voluntad de Dios es buena, agradable y perfecta, o sea que mi pareja será más que agradable a mi vista. Y segundo, porque Dios me lo confirmará. La cosa es sencilla; cuando se tiene una relación cercana con Papá, su voz se hace un poco más fácil de escuchar, sobre todo si se trata de una decisión tan importante como esta. Pero espere, todo no es tan fácil. Antes de que ese momento llegue, Él querrá probar nuestra confianza en su voluntad, por esa razón vendrán muchas personas, aparentemente perfectas para nuestro propósito, a afinarnos el discernimiento espiritual. ¿Difícil? ¡NAH! Divertido. La Palabra dice que Dios no nos pone ninguna prueba sin antes habernos dado la salida, y que (Gracias al cielo) está con nosotros mientras nos fortalece en carácter, sabiduría, dominio propio e inteligencia. Mejor dicho, este tipo de pruebas sirven para formar a un varón, o a una mujer, capaz de levantar un hogar que impacte cientos, miles, o millones de vidas alrededor del mundo. ¿Difícil tarea? Un poco. Pero qué sería de la vida si todo fuera fácil. Los pájaros no migrarían, los hombres no conquistarían, los álbumes de fútbol vendrían llenos y nosotros no tendríamos que esforzarnos por hacer este mundo un mejor lugar.

Moraleja: no confíe en su propia opinión, porque aunque al principio las cosas parezcan muy bonitas, si Dios no está ahí, lo más probable es que todo acabe mal.

Ahora le voy a contar las buenas decisiones: hace un tiempo, era una persona que le decía “SÍ” a todo el mundo. ¿Por qué? Porque me daba pena decirles que “NO”; me daba pena decepcionarlos. Debido a esto, en muchísimas ocasiones acabé metido en líos, desesperado y padeciendo por no cumplir con lo que había prometido. Le dije que “SÍ” a todos estos compromisos por inseguridad, por pensar en lo que los otros pensarían de mí. Tenía en mi imaginario que alguien que respondiera con un  “NO” era una persona mala clase, grosera y odiosa. Pero no, no es así, alguien que sabe decir “NO” en situaciones que lo ameritan, sobre todo si es por el bien común, al final, cuando el nudo de la historia se desenlaza, siempre acaba con su nombre limpio y con su frente en alto.

¿Y para los que ya hayamos tomado malas decisiones?

No importa. No existe situación alguna que sea más grande que el poder y el perdón de Dios. Además, en su modus operandi, cuando se le conoce a través de su Palabra, nos encontraremos con que tiene cierta predilección por los que la embarramos, por los imperfectos, viles y menospreciados. Así que no se preocupe, porque todo lo que en algún momento fue para perdición, al final acabará siendo de bendición.

Bueno, muchísimas gracias por estas aclaraciones, hermano, me voy a dormir más tranquilo, aunque espere, ¿será que le puedo hacer una última pregunta? ¡Obvio! ¡Hágale! ¿Cómo sabemos cuándo estamos tomando la decisión correcta? Bueno, pille, así lo hago yo. Si algo me aleja de Dios, no es una decisión correcta. Si tengo intranquilidad en mi corazón, no es una decisión correcta. El Señor siempre pone tranquilidad en nuestro corazón cuando se trata de la decisión acertada, y, además, casi siempre lo confirma a través de su Palabra. Entonces, si usted creyó que la Biblia era un libro para dejarlo abierto en la entrada de la casa, ESTÁ JODIDO, porque no es así. Léalo, escudríñelo, porque con Dios ese librito funciona como un Walkie Talkie.

Cambio y fuera.

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EN LA RE BUENA CONMIGO MISMO

Bienvenidos a esta nueva sección de Tatánfue, se llama Directo al mango. La idea básica es poner luz y verdad en lugares donde abunda la oscuridad y la mentira.

Ustedes mismos se encargarán de definir cuáles son los temas de los que hablaremos.

En esta ocasión el tema es: “Falta de autoestima y seguridad en nosotros mismos”.

Les quiero contar que hace un tiempo yo era una persona muy insegura de mí misma. Aunque no lo crean, todos tenemos nuestro quiebre, y el mío tenía que ver con cuestiones muy pero muy íntimas. Sufría mucho con los temas sexuales, sufría mucho con mi identidad y con muchos pensamientos de auto desaprobación que aparecían en mi mente. Cientos de pensamientos depredadores me hablaban constantemente dentro de la cabeza. ¡Era desesperante! ¡Era invivible!

Hace un tiempo me parecía imposible tener alguna victoria en el exterior, ya que adentro vivía siempre derrotado. Aunque no lo parecería (y lo aclaro porque mucha gente me decía cosas como: “Ufff, usted debe vivir lleno de viejas” o “A usted le deben caer muchísimo, ¿no?”), mi vida era un caos mental y físico, una locura suicida. Según recuerdo, siempre anduve buscando amor, calor, cariño y paz. Esa fue siempre mi búsqueda, y creo que la de la mayoría. Necesitaba encontrar un lugar en el que mi mente se callara y mi cuerpo se calmara. Un lugar en el cual desacelerar mis pulsaciones y frenar mi ansiedad. Pero en vez de eso, con cada paso que daba, me encontraba con más y más vacío, más y más desesperanza.

Patinaba siempre entre dos opciones: o yo la embarraba, o la otra persona la embarraba. ¡Carajo! ¿Por qué alguien siempre la tiene que embarrar? ¿Por qué nos tenemos que mover con tanta torpeza? ¿Por qué parecemos ciegos buscando corazones pares en la absoluta penumbra en la que las personas muestran lo que no son? ¡Qué locura! No recuerdo en cuántas camas me acosté queriendo entender qué estaba haciendo, de verdad. Y cuando digo “me acosté”, no estoy afirmando que tuve sexo, ¡NO! Precisamente ese era mi problema del pasado; que algo en mí no quería. “Raro, ¿no?”. Eso sería lo primero que se le vendría a la mente a cualquiera. Pero no, la realidad es que mi naturaleza me estaba guiando a lo correcto, y yo, completamente abrumado por los pensamientos que se me aparecían en la mente, pensamientos que me gritaban “cómasela”, “qué rico”, “no sea tan marica, Tatán”, insistía en ir contra mi voluntad, probándome a mí mismo que era un varón, un mero mero macho. ¿Y el resultado? El resultado, en la mayoría de los casos, fue nefasto, realmente nefasto.

Se las pongo así: PRIMERO, de tanta pornografía que consumía, mi entendimiento de lo que debía ser el sexo estaba completamente distorsionado. SEGUNDO, mi cabeza me atacaba con cientos de pensamientos automáticos que me reprobaban como un hombre con el que una mujer disfrutaría estar. Así, ya de entrada, era muy complicado hacer algo que desde el comienzo no quería hacer. Y no era que no me gustaran las mujeres, sino que simplemente no me sentía cómodo. Era raro. Me veía al espejo y me encontraba bien, me encontraba alguien agradable a la vista, pero al parecer muchas viejas no estaban tan interesadas en mí. No obstante, muchas de ellas llegaron a mi vida; en su mayoría excelentes mujeres. Pero como les dije antes, les hice daño, a algunas mucho daño.

La ecuación es sencilla. Si no nos amamos, si todavía no sabemos quiénes somos ni para dónde vamos, lo más seguro es que terminemos hiriendo más de un corazón en el camino. ¿Por qué? Porque de nuestro corazón todavía no puede salir un amor ágape, un amor desinteresado que todo lo soporta y todo lo perdona. Y se los digo porque lo viví. Yo sé lo que es comenzar una relación con las mejores intenciones y terminarla con una amarga decepción en el mango. Siempre que encontraba algún detalle que no me agradaba en la persona con la que estaba saliendo en el momento, lo más seguro era que todo terminara acabando. “Que le huele no sé qué a no sé qué”, “que me parece que es muy no sé qué”…Y así sucesivamente hasta el infinito, amén. Porque así es, cuando uno no se ama, TODO es desechable. Si no estoy contento conmigo  mismo, ¿cómo me voy a contentar con alguien más? Si no acepto una parte de mi cuerpo, ¿cómo la voy a aceptar en alguien más? Si no creo en lo eterno, ¿para qué comienzo algo? ¿Para derribarlo? Solo un tonto construye para derribar, ¿no?

Créanme, lo peor que podemos hacer es intentar llenar esos vacíos con otras personas; mucho menos con fiestas, drogas, alcohol y otras anestesias temporalmente mortales.

Menos mal después, cuando conocí LA VERDAD, entendí el por qué de mi incomodidad, el por qué de mi no aceptación.

Muchos de ustedes se preguntarán a qué me refiero cuando hablo de “LA VERDAD”. Bueno, LA VERDAD es que usted y yo, y todo lo que existe por estos lares terráqueos, no somos solo materia sólida, líquida y gaseosa. ¡NO! Hay algo más, que como dice una canción de Grupo Niche, “con los ojos no vemos y por dentro llevamos”. Esto que por dentro llevamos, a lo que denominaremos “algo espiritual”, no solo está en nosotros, sino también fuera de nosotros. Y para ir directamente al punto del que estábamos hablando, quiero contarles que “esto espiritual que está fuera de nosotros”, puede llegar a afectarnos muchísimo si le abrimos la puerta. Y como la mayoría lo ignoramos, o simplemente no creemos, pues vivimos jodidos, vivimos con la puerta abierta. Y así es muy difícil estar seguros, así es imposible encontrar paz, porque, ¿quién con un gran tesoro, vive con la puerta abierta en un mundo abarrotado de ladrones? El hecho de que ustedes y yo no creamos que el mundo espiritual existe, no significa que no nos va afectar, eso ténganlo por seguro.

Hace un tiempo, cuando vivía jodido, cuando estaba como les conté que estaba, yo tampoco creía en nada. Pero cuando lo evidente se hace realmente evidente, no con matachos y religiones, sino con poder y libertad, no hay nada más que hacer que dejarse llevar por el amor. ¡UFFFF! Después del encuentro que tuve con Dios, en el tiempo que estuve muerto (por una sobredosis), todo lo que había en mí fue limpiado. ¡Así de sencillo! ¡Fui completamente limpio! Quedé libre de todo pensamiento, de todo temor, de toda mentira, de toda inseguridad, de todo arrebato autodestructivo… En el momento en el que vi, sentí y experimenté que todo en lo que vivía era una PINCHE MENTIRA, entendí que cada parte de mi ser era perfecta; cada centímetro de mi extensión corporal y espiritual, pasando por mis pelos, arrugas, testículos, ojos, boca, piernas y brazos; mi voz, mi manera de ser y de actuar ¡es perfecta! Y no porque yo lo sea,  sino porque el que me hizo lo es. Él es perfecto y no se equivoca; y su creación, o sea ustedes y yo, somos su obra maestra, SU MONA LISSA, CHURCHA, PELIRROJA, RUBIA, CHIQUITA, ALTA, NARIZONA O CHATA.

Moverme en esa verdad, sintiendo su amor como fuego en mi cuerpo, me ha cambiado por completo la manera de vivir. Me rodeo de personas que piensan como yo y ven mucho más allá del pelo, la ropa, los kilos y los centímetros. Este combo de personas se llama iglesia, y allí sé que en estos momentos respira mi amada, y la suya, o el suyo, si es mujer.

No pretenda encontrar la verdad en un mundo de mentiras, porque lo que usted siente es real, y no es justo seguirlo sintiendo. Acuérdense siempre de esto: “y conocerán la VERDAD, y la VERDAD los hará libres”.

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EL AMOR

Les voy a contar una historia.

De amores les voy a hablar, de amores que quizás se puedan molestar. Les voy a contar un par de historias que no debería, que no debería contar. Mi pasado amoroso no fue muy bueno. Anhelos perdidos entre matches de Tinder y esporádicas conversaciones de Instagram y Facebook. Hola, ¿cómo estás? Súper bien, ¿y tú? Todo bien, todo bien. Ammm…, oye y, ¿qué vas a hacer hoy?, ¿quieres venir a mi casa y nos tomamos un vino? –Esto se puso extraño–.

Me voy a poner en los zapatos de la china. A ver, ¿de qué va todo esto?, ¿cómo así que un vino? Este man lo que me quiere es hacer la lap, o sea la tavuel, o sea la vuelta. Por supuesto, mi amor. ¿Y usted quién es?, ¿qué hace en mis pensamientos? No pregunte, mija, no pregunte y siga la conversación. Ok, ok. ¿Y por qué está tan seguro de que me quiere hacer la vuelta? Porque yo lo conozco, yo sé quién es y las ausencias que posee. ¿Ausencias de qué? Pues de amor, mamita, de amor del bueno. ¿Usted lo puede ver en este momento? ¡Sí!, yo lo puedo ver. ¡Cuénteme, cuénteme lo que está haciendo! ¿Segura que quiere saber? ¡¡¡¡¡¡¡Sí!!!!!!

Pues no, mañana le cuento.

Mentira, mentira. No le voy a contar lo que está haciendo en este momento, pero sí lo que hizo antes. ¿Ok? ¡Ok! Listo, aquí va.

El tipo siempre anduvo en busca de amor; una traga por aquí, otra traga por allá. Según él y su lengua, es posible enamorarse de 14 mujeres diferentes en un mismo fin de semana, incluso sin haberlas saludado jamás. ¡PFFF!, ¿y cómo es eso posible? ¡Ja! Querida, ese es el pan de cada día de muchos. Fin de semana 1: “No, mano, me enamoré”. Fin de semana 2: “Vago, esta es la mía, la madre”. Fin de semana 3: “Ya mismo me fui de anillo, ¡con esta me caso!”. Fin de semana 4: “Las tres pasadas eran unas ficticias, esta es la potranca de mi establo, mi pez”. Y así sucesivamente hasta agotar sus días.

La cuestión es que, siguiendo esta lógica, este joven hizo del amor un papel higiénico, y de tanto pasárselo por donde ya sabemos, lo acabó desgastando. ¡No!, ¡pero espere! Por lo menos cuente una de sus historias de desamor. ¿Y a usted quién le dijo que eran de desamor? ¿Acaso perder no es ganar? ¡Calmado, Maturana! (Jajajaja) ¡Cuente más bien! Ok, ok, aquí va. ¿Pero esta vez sí es en serio? Sí, esta vez va en serio, ¡aquí va!

9 de julio de 2015.

Pataclides, nuestro joven, estaba de cumpleaños; sabrá su abuela los años. Junto a su familia y amigos, la celebración ya alcanzaba altísimos niveles etílicos a la madrugada.

02:00 AM

Oigan, ya pasamos bueno con mi familia, exclamó un poco ansioso. Abrámonos ya para Le Parc –una reconocida discoteca bumanguesa de entonces–. Los demás, muy de acuerdo con su propuesta, asintieron con la cabeza y comenzaron a despedirse de todos sus familiares.

03:00 AM

Pataclides, junto a tres de sus mejores amigos, ingresó al establecimiento. ¿Sobrios? No les cuento. ¿Animados? ¡Como no se alcanzan a imaginar! ¿Y por qué? ¿Por qué qué? ¿Por qué tan animados? Mano, porque usted nunca sabe en cuál de esas salidas acabe encontrando al amor de su vida. Es como una ruleta rusa en la que, desgracia, o quizás fortuna, casi siempre acabamos perdiendo. En todo caso, paso a paso, subieron las escaleras.

Segundo piso, puerta de vidrio deslizante, aire acondicionado a tope y “Baila Morena” totiando por todo el lugar. La banda se dividió en dos: dos por un lado, dos por el otro. El cumpleañero, escoltado por su hermano del alma, Andrés, caminó hasta la barra cual vaquero gringo. ¡Dos JaggerBomb!, por favor, le gritó al mesero. Los dos se miraron fijamente y soltaron una risilla, una risilla que dejaba ver su clara intención de acabar inconscientes aquella noche.

Copa sube, copa baja. Otros dos, por favor, gritó de nuevo el joven mientras chequeaba la discoteca con mirada de don duro. Entonces… ¿Entonces qué? ¡Entonces algo pasó! ¿Qué, mano, qué pasó? ¡No me asuste así, mi pez!, que la historia iba bien tranquila como para que se comience a alterar de esa manera. Bueno, discúlpeme; voy a continuar narrando. Pasó que en un leve movimiento de cabeza, cuando se esperaba todo menos ver lo que vio, una pelinegra, cejona, blanquita, bajita, con cachetes rosados –como si se los hubieran cogido a arepazos– y una hermosa y protuberante boca, apareció en escena sin pedir permiso.

¡Cállese la jeta!, pensó nuestro joven con el corazón, el hígado, el páncreas, los párpados y toda su humanidad en la mano. ¡Oleeeee!, ¡pille a esa china! ¿Cuál?, preguntó Andrés. ¡Esa, mano!, contestó él. Ah, sí, está linda. ¡Cómo que linda!, reclamó Pataclides desconcertado,  ¡es el amor de mi vida! ¿Qué hago?, le preguntó a su amigo. Pues cómo así que qué hago, ¡háblele!, ¿se embobó o qué? Bueno sí, pensó él, ni que la china lo fuera a morder.

Cual niño de 10 años, pasó saliva y ¡PUMMM!, entró la policía al establecimiento. ¡Nadie se lo esperaba!, ¿sí o qué? Pero así fue. ¡Se acabó la fiesta! ¡Todo el mundo pa fuera!, gritó el comandante. ¿Y qué hora era?

LAS 03:30 AM

Pero tranquilos que esto sigue.

El joven, aprovechando la situación, se acercó a su futura esposa. ¿Sabes por qué acabaron la fiesta?, le preguntó. Jamás se habían visto en sus vidas y él, el loco ese, ¿de la nada se puso a preguntarle semejante pendejada? No, ni idea, respondió la chica. En ese instante hubo un terrible silencio y luego un cortocircuito en su mente, no en la de ella, sino en la de él, decidiéndose por abortar la misión con un: OK, chao.

Pataclides volvió derrotado a la seguridad de la barra, mientras en su interior se repetía: ¡Muchoooooo gilberto! ¡Cómo le voy a decir tremenda babosada! No sé, respondió Andrés. ¿Cómo así?, ¿Andrés puede leer los pensamientos? Sí, es raro, lo sé, pero él es el tipo de amigo que siempre tiene sus guardados. En fin, Andrés lo miró y le recordó que no era la primera vez que hacía algo así.

Lentamente salieron de la discoteca, y debido a que Pataclides se encontraba de cumpleaños, la mayoría de las personas agolpadas afuera se organizaron para continuar con la celebración. ¿Pa dónde la llevamos?, preguntó el agasajado. Para mi casa, respondió alguien a lo lejos. ¡Listo, ya le caemos! ¿Y por qué no fueron de una? Porque ya no tenía plata. ¿Quién? Pataclides, Pataclides ya no tenía plata; además tenía que recoger un sombrero de mariachi y una cabeza de ternero que siempre que llevaba cuando iba hacer algo épico.

¿Y qué pasó con la china?

Eche ojo. Resulta que cuando iban hacia su casa a recoger el dinero, el sombrero de mariachi y la cabeza del ternero, uno de sus amigos los venía siguiendo con la chica en cuestión. Reían, gritaban y se trataban como amigos de toda la vida. ¡Buenísimo!, se dijo a sus adentros nuestro héroe, ¡Rori es amiguísimo de la china! Nuestro joven se acercó a Rori, interrumpió su conversación con la chica y, haciéndolo a un lado, le puso los ojos encima. ¿Cómo se llama esta mujer, de por Dios?, le preguntó.  ¿Le gustó o qué?, respondió él.  ¡No!, es que le quiero poner un denuncio… ¡Pues obvio que me gustó!, ¡es divina! Rori miró a ambos lados susurrándole algo. Laura, se llama Laura. ¡Uffff!, pues mire, voy a subir a mi casa a bajar unas vainas, por favor no se le ocurra dejarla ir. ¡Listo!, respondió Rori mientras nuestro héroe corría escaleras arriba. ¡Ya bajo!, fue lo último que se escuchó.

Diez minutos, veinte minutos, media hora….Oiga, ¡pero a este man qué le pasa!, reclamó la chica de rosados cachetes; estaba perdiendo la paciencia. Mientras tanto en el apartamento, nuestro héroe buscaba por todos lados la cabeza del ternero. Ya contaba con el dinero y el sombrero de mariachi, pero no, sin la cabeza disecada no iba a salir. Buscó un poco más y ¡PUMMM!, ¡LA ENCONTRÓ!, se la echó al hombro y salió disparado al encuentro de su amada.

El ascensor marcó el primero piso y ¡SHAZZZZ!, se abrió la compuerta. Pataclides se bajó, caminó unos pasos, abrió la reja de la portería y, con una enorme sonrisa de cumpleañero mexicano, gritó: ¡¡¡Óraleeee, carnales!!! Pero no, la chica no estaba, ¡¡¡desapareció!!! ¿Y Rori? Rori tampoco estaba. No puede ser, ¿qué es este nivel de ineficiencia?, se reclamó a sí mismo, uno no puede ausentarse 45 minuticos porque ya se abren pa la casa. ¡Oigan!, ¿para dónde se fue Rori?, preguntó el desesperado joven. Usted se demoró una eternidad, le respondieron. ¡Pero cómo se va ir!, yo le dije que me esperara. ¿Y por qué tanto afán por Rori?, preguntó Andrés. Nuestro héroe se tomó la frente y le respondió: No es por Rori, es por la china que estaba con él. Pues ya qué, para qué se demora, sentenció su gran amigo. Más bien cojamos un taxi y echemos pa donde Fergie, que allá está todo el mundo esperándonos.

La tropa entera comenzó a caminar buscando un ¡TAXIIIII!, gritaban sin suerte. Pero nuestro héroe no estaba allí; estaba perdido; lucía taciturno, nefelibato, medio atolondrado. Quizás su cuerpo hacía presencia, pero su mente y corazón se habían ido hace rato con la pelinegra de baja estatura. ¡No puede ser que vaya a dejar ir a esa china así como así!, se repetía en voz baja. Entonces de repente, muy de repente, se le ocurrió una idea. ¡Oigaannnnnn!, ¿alguno tiene número de Rori?, le preguntó a la masa. Noooo, respondió ella, o sea la masa. ¡Cállese le jeta!, cómo que ninguno tiene el número de Rori, ¡si ese vago no se pela un bazar! Pues no, no lo tenemos…, le respondieron. ¿Y usted qué está haciendo por allá solo? Estoy buscando a la china esa. Pataclides, deje de joder ya con esa china y más bien ayúdenos a conseguir un taxi. Nuestro héroe los miró y, OBVIAMENTE, hizo caso omiso a su propuesta de desistir; de hecho, hizo todo lo contrario, y cual Pointer de cacería, continuó con su búsqueda amorosa.

A ver, a ver, ¿quién me podrá dar el número de Rori?, pensó en voz baja mientras esculcaba la carpeta de contactos en su Nokia de linternita. ¡Pedro!, ¡Pedro seguro lo tiene!

04:00 AM

Piiiiiii, sonaba al otro lado del celular. Piiiiiii…. ¿Aló? ¡Ole, Pedrooooo!, ¡con Pataclides! Mano, ¡qué son estas horas! Sí, yo sé, terrible, pero espere, hágame un cruce. A ver, cuente, ya igual me despertó. Mano, necesito el teléfono de Rori, ¿usted lo tiene? Mmmm…, espere miro. Nuestro héroe se tomó la cabeza con una mano y con la otra levantó el celular y se lo puso en la oreja. ¿Lo tiene o no?, volvió a preguntar con impaciencia. Sí, aquí lo tengo; a ver, anote… Pataclides anotó el número de Rori y le dio las gracias por no perder la paciencia con su nocturna y nada agradable llamada, luego colgó el teléfono y de inmediato llamó a su única fuente de información, Rori. Conteste, Rori, conteste…, pensaba Pataclides con sus labios. El teléfono timbraba sin suerte. Lo volvió a intentar y ¡PRRRRAAA!, ¡contestó Rori! ¿Qué pasó, enanito?, le preguntó con voz de recién levantado. Manoooo, ¿usted por qué se fue?, ¡le dije que se quedara abajo! Usted manda es huevo, a lo bien, ¡se demoró una hora! Bueno, tiene razón…, ¿y qué terminó haciendo? Mano, yo cogí un taxi y me fui con Laura y Daniela. ¿Y ellas dónde están? Pues yo las dejé en sus casa.  Pataclides hizo de tripas valentía y le preguntó: Mi pez, ¿me podría dar el número de Laura? Al otro lado se escuchó un silenció fúnebre, y luego un: ¡Anote! Nuestro héroe anotó el teléfono de la chica que tanto anhelaba ver, se despidió de su amigo y, de inmediato, guardó el contacto como: “MI CACAITO”.

¿Qué está haciendo por allá, Pataclides?, ¿se volvió loco o qué?, le reclamaron de nuevo sus amigos. No jodan, esperen que estoy haciendo algo importante. Todo estaba en su contra, ¡TODO! Solo había cruzado dos palabras con la chica, y fueron las dos palabras más tontas que alguna vez habían salido de su boca.

Eran las 04:10 AM…

…Y las probabilidades de que la chica le contestara eran nulas, además era hija de un artista importante –se enteró después– por lo cual, y muy seguramente, estaría bien escoltada. ¡Pues qué carajos!, se dijo a sí mismo. ¡Batazos más duros me han dado! Tomó su Nokia de linternita y se quedó observando el contacto de “MI CACAITO”, hasta que, muy decidido, le hundió ENTER. El timbre comenzó a sonar al otro lado; una vez, dos veces, tres veces…. ¡Qué es esta paridera, de por Dios!, pensaba mientras sudaba como un burro. Esto está peor que el primer beso de Betty con don Armando –esto último no lo pensó, claramente–.

¿Aló? Ay, juemadre, contestó. En ese instante algo pasó con Pataclides. Fue como si se hubiera transformado en el hombre más seguro del mundo. Tanto, que le soltó a la china algo así: Mira, hablas con Pataclides… Sí, yo sé quién eres, interrumpió Laura. Nuestro héroe alejó el teléfono de su oído y le hizo una pregunta al aire. ¿Cómo así que me conoce? Entonces el aire, muy decente él, le respondió. Quién lo manda a grabarse la jeta en Instagram. Bueno, es verdad, concluyó. Mira, lo que pasa es que me encantas, y yo sé que no son las horas ni es la manera, pero me gustaría que me acompañaras en lo poco que me queda de cumpleaños. Entonces apareció el silencio eterno. 1, 2, 3, 4, 5 y QUÉ, respondió ella. Y que…, que me digas dónde vives y ya mismo voy por ti. Colinas del Arroyo, respondió Laura. ¡Listo! Ya voy para… ¿aló?, ¿aló?, ¿Laura? Pataclides levantó el celular para mirar su pantalla y exclamó: ¡juemadre!, ¡me colgó! Súbitamente la desesperanza poseyó a nuestro joven héroe, transformando por completo sus intenciones románticas en un desamor que ni siquiera había sido amor. ¿Colinas del Arroyo? Ni idea. ¿Habría de encontrarla? Ni idea. ¿Y entonces? Pues mano, si usted no sabe cómo hacer algo, busque a alguien que sí lo sepa. ¡Taxiiiiiii!, le gritó Pataclides a un auto amarillo que pasaba, en contra de todas las probabilidades, frente a su pálido y ansioso rostro. El servicio frenó en seco, Pataclides abrió la puerta trasera y, antes de ingresar, dirigió la jeta hacia sus amigos. ¡NOS VEMOS DONDE FERGIE!, gritó. Entonces ellos, con cara de extrañeza, le respondieron que si se estaba volviendo loco, que qué iban a hacer con la cabeza del ternero y el sombrero de mariachi. ¡Llévenlos que yo les caigo segurísimo!, ¡segurísimo!

Buenas noches, manito, ¿cómo le va? Muy bien, sí señor, ¿a dónde lo llevo? Hermano, le voy a decir la verdad, ¡no tengo ni idea! O sea, no sé dónde queda, pero sé que se llama Colinas del Arroyo. ¿Usted sabe dónde es? Sé que hay dos, uno en Cañaveral y otro en Lagos. Pataclides le pidió al señor un minuto para tomar una decisión. Entonces recordó que Rori vivía en Cañaveral, por lo que tendría más sentido dirigirse hacia allá. ¡Vamos a Cañaveral!, sentenció. Pero hágame un favor. ¿Qué favor?, preguntó el taxista. ¡Estalle ese equipo de sonido y despertemos a toda Bucaramanga! ¡Listo, patrón!

04:40 AM

A toda velocidad, y con un taxi que parecía más chiva que taxi, el conductor y Pataclides cruzaban, de punta a punta, la capital santandereana, LA CIUDAD BONITA. Mientras lo hacían, nuestro héroe iba contándole a su cómplice la historia de la que estaba siendo partícipe, y este, sabiéndose el chofer de aquel sueño amoroso, le metió la chancleta diez veces más, dejando en el aire una estela musical que decía así: “Siempre siempre, que se cumpla un sueño, en el ser humano, qué felicidad, na na na…”.

La nave amarilla ingresó a Cañaveral con Rikarena al frente y Pataclides atrás. Rodaron unos cuantos metros, pasando entre La Florida y el C.C. Cañaveral, y entonces el hombre, nuestro hombre, le pidió al conductor que se detuviera en la licorera. ¿En cuál?, preguntó el señor. En esa, señaló Pataclides con la boca, esa de ahí adelantico. El auto se detuvo y Pataclides descendió con el pedido en la punta de la lengua. ¿Me regala una barra de Halls y un Gatorade rojo? ¿De qué color la barra?, preguntó la señora que atendía. De la negra, respondió él. En ese momento nuestro héroe giró su cabeza hacia el taxi y le preguntó al conductor si quería algo. Una Coca Cola de las grandes, respondió él. ¿Seguro nada más? Sí, sí señor, nada más, contestó con cara de perro regañado. Pataclides reclamó su cambio, le dio las gracias a la señora, tomó el pedido, se subió al taxi y le indicó al conductor que arrancara ese tiesto.

El taxi despegó mientras Pataclides estiraba su brazo en dirección al piloto. Pille su Coca Cola, le dijo. Muchas gracias, respondió él. Subieron un par de cuadras hacia el sur, y luego de bajar un poco, el conductor detuvo el taxi al frente del que se suponía debía ser el conjunto de Laura. ¿Está seguro de que es aquí? Sí, aquí es, respondió el taxista con mucha más seguridad que su cliente. Mano, ¿está seguro de que este es el conjunto? Pues chino, véalo usted mismo. Nuestro joven giró su cabeza 180º, corroborando que sí, efectivamente ese era el conjunto que estaba buscando, o por lo menos eso decía en el letrero del frente: “COLINAS DEL ARROYO”. Dios mío, ¿y ahora qué hago?, se cuestionó. Pues pregúntele al portero si ahí vive la china, y ya, no pierde nada. Bueno, sí, concluyó Pataclides.

Acercándose el amanecer, a eso de las 05:00 AM, nuestro héroe se acercó lentamente al portero del conjunto –quien en ese preciso instante se encontraba regando las matas del antejardín–y, de manera súbita, lo interrumpió con un inesperado: ¡RAMÍREZ! El viejo, brincando de un susto, enfocó el rostro de nuestro héroe y, dándose cuenta de que no tenía ni idea quién estaba en frente suyo, le preguntó que cómo se sabía su apellido. Lo leí en su placa, le contestó Pataclides. El  señor miró el pedazo de metal que colgaba en su bolsillo derecho, como dudando de su apellido, y, un poco confundido, le preguntó al joven que qué quería. Señor, ¿aquí vive Laura? El vigilante no le respondió, por lo menos no con la boca. Lo hizo con un movimiento certero. Soltó la manguera y entró a su cabina, tomando el citófono lentamente. ¿Cuál Laura?, preguntó. Pataclides no tenía ni idea del apellido de su amada, no se lo alcanzó a preguntar, entonces le respondió lo primero que se le vino a la mente. Hermano, ella debió llegar hace poco. Aquella respuesta desarmó por completo al portero, porque sí, efectivamente había llegado hace unos minutos. Regáleme un segundo, sentenció Ramírez  con el citófono en la mano.

El aparatejo sonó, volvió a sonar y Pataclides, angustiado por primera vez, dudó de que Laura continuara despierta. En ese instante giró su cabeza en dirección al taxi y su amigo, su compañero de batalla, lo miró con ojos de intriga. ¿Qué pasó?, preguntó con los hombros levantados. Nada, le respondió Pataclides, nada que me da respuesta. ¡Aghhhhh!, exclamó el taxista mientras metía su cabeza en el vehículo.

El cubículo del celador era polarizado, característica que le dificultaba la interacción con los visitantes. Solo era posible tener contacto con él a través de un huequito en forma de arco que se abría en medio del vidrio. Aquellos minutos fueron eternos, realmente eternos. Cada tanto, el taxista asomaba la cabeza preguntando que qué pasaba, y Pataclides, como si fueran amigos de toda la vida, lo mandaba a callar con un: ¡Shhhhhhto, mano!

Joven, joven, pareció decir una mano que sobresalía por el huequito de la negra ventana. ¿Qué pasó, señor?, preguntó Pataclides con el corazón en el suelo. Que ya sale, confirmó el vigilante. En ese instante el rostro de nuestro Romeo, junto al resto de su cuerpo, sufrió una serie de transformaciones. Aventura, traga, ¿traga? ¡Cállese la jeta!, si la acaba de conocer. Pues sí, mi fish, la acaba de conocer, pero es que hay personas que tienen corazón de trigo, o sea corazón de amor, o sea corazón enamoradizo, poético y romántico, y otras que tienen corazón de cizaña, o sea corazón un peye. Ok, ¿y a qué va con esta extrañísima explicación? Voy a que Pataclides era, o es, porque todavía no se ha muerto, un amante del romance; un hombre que prefiere una conversación, un buen merengue a paso lento y un beso sentido y romántico, a una orgía gomorráica en cualquier motel. Por eso en ese momento, más allá de un posible polvo nocturno, aquella locura significaba un potencial amor para siempre. ¿Factible? ¡Nah! ¿Riesgoso? ¡Por supuesto! Sobre todo porque los corazones de trigo, cuando no están firmes sobre La Roca, suelen creer que cualquier sentimiento es AMOR.

Al frente, un portón de madera y estructuras metálicas; a la izquierda, el cubículo del vigilante; y atrás, el taxista en su nave. Con la pintura dibujándose en el lienzo, y como premio al esfuerzo y determinación de nuestro héroe, la puerta pequeña del gran portón de madera emitió el sonido que emiten las puertas pequeñas de madera cuando los celadores espichan el botón –que jamás sabré dónde está– que las libera de su triste y cerrado estado. Acto seguido, se abrió en dirección al joven, y entonces Laura, la bella y esperada Laura, hizo su aparición en la obra.

Estaba hermosa. Tenía unos leggins rosados de Hello Kitti y una gorra del Atlético Bucaramanga (Jajajaja, mentira, mentira). Tenía unos leggins negros y una blusa azul de pepitas blancas. Sus labios eran rojos, maravillosamente rojos y carnuditos, protuberantes. Era bajita y de pelo negro. Cejona y de cachetes rosados, y en ese momento caminaba a paso lento, cual salvavidas de Baywatch, al encuentro de su recién conocido.

Tú estás loco, fue su primera frase. Pataclides se rió, y mientras le abría la puerta del taxi, le prometió que no se arrepentiría. ¿Seguro? Créeme, no te vas a arrepentir. La dama entró primero y el caballero después, luego este cerró la puerta con cuidado y le indicó a su amigazo, el taxista, hacia dónde dirigirse. En ese momento el conductor, con toda la actitud de un UberBlack, se volteó a verlos. Señorita, ¿desea que le ponga alguna emisora en especial? Relajado, mi pez, ponga lo que quiera, sentenció Pataclides con ojitos de “arranque esta joda rápido”. Entonces el taxista, muy obediente, prendió el carro, le metió primera y ¡FUMMMM!, lo puso a rodar.

Bueno, quiero que me digas algo, comentó Laura. A ver, dime, respondió Pataclides.  ¿Por qué me sacaste de mi casa? La verdad no sé, no tenía nada planeado, simplemente me dejé llevar. ¿Y por qué yo?, preguntó de nuevo Laura. Porque te vi y quedé loco. ¿Ah, sí? Sí, pero ahora no se me vaya a creer Angelina Jolie.
Nuestra pelinegra soltó una carcajada y lo miró a los ojos, directo a los ojos. Tranquilo, yo estoy contenta siendo Laura, no Angelina. Eso me alegra, Laura, que la tenga clara. ¿Y usted por qué no me tutea, señorito? No sé, ¿quieres que te tutee? Pues sí, es más bonito.

Nuestro par de tortolitos conversaban y reían sin parar, entonces, luego de un largo viaje, llegaron a la casa de Fergie. ¿Y aquí quiénes están?, preguntó Laura. Mis amigos, respondió él. ¿Y estás seguro de que están aquí? No sé, me imagino. El joven pagó la carrera y se despidió de su nuevo y fugaz amigo. Se dieron un abrazo y este, su nuevo compañero de aventura, le picó el ojo como gesto de aprobación. “Hágale, mijito, que su china lo está esperando”.

El taxi se marchó, dejando a Pataclides y a Laura al frente de una solitaria portería. En ese momento un vigilante asomó su humanidad fuera del cubículo y les preguntó que qué se les ofrecía. Buenas noches, señor, vamos para la casa de Fergie, respondió Pataclides, ¿le podría timbrar? Sí, contestó el celador, déjenme lo llamo. Eran las 05:20 de la mañana y el cielo, dentro de poco, comenzaría a tornarse azul oscuro.

Pataclides miró su celular, notando que estaba a punto de descargarse, entonces, previendo lo inevitable, le pidió el favor a Laura de que guardara el contacto de uno de sus amigos. Mientras tanto el vigilante, un poco frustrado, luchaba con el citófono, ya que nadie lo contestaba en la casa del anfitrión. ¿Y tú no tienes el teléfono de él? No, le respondió Pataclides. Señor, ¿nada que contestan? No, nada. Esto no me puede estar pasando, se decía así mismo nuestro héroe. ¡POR QUÉ NO CONTESTAN!

La razón por la que no contestaban era que Fergie, no sé por qué carajos, tenía dentro de su casa un bunker en el que se enfiestaba cada que podía, entonces las posibilidades de que contestaran en aquel sitio eran casi nulas. ¿Y tú para qué me hiciste guardar el contacto de tu amigo?, preguntó Laura. ¡Ayyyy, sí! ¡ANDRÉS! Llámalo, por favor. Laura buscó el contacto que recién había guardado y le hundió el botón de llamar. Ven, pásame el celular, le dijo Pataclides mientras estiraba su brazo. En repetidas ocasiones sonó y sonó, pero nada, no contestó. De verdad que esto no puede ser, se repetía nuestro joven en silencio. Por otro lado Laura, casi que sedada, mantenía su calmada y hermosa sonrisa. Bueno, ¡pues qué carajos!, pidamos un taxi y te llevo a tu casa, concluyó nuestro héroe.

Entonces, cuando toda esperanza estaba perdida, un sonido de llanta frenando rasgó toda la tristeza y desilusión que comenzaba a embargar los corazones. A lo lejos, un taxi Atos, de esos que parecen un sacapuntas, apareció en escena con una tropa de jóvenes adentro y una cabeza de ternero asomada por la ventana. ¡Qué pajó, mi roñeeeee!, le gritó uno de sus pasajeros, ¿qué pensó, que lo íbamoos a dejar tirado? Nuestro héroe soltó una carcajada y miró a Laura, que en ese momento lo miraba con cara de intriga, como quien sabe que algo increíble está por suceder.

De un solo trancazo se bajaron todos, incluido Fergie, y, para variar, como todo buen amigo chismoso, Andrés quiso averiguar lo que nadie quería ocultar. Le hizo ojitos a Laura, y con mirada de “quédese ahí, mamita”, apartó a Pataclides hacia un rincón de la portería. ¡Mano!, ¿sacó a la china de la casa? No, perrito, es un holograma renítido, le respondió Pataclides. Su amigo soltó una risilla y continuó con el cuestionario. Yo sé, la pregunta estuvo mal formulada, ¡claro que la sacó!, pero la vaina es cómo, ¿cómo lo hizo? Andrés, dijo Pataclides, entremos y después le cuento. ¡No!, cuénteme ya. ¡Ashhh, Andrés!, mire la cara que tiene, está asustada con la cabeza del ternero, déjeme estar con ella. Bueno, vaya a ver, concluyó su gran amigo.

Suavemente, nuestro héroe tomó a su chica del hombro y le agradeció por su paciencia. De repente apareció otro taxi en escena, completando así la tropa que habría de ingresar al bunker. Manito, todos ellos entran conmigo, le ordenó el patrón al vigilante. ¡Listo!, respondió él. ¡BIIIII!, sonó la puerta de madera. Sigue, le susurró Pataclides a su chica. La verdad es que nuestro héroe estaba emocionado y a la vez confundido. En el fondo no sabía muy bien lo que estaba haciendo. Simplemente estaba dejando que las cosas pasaran.

La tropa entera cruzó la puerta del conjunto, caminando unos cuantos pasos en dirección a la casa de Fergie, luego, estando adentro, comenzaron a pasar la sala con sumo cuidado; ninguno quería despertar a los dueños del inmueble. Shhhh, en silencio, advirtió el anfitrión mientras bajaba las escaleras que llevaban al bunker. Siguiéndolo, todos comenzaron a descender, hasta que ¡PUMMM!, se encontraron de frente con la cueva del lobo, el lugar en el que Pataclides y Laura habrían de ir más allá.

La puerta de vidrio que sellaba el bunker se deslizó, dejando entrar a la jauría ansiosa de fiesta. Uno a uno ingresaron, y en poco tiempo se adueñaron del espacio con plena seguridad. Aire acondicionado a tope, una mesa de billar al fondo, una rocola de las antiguas –adaptada para sonar con cable auxiliar–, varios muebles de cuero y dos baños hacían del bunker el lugar perfecto para continuar la juerga. Un aguardiente iba y otro venía; así era entonces. Y digo entonces porque ya no lo es, por lo menos no para Pataclides. En esos tiempos, nuestro héroe jugaba constantemente con su fortuna, arriesgándolo todo, siempre en las manos equivocadas. De borrachera en borrachera, iba por el mundo alegrándole la vida a los demás y haciendo de la suya un bulto de escombros que no solo afectaba a su familia, sino a la maravillosa promesa que le fue designada desde antes de respirar su primera bocanada de aire. Él, al igual que todos los corazones de trigo que andan por ahí, tenía un propósito grande por cumplir, un propósito que requería del respaldo adecuado para llevarse a acabo.  Pero no, en ese momento él no lo sabía. Entonces alzó su copa y brindó con Laura. ¡Salud!, dijo ella. ¡Salud!, respondió Pataclides con la copa arriba. Nuestro héroe estaba completamente seguro de que las cosas le habrían de salir bien con su hermosa obsesión, entonces procedió a aplicar la que siempre aplicaba: ¡LA MAGNUN LOOK! Esta mirada fulminante tenía más de: “me quiero casar contigo”, que de: “te quiero llevar a la cama”. Era amor puro hecho pupila; además, venía cargada de conversaciones agradables y sinceras –acuérdense que siempre estaba buscando al amor de su vida–. En ese orden de ideas, Laura, al igual que muchas de las víctimas de su MAGNUN LOOK, comenzó a ceder terreno.

¿Bailamos?, le preguntó nuestro héroe. ¡Claro!, respondió ella. La tomó de la mano, y agarrándola por la espalda lentamente, comenzó a guiarla por la baldosa en un suave movimiento merengoso. “Anooooother Night, parapá, otra noche sin tenerte, otra noche sin tenerte, eeé…”, sonaba en la rocola, y él, llevado de la concupiscencia, puso su mirada en el jardín, que para entonces ya alumbraba con el potente sol mañanero.

Nuestro joven creía estar viviendo el momento más romántico de su vida. ¿Romántico? Sí ¿Dos garrafas de aguardiente, una mesa de billar, todo el mundo amanecido y lagañoso, aplican como una escena romántica? Mire mano, en ese momento el chino tenía los estándares bajos. No joda y déjeme seguir echando la historia. Bueno, siga.

Laura parecía ser la mujer ideal. Hablaba con sus amigos y se reía de todo lo que ellos decían. Andrés, de cuando en vez, alzaba su mirada con un gesto de aprobación, como quien dice: lo veo bien, manito. Sin embargo, había muchas cosas que Pataclides quería preguntar, pero que, por andar bailando y mamando gallo con sus amigos, no lo había hecho. ¡Ven!, le dijo a Laura, sentémonos. La chica lo tomó de la mano, acompañándolo luego hasta el sofá de cuero que reposaba frente a la puerta corrediza. Cuéntame una cosa, comentó Pataclides, ¿te gustaría ser tu propia jefa? ¿Sabes qué es Herbalife? (Jajaja, no mentiras). ¿Dónde vives?, le preguntó –esto ya es serio–. En Bogotá, contestó ella. En ese momento una bomba estalló en la mente de nuestro héroe. ¡Él también vivía en Bogotá! ¡No puede ser!, pensó. ¿Será que esta es mi mujer?, ¿será que compro perro?, ¿será que busco apartamento en arriendo? ¡Dios mío!, ¿qué hago?, le preguntó Pataclides al Dios del que en ese momento dudaba. Sin embargo, y antes de recibir respuesta alguna, Laura, su querida Laura, le devolvió la pregunta. ¡Sí!, yo también vivo en Bogotá, contestó él. ¿Y tienes novia?, inquirió nuestra pelinegra, metiendo la conversación en terrenos un poco más delicados. No, no tengo, contestó Pataclides, ¿y tú? ———— Pongo todas estas líneas porque en ese instante, para desgracia de nuestro joven, ella respondió ¡NO!, pero –este PERO fue mortal–, en este momento me estoy hablando con alguien. ¡PUUUUUMMMMM! ¡A lo profundooooooooooooo, no no no no no, dígale que no a esa pelota! Cientos de pensamientos atacaron vilmente el cerebro de nuestro pequeño enamorado, pensamientos como: ¿Entonces por qué salió conmigo?, ¿qué le pasa a esta china?, ¿será que sí lo quiere?, MAGNUN LOOK, me fallaste. Pailas, se acabó todo. No obstante, cuando todos sus pensamientos parecían hundirlo, o, más bien, indicarle que respetara lo ajeno, hubo uno, uno que generalmente se paseaba por su materia gris, que le susurró que siguiera adelante con su misión porque habría de completarla.

Pero espera, preguntó él,  ¿están saliendo o son novios? No, novios no, solo estábamos saliendo, respondió ella. ¿Y por qué hablas en pasado? Porque no sé, siento que las cosas no están tan bien. Para Pataclides, ese “no sé, siento que las cosas no están tan bien”, fue como un semáforo verde en plena autopista alemana. Por consiguiente, cogió su Ferrari y aceleró a tope.

Pasadas las horas, a eso de las 07:30 AM, cuando iban por la segunda garrafa y la consciencia, que era más inconsciencia apuntando al atropello moral, nuestra Laura entró al baño de mujeres. Aquella acción fue a Pataclides como un tiro al aire lo es un perro Galgo. Él, completamente decidido, irrumpió en el baño y la besó, la besó sin más. Lentamente, y con los ojos cerrados, nuestro héroe puso su primera bandera de la noche. De ahí en adelante, las cosas simplemente fueron yendo hacia donde suelen ir en una madrugada de aquelarre.

Antes de continuar, quiero confesarles que para mí ha sido duro escribir esto, ya que mi mayor deseo es bieninfluenciar a todos y cada uno de los que consumen mi contenido. Sin embargo, y luego de analizarlo bien, entendí que esta historia de Pataclides, un amigo muy pero muy cercano, podría llevar luz a lugares donde algunos aún viven en oscuridad.

El día se fue oxidando, como lo hacen los días, y la tropa aún no se resignaba a tirar la toalla. Mándennos una garrafa más y dos petacos de cerveza, pidió uno de los dolientes. Mientras tanto Laura y Pataclides, embelesados por la obsesión disfrazada de amor, se daban besos, lentos y sentidos, al ritmo de la salsa romántica. Entonces, ¡muy de repente!, el papá de Fergie irrumpió en la obra como lo hacen los papás cuando ya están embejucados por la sinvergüencería de sus hijos. ¡AFUERA TODO EL MUNDO!, gritó el viejo.

La tropa entera, con un tinte de tristeza –menos Pataclides y  Laura, en ese momento ellos dos no conocían esa palabra–, salió en fila india hacia al frente de la casa. ¿Y ahora para dónde la llevamos?, preguntó alguien. Para la piscina, respondió Fergie. ¡Y a la piscina fueron a dar! ¿Y los vestidos de baño? ¡Qué vestidos de baño ni qué nada! Todos, incluida Laura, acabaron metidos con la ropa que traían puesta.

Pataclides y su enamorada bailaban frente a frente, nariz con nariz, anhelo con anhelo, y en ese momento algo pasó. Pasó que él, debido a la gran cantidad de alcohol que había consumido, soltó a su chica y se dirigió al baño. Caminó hacia la puerta, y antes de cerrarla, Laura se escabulló adentro. ¿Quieren saber qué pasó?

Pasó que Laura, con unos traguitos encima, quiso pisar terrenos que Pataclides aún no había pisado. Y él, presionado por el estereotipo de macho cabrío que circula por la atmosfera colombiana, lo intentó. Pero no, nuestro héroe era lo que era, y entonces, sintiéndose avergonzado por no poderla seguir en su travesía, salió del baño con millones de pensamientos rondando en su mente. ¿Será que se me voltearon las chupas? ¿Será que no está bien que no hubiera querido tener algo con ella? ¿Por qué no puedo ser como el resto de manes que se meten con todo el mundo y ya?

Yo sé que para muchos el final perfecto de esta historia hubiera sido una relación sexual salvaje y vigorosa en el baño de la piscina. Pero no, afortunadamente este hombre no lo sintió así. Este hombre era diferente, y no diferente porque no le gustaran las mujeres, sino porque, como les dije antes, nuestro héroe era un corazón de trigo en el lugar equivocado.

La segunda cita de Pataclides y Laura fue un prostíbulo, y aunque suene bastante chistoso, ¡ASÍ FUE! ¿En un prostíbulo? Sí, mano, en un prostíbulo. ¿Y por qué ahí? Porque no hubo otro lugar abierto en la ciudad, entonces nuestro joven, muy ocurrente él, decidió llevársela para allá. Con todo y eso, Pataclides confió ciegamente en que aquella relación habría de salir adelante, y metiéndole la ficha a lo que no se le debía meter,  se organizó con Laura. ¿Cómo así?, ¿se casaron? ¡NO!, tampoco. Se cuadraron. ¿Y cuánto duraron? ¡Jmmmm!, la verdad no me acuerdo, pero fue poco. De hecho, fue más lo que perdió nuestro príncipe que lo que ganó. ¿Qué ganó? Esta historia, mi hermano, esta historia que deja ver lo que es andar por la vida pretendiendo encontrar oro en fuentes de azufre, y no porque Laura fuera una mala persona, sino porque los dos, perdidos en su mentira, caminaban por la vida creyendo que la carne llenaba el espíritu. ¿Y no? No, hermano mío, solo EL ESPÍRITU LLENA EL ESPÍRITU.

FIN

Muchos buscamos AMOR en el lugar equivocado; muchos, quizás por desconocimiento, decidimos creerle a las voces de nuestra mente y a los comentarios externos, permitiéndoles redefinir una identidad que desde el principio fue hecha PERFECTA. Ninguno de nosotros fue diseñado para mendigar AMOREL AMOR no es eso. EL AMOR es muchísimo más.

El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece;
no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad.

Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. (1 Cor 13: 4-7).

El amor es Dios, y no fue Pataclides quien lo encontró, fue ÉL quien lo hizo, fue ÉL quien lo buscó en los lugares más oscuros de la duda y la incertidumbre, y hoy, a sus 27 años, nuestro pequeño héroe espera confiado a la mujer con la que habrá de construir amores, hijos, experiencias, romances y un reino de luz que cambiará la vida de millones.

Todos podemos conocer el verdadero AMOR, solo abrámosle la puerta. #QuiénFue #Él Fue

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VOLVÍ POR USTEDES

Les voy a contar un cuento. Hace 20 años lo conocí; alto, rubio, ojiclaro, sensible, sincero e intrépido. Desbordante en imaginación a la hora de jugar. Increíblemente rápido en las rectas y no tan ágil en los zigzagueos; ese título me correspondía a mí. Era el hijo de una muchacha del servicio de un barrio que colindaba con el mío. Éramos muy amigos, los mejores. Su historia, hasta donde recuerdo, era la de un niño que vivía en la casa de una señora a la que su madre le servía. Dormía junto a ella en una habitación muy pero muy pequeña, casi toda llena de stickers de jugadores de fútbol. Uno de ellos, por encima de los demás, se robaba el aliento de su madre Raquel. Se trataba de Gabriel Omar Batistuta. Aún la recuerdo suspirando por él, mientras nos regañaba por algo -era su deporte favorito, ¡REGAÑAR!-.

Juan Carlos, el niño del que les hablo, fue muy afortunado, ya que la dueña de la casa, la señora Laritza, una mujer de avanzada edad, le cogió mucho cariño, tratándolo como al nieto que aún no tenía. Le pagaba la pensión en un colegio cerca a la casa, y si no era así y tú, mi querida Raquel, estás leyendo esto con rabia por el no reconocimiento de tu esfuerzo realizado, por favor abstente de regañarme. O doña Laritza o tú,  el caso es que el chino estudiaba. Juan Carlos era un consentido. Tenía muchísimos juguetes. Dinosaurios como pa donar a Jurassic Park, todos los personajes de Dragon Ball Z, MicroMachines, Las Tortugas Ninja, Los ThunderCats y, para rematar, el Play Station1, que en ese entonces estaba recién salido del horno. (Comentario repentino). Antes de que le compraran el Play, íbamos juntos, saltando como guerreros samurai, hasta el barrio Álvarez. Allí, en una sala llena de televisores y consolas, liberábamos sinfín de endorfinas frente a las pantallas. Nos cobraban 500 pesos la media hora y 1.000 la hora de Medalla de Honor, Dino Crisis, Winnin Eleven y otros juegos más. Pocos meses después, mi mamá llegó de Estados Unidos con un Play para mí y mis hermanos, y ahí, obviamente, como buen amigo que era, se lo comencé a alquilar a un mejor precio: 400 la media hora y 800 la hora.

Eran tiempos hermosos. Jugábamos con todo. Nuestra imaginación no tenía límites.  Hacíamos de un palo, una espada legendaria envuelta en llamas. De un pedazo de madera, un escudo irrompible. Volábamos, saltábamos, gritábamos y personificábamos a cuanto héroe o villano se nos ocurría. Siempre quisimos construir una casa en el árbol; pero no, nunca nos dio la ingeniería. Siempre terminábamos haciéndola en el suelo, con palos, cemento y banderas políticas que sobraban de las batallas electorales de mi padre. Quizás esa era la razón por la que la policía siempre nos las acababa tumbando. “Esto parece una invasión”, alegaban algunos adultos de la cuadra que, preocupados por la estética del lugar, apagaban nuestra infantil y avanzada diversión. Y digo avanzada porque ya era una casa con cemento y sonido. Utilizábamos un discman y unos parlantes de computador para musicalizar el inmueble, y bolsas de cemento, que alguno se sacaba de la casa, para envolver las cimientes de la obra.  A una de esas señoras, en venganza por su denuncia policiaca, le mandamos un bandido -como de 6 años-, con macheta en mano, a que le cortara un papayo que tenía en el jardín del frente. Lo que no sabíamos, era que la señora, pobrísima en relaciones humano a humano, tenía como única compañía al inofensivo árbol. Motivo por el cual Emilio, el menor cuya mano empuñó el arma homicida, acabó en un calabozo del barrio -o sea en su cuarto-.

Juan Carlos y yo nos negábamos a crecer. Algunos de la cuadra ya comenzaban a mostrar síntomas de preadolescencia crónica, pero nosotros, sobre todo nosotros dos, nos absteníamos rotundamente al hecho de no seguir imaginando. “¿O sea que ya no vamos a jugar? ¿Entonces qué? ¿Vamos a sentarnos a hablar? ¿Hablar de quién? ¿De esa vieja? ¡Nah! Mucho desparche malo”.

Era una lucha contra el tiempo, contra los Backstreet Boys, Cristina Aguilera y Britney Spears. MTV tomaba ventaja con su programación de nuevo milenio, y las calles, poco a poco, perdían su romántico terreno. Uno puede ver la calle de dos maneras: como una calle normal, por la que pasan automotores y personas, o como una cancha de fútbol/Campo de batalla/ autopista de carritos de Hotwheels/ Imperio Romano, Bárbaro o Mongol/ así sucesivamente, según le dé el cacumen.

El tiempo se nos agotaba, y las maldades adolescentes de los mayores se comenzaban a infiltrar en nuestras filas.

Un día, con exactamente 10 años -lo recuerdo a la perfección porque la película que íbamos a ver era “Pokemon 2000”-, iba caminando junto a mi hermano y mi mamá hacia el cinema de Cabecera, en Bucaramanga. De repente, casi en el límite del barrio, me encontré con mi pandilla. No teníamos nombre ni nada de eso. Tan raro. Pero bueno, me los encontré. “Hola, doña Patricia”, saludaron al unísono. “Hola, mis amores”, les respondió mi madre sin detener su marcha. Mientras continuaba, con mi hermano de la mano, Juan Carlos me hizo un guiñó con el ojo, como a quien le urge contar algo. Giré la cabeza en dirección hacia mi familia y me percaté de que ya me estaban dejando atrás, entonces me les acerqué. “¿Qué pasó “, les pregunté susurrante. “Hay una vaina que le tenemos que mostrar”, dijeron unos. “Mañana me la muestran”, les respondí. “Mi mamá me va a dejar y no me quiero perder Pokemon; me contaron que de pronto matan a Ash”. Diego, otro de la pandilla, frunció el ceño e insistió. “Mano,Tatán, en serio tiene que ver esto. Después se ve Pokemon”. Lo pensé, lo volví a pensar y ¡CHAZ! Le grité a mi mamá: “¡Mamá!, yo me quedo con mis amigos. Vayan ustedes y yo me la veo después”. “¿Seguro, mi amor?”, respondió ella. “Sí señora”. “Bueno, ¡te amo!”. Miró en dirección a mis amigos y sentenció: “¡cuídense mucho!”.

Lo que no sabíamos, ni mamá ni yo, era que lo que me querían mostrar mis amigos, nada de cuidado tenía. Todo lo contrario. Era peligro preadolescente. Peligro del bueno.

Hacía varios meses, bajo la influencia de un par de jóvenes mucho mayores que nosotros, toda la pandilla había incurrido en varios actos delictivos; toda menos yo. Esta serie de acontecimientos comenzaron con un robo menor.

De noche, protegidos por la alta y densa arboleda del sector, los integrantes de mi pandilla se escabulleron por entre las rejas de uno de los parqueaderos de la Universidad Autónoma de Bucaramanga. El objetivo era claro: “Secuestrar y darle materile a un grupo de gaseosas Hipinto que reposaban tranquilamente en una nevera del edificio”. Favorecidos por sus delgadas figuras, alias “Lilo” y alias “Braquiopanto” -el apodo más extraño que jamás haya llevado un ser humano-, sortearon con facilidad las rejas del no tan seguro aparcadero. Desde afuera, el resto les indicaban dónde se suponía que debía estar la nevera. “¡Suban! ¡No! ¡Por ahí no!”. “Shhhhto, mano, cállese la jeta que nos van a coger”, susurraban los jóvenes asaltantes. Vértigo, miedo, frío -el barrio era frío- y luces titilantes de un poste que los ponía en evidencia. Subían, bajaban, de un lado pal otro, ¡hasta que por fin! Aparecieron con varias gaseosas de litro retornables entre brazos. Bueno, retornables es un decir, porque aquellas, las capturadas, de retornables no tenían ni la culpa.

Con ese cuento me habían llegado, como les dije antes, hacía unas semanas. La verdad, me extrañó de Juan Carlos, ya que era muy bondadoso y cero proclive a este tipo de actos. Sin embargo, más allá de sonarme a algo de pícaros y chusma, me pareció divertido y digno de arrepentimiento, y no precisamente de su parte, sino de la mía por no haber participado. En aquel entonces, ADRENALINA era mi palabra favorita, y todo lo que tuviera que ver con ella, tenía que ver conmigo.

“Tatán, lo que pasa es que llevamos varias semanas haciendo algo y se lo queremos mostrar”, me dijeron los sinvergüenzas. Me imaginé de todo, menos lo que me estaba esperando. Arrancamos a correr a toda velocidad, descendiendo por la cuadra principal del barrido Altos del Jardín. En ese entonces, todo lo hacíamos corriendo. La velocidad era un índice importantísimo de poder. De hecho, para poderla medir, hacíamos carreras de relevos y vueltas al barrio, cronometradas con un reloj Casio de los que tenían control de televisor y un perrito que corría sin cesar.

Pasamos el parque como volador sin palo, para luego surcar mi cuadra, la Avenida del Jardín, sin siquiera voltearla a mirar. Continuamos corriendo hasta Bajos del Jardín, y en la cancha, en la cancha nos detuvimos. “¡Cuéntenme qué me van a mostrar!”, les inquirí. “Espere mano, ya va ver”, respondió Diego mientras caminaba hacía unas escaleras llenas de moho. Aquel lugar, por el que nos encontrábamos caminando a paso lento, es maravillosamente espeluznante. Y digo ES porque aún existe. Para mí, que crecí en el sector, nada de sombrío tenía, pero para un extraño, ajeno al mover del barrio, seguro lo sería. En ese lugar los rayos del sol luchan por penetrar las frondosas ramas de los altísimos árboles. El sonido de una quebrada, que ya no es quebrada sino caño, ameniza el oscuro ambiente, y en las noches, cuando nadie los ve, los zorros merodean buscando carroñearse algún fara muerto. En medio de este escenario, yacía una cancha de micro construida, exactamente, debajo de la quebrada. Muchos de los mejores partidos de mi vida me los eché ahí. ¿Y Juan Carlos? No, Juan Carlos no jugaba fútbol. O sea, el man daba pata y se esforzaba al máximo, pero no paraba ni un tiro. Aquellos partidos de barriada no tenían comparación. Lo mejor era ganarlos, y lo peor, era cuando el balón se iba al agua. ¿Ustedes saben lo que es meter las manos en agua llena de orines y desechos de todo tipo? ¿No? Bueno, pues nosotros sí. A esta, o sea al agua, le debo todos y cada uno de los ojos de pescado que me salieron en la niñez.

Bueno, ahí, en esa cancha de micro, habían unas escaleras llenas de moho que se perdían en medio del bosque. Y allí estábamos, caminando hacia el sabrá Mandrake.

Paso a paso, con la pandilla completa, nos dirigimos hacía el secreto de secretos. Luchando por no resbalar en la maleza, descendimos hasta el borde del caño, y sobre este caminamos siguiendo la corriente del agua. Luego de varios minutos, a mano derecha, nos topamos con una pared de ladrillos que lucía como el límite de algún conjunto residencial. “Paren”, gritó Diego. (Importante anotación). Si no se han dado cuenta, Diego era el mandón del combo. Al que la preadolesencia le madrugó, y con ella la rebeldía cívica.

De un solo tramacazo nos detuvimos. “¿Qué pasó?”, pregunté. “Aquí es”, dijo Juan Carlos. Nos hallábamos en el borde de la quebrada; a un paso a la izquierda de caer en ella, y a otro a la derecha de lamer el muro de ladrillos. Entonces me fijé en derredor, analizando el terreno, y ante mis ojos comenzaron a aparecer varias herramientas de trabajo recostadas sobre el muro y un poco de polvo en un sector de él. A este me acerqué, y al hacerlo, me percaté de que había un pequeño hueco. “¿Esto qué es?”, les pregunté. “¿Se quieren meter al edificio?”. Me miraron, culpabilidad en rostro, y respondieron: “Tatán, adentro hay piscina, parque y cancha de tenis”. Los miré sin entender. “¿Por qué habrían de violar la seguridad de un edificio, sabiendo que todos podíamos ir a piscinas o a un parque?”. Pero no, no todos podíamos; por lo menos no a un complejo tan completo y moderno. Esa era nuestra pandilla, esa era nuestra realidad. Había integrantes cuyos padres trabajaban en Ecopetrol y les pagaban todo en los mejores colegios; y había otros, como Edson, que andaban descalzos y sin camisa por todos lados. Yo estaba en la mitad. Mis padres me pagaban todo e igualmente andaba descalzo y sin camisa.

Pues bueno, “metido el dedo, cagada la mano”, decía una tía. “Entonces ¿qué hay que hacer?”, pregunté. “Pues terminar de darle mazo”, respondió Juan Carlos. Listo, manos a la obra. ¡PUM! ¡PUM! ¡PUM!, mazaso tras mazaso, fuimos abriéndonos paso en el conjunto residencial Bocamonte. Todos los días íbamos hasta aquel lugar, escondido en el bosque, a darle forma a nuestro proyecto de vacaciones. Hasta que, teniendo el hueco el tamaño y la profundidad perfectas, nos detuvimos. “¿Por aquí pasan todos, cierto?”, preguntó alguien. “Pues metan a Juan Carlos, que es el más grande; si él cabe, todos caben”.  Ahí comenzó la burra a parir. Que no, que él no entraba, que ni loco se iba de carne de cañón, etc, etc, etc. Entonces, sacudiéndome el polvo de encima, pasé en medio de todos, con dirección hacia el costado derecho del muro. “Tiene que haber otra forma de entrar”, me dije a mis adentros. “Por encima”, señalé. Miré lo alto del muro y concluí dos cosas: “el muro tiene matas de las que chuzan y alambres, seguramente eléctricos”. “¡Heyyyyy!”, grité. “Alguno hágame patagallina, a ver si el cable tiene electricidad”. (Apunte) Patagallina: dícese del apalancamiento de un ser humano sobre las manos de otro. Diego corrió en mi dirección y se puso en posición. “¡Hágale!”. Puse el pie sobre sus manos y me levantó. Luego con las mías alcancé la cumbre del muro y me aferré a él. En ese instante, todos comenzaron a gritar: “¡Cuidado con el cable! ¡Cuidado!”. Mis manos estaban a pocos centímetros del elemento en cuestión y ¡CHAZZZ! Lo toqué, lo toqué y no me pasó nada. “¡Esta joda no tiene electricidad!”, grité. “Bueno, entonces pase pal otro lado”, respondieron. Así lo hice. Salté de lo alto del muro hacia el conjunto residencial. ESTABA ADENTRO. (Apunte) Sé que muchos se deben estar preguntando: “¿para qué carajos estos chinos abren un hueco, y luego arriesgan la vida de uno de sus integrantes en un muro electrificado?”. La respuesta es: ellos no estaban esperando a que yo saltara el muro por los cables. Lo hice para impregnarlos de valentía. O sea, para que desde adentro se gritaran: “si este man fue capaz de saltar esta joda, ¡cómo no voy a ser capaz de arrastrarme por un hueco!”. (Fin del apunte).

Pues funcionó, porque apenas me asomé por el otro costado del hueco, la pandilla completa se tiró al suelo, cuales ratas de alcantarilla, y se pusieron en marcha. Una a una fueron apareciendo las cabezas de nuestros integrantes en el nuevo mundo. “Shhhh, no hagan ruido”, advirtió Diego. “Mano, ¿cómo así que no hagamos ruido? Llevamos 2 semanas dándole mazo a esta pared, ¿y ahora usted nos dice que no hagamos ruido?”. Diego me miró, como quien no quiere discutir, y señaló hacía el frente con su dedo. “Síganme”, concluyó. Él era el único que conocía el conjunto. De él había sido la idea y a él estábamos siguiendo.

Nos encontrábamos en lo más profundo de la zona social del edificio Bocamonte. Desde donde estábamos, se alcanzaba a ver su imponente figura. En este edificio residían importantes personalidades santandereanas como Horacio Serpa Uribe, una amiga de Diego y Care Culo. No mentira, Care Culo no, él vivía en San Alonso. Precisamente en la visita que Diego le hizo a su amiga, mientras jugaban tenis en la muy bien cuidada cancha, a nuestro amiguito se le ocurrió la pilatuna en ejecución.

Una cancha de tenis, allí estábamos.

En nuestro primer viaje al nuevo mundo, nos aferramos a la seguridad de lo que conocíamos, o sea al muro y a la cancha. El que pasara para el otro lado, habría de ser coronado como amo y señor de la pandilla. Un viaje. Dos viajes. Tres viajes. Y En el cuarto, recuerdo a la perfección, tomé el mazo, que aún reposaba en el borde del caño, y ¡PUMMMM! ¡Me salió un negro y peludo alacrán! “¡SUMADRE!”, grité durísimo. “Shhhhto Tatán”, exclamó Diego. “Mano, pero mire ese bicho, me hubiera podido picar”, le respondí con el corazón en la mano. “Déjelo sano y entre mejor”. “Bueno, bueno”. Asentí con la cabeza, solté el mazo y me sumergí en lo profundo del hueco. Al salir, casi toda la pandilla se encontraba de pie en la cancha de tenis, esperando las indicaciones de Diego. Su cabeza fue la última en aparecer, y al hacerlo, nos reunió en un pequeño círculo. “Bueno, hoy va ser diferente”, dijo entre dientes. “Vamos a subir a la piscina y al parque, ¿listo?”. “¡Listo!”, contestamos todos. Tapamos el hueco con un matorral, pusimos nuestros ojos en unas escaleras que se levantaban al oriente de la cancha y nos comenzamos a acercar lentamente. Ese día iba ser diferente. Diferente porque nos arriesgaríamos a ir más allá.

Mientras subíamos, paso a paso, se me dio la orden de que revisara el muro de electricidad por el que había entrado la primera vez. Corrí por la maleza hasta el muro. Allí me percaté de que, por cuestiones genéticas, no iba alcanzar a tocar el cable, así que le chiflé a Juan Carlos. “Fiuuuu, fiuuuu” -esto se supone que es la onomatopeya de un silbido-, “¡Juan Carlos!”, le grité. Mi rubio compañero de aventura se percató del llamado y corrió en mi ayuda. Llegó, puso sus manos en posición de Patagallina y me subió hasta lo alto del muro. Miré el cable, enredado entre vidrios y restos de botellas, y me dije: “A la de Dios”. Estiré la mano y me aferré con todas mis fuerzas a la vida. El viento sopló la arboleda que nos cubría las cabezas y, de nuevo, la suerte estuvo de mi lado. “No tiene corriente, no tiene corriente”, concluí nerviosísimo. “Bueno, entonces bájese “, respondió Juan Carlos. Brinqué, y con el mismo impulso que traía, me dirigí hacía le línea de avanzada del resto.

Al conquistar la piscina, recuerdo muy bien, que algunos nos quitamos los zapatos para meter los pies en ella. La conquista, aunque ilegal, era inofensiva. Máxime algún hongo que Juan Carlos, Lilo o Diego le hubiesen podido pegar al hijo de Serpa. Lo único cierto, era que nos sentíamos como Aquiles y sus secuaces en tierras troyanas. Bueno y, ¿cuál era nuestro caballo? Nuestro caballo era Diego. Si alguna joda salía mal, Diego habría de rescatarnos de lo irrescatable. Caminamos por la piscina y anduvimos por el parque, disfrutando de las bondades del mismo. Miedo, risas, tranquilidad y de nuevo miedo. Nos sentíamos como los niños más astutos y sagaces que el mundo jamás hubiese conocido. Hasta que, como en todo lo que no tiene guía de lo alto, la ambición nos cortó la cabeza.

Algo intranquilizó a Diego, cambiándole por completo el semblante. Algo se traía entre manos. ¿Qué? No lo sabía, pero habría que averiguarlo. “Ole, ¿todo bien?”, le pregunté. “Sí, sí…”, respondió. Me quedé mirándolo de reojo, luego hubo un silencio de varios minutos y ¡TRAZZ!, lo soltó. “Lo que pasa es que en este edificio vive una amiga…”, dijo. Y continuó: “…Y una vez, nos llevó a varios del salón a ver toda la ciudad desde la placa del edificio”. “Cómo se ve?”, le pregunté sorprendido, con los ojos abiertos como lunas llenas. “Tatán, se ve increíble… Yo quiero volverla a ver, pero…”. “¿Pero qué?”, pregunté. “…Pero, pero es muy difícil, porque tendríamos que entrar al edificio”. Lentamente, aparté mis ojos de los suyos y los puse sobre nuestro nuevo objetivo. Así mismo lo hizo lo él. “¿Se ve increíble?”, pregunté. “Sí, Tatán, se ve increíble”.

“¡Vengan todos!”, gritó Diego. De inmediato, cada uno de los integrantes dejó lo que hacía y se agrupó en el pequeño círculo en el que nos encontrábamos. ¿Y Juan Carlos? Él también. “Hay un cambio de planes”, comenzó diciendo. Una ráfaga de viento pasó, todos nos miramos a los ojos y luego se los devolvimos. “Vamos a entrar al edificio”, sentenció. “No, espere, esto no estaba dentro del plan”, dijo Lilo con voz temblorosa. “Donde nos cojan, mi mamá me mata”. Entonces Diego, impacientándose con el comentario, lo aplacó con un: “Mire, Lilo, cállese la jeta y deje de ser tan niña. Ya le abrimos un roto a esta joda; hicimos lo más, ahora hagamos lo menos”. “Ok, listo”, concluyó Lilo con un hilo de voz.

“El plan es el siguiente: vamos a entrar al edificio por el parqueadero número uno. Vamos a pedir el ascensor, nos montamos y subimos hasta la placa. Vemos la panorámica de la ciudad desde arriba y nos devolvemos. ¿Ok? Por hoy es más que suficiente”. A una todos respondimos que sí y nos paramos. “Hágale, Diego, lo seguimos”. El delgado guía, intrépido y temperamental, se abrió paso entre los laberintos florales del conjunto, señalándonos cuidadosamente la ruta hacia el parqueadero número 1. En pocos minutos estábamos allí. Mucho silencio. Atmósfera fría y tenebrosa, como la de un parqueadero. Juan Carlos estiró la mano y oprimió el botón del ascensor. Piso a piso fue descendiendo el elevador, hasta que se abrió, se abrió el jijuemadre. Nos metimos dentro y un par de risillas nerviosas se escaparon. “Madre mía”, diría un español; “en la que se están metiendo estos chavales”. “¿Y ahora qué?”, le pregunté a Diego. No había terminado mi pregunta, cuando él ya estaba oprimiendo el botón del Penthouse. El artefacto metálico comenzó a subir y nuestra ilusión de lo imposible comenzó a acrecentarse tanto, tanto tanto, que creímos lo imposible, posible. Un piso; dos pisos; tres pisos; cuatro pisos; cinco pisos; seis pisos y ¡NOOOO! No podía ser posible. Sonó el citófono del ascensor. “Muchachos, disculpen, ¿ustedes por dónde entraron? ¿Para dónde se dirigen?”. Aquella voz petrificó la escena de tal manera, que solo faltó un infarto en ella. Todos, absolutamente todos, quedamos pálidos, fríos, blancos, mudos, semimuertos, embalados. Diego nos miró, sabiéndose observado por la cámara del ascensor, y sentenció sin moverse, cual ventrílocuo: “Señor, vamos para donde Natalia, del piso 6”. El celador, confundido por la veracidad de la información -o sea, que Natalia efectivamente vivía allí-, nos ordenó bajar hasta la portería. “Vengan y yo los anuncio”. Entonces Diego, concluyendo con su espontánea y defensiva conversación, espichó el botón del parqueadero diciendo: “Apenas lleguemos al parqueadero, ¡corran! ¡Corran hacia el hueco! Si el celador aparece, escóndanse hasta que se vaya. ¿Listo?”. “¡Listo!”, dijimos todos.

¿Si les digo que mientras descendíamos hacia lo inevitable, el tiempo se volvió densamente palpable, me lo creerían? O, mejor dicho, ¿si les digo que el que aflojara tantico el recto, se iba en bolsa, me lo creerían?

Uno, dos y ¡tres! ¡A correr! Rápidamente, en un disparo de natación, la pandilla abandonó el elevador. Sí había algo en lo que destacáramos, era en la velocidad. Sin embargo, antes de que alguno hubiese alcanzado la salida del estacionamiento, se escuchó la voz del celador. “¡¡¡¡¡Quieeeeeeetos!!!!!”. Aquella voz retumbó en nuestros oídos, o por lo menos en los míos, como el preludio de la masacre que se aproximaba. Como perro de taller, me metí debajo de una camioneta. El pecho en el suelo. La respiración agitada. El sudor en la frente y la adrenalina en el corazón. Miré hacia mi derecha y me encontré a Diego, debajo de otra camioneta, poniéndose el dedo en la boca en señal de: “Ni se le ocurra hacer medio ruido”. (Apunte repentino) Son en aquellos instantes en los que me compadezco de las actrices de película de terror que tanto criticamos. Uno les menta la abuela porque no son capaces de callarse la jeta en los momentos clave. Pero mis hermanos, métanse debajo de una camioneta con un Freddy o un Jason persiguiéndolos, a ver si su respiración no suena como motor de camión lechero. (Fin del apunte).

“¡Salen todos ya!”, gritó. “¡O los saco!”, y ¡PUMM!, golpeó una pared metálica con su bolillo. Me apresuré a mirar hacia todos lados, buscando señales del resto; pero nada, solo Diego y yo. Él era de aquellas personas que sostenían la mentira hasta donde le diera el agua, por ende, esperaba lo mismo de nosotros. No obstante, y para su mala fortuna, Juan Carlos salió con las manos en alto. “Ya, ya, no nos haga nada”.

El hombre tomó a Juan Carlos del brazo y, de nuevo, se dirigió a nosotros. “¡Salgan ya o los saco!”. En esos momentos mi conciencia comenzó a jugarme una mala pasada. “Es Juan Carlos, su mejor amigo. ¿Cómo lo va dejar morir? Sebastián, ¡Salga! Sebastián, ¡salga!”. “Ay, Dios mío, bueno, bueno, ya salgo”. No soporté la presión de mi bondadosa conciencia y rodé, rodé hacia un costado. Me puse en pie y comencé a caminar hacia el vigilante. Apenas me puso su mirada encima, no me la quitó ni para parpadear. “Muy bonito, ¿no?”, exclamó mientras sus ojos, fúricos e impacientes, revelaban las intenciones de su corazón. Yo creo que el tipo estaba pensando: “Si pudiera, aquí mismo los cojo a pata a todos. Pero no Elkin, ni se le ocurra, eso es ilegal. ¿Y si los electrocuto en la oficina de abajo? Ushhh Elkin, cállese la jeta, mano, ¡usted en qué está pensando! Ya no más Pandillas Guerra y Paz”. Bueno, yo no sé si el tipo pensó eso o no, lo que sí sé, es que, poco a poco, la pandilla se fue poniendo al descubierto.

Una a una, las cabezas fueron apareciendo entre los automóviles, hasta que, completada la manada, la ley nos llevó hacía la desconocida consecuencia. ¿Qué habría de pasar con nosotros? No lo sabíamos. ¿Dos cadenas perpetuas? Tal vez. ¿Dos años de prisión y trabajos forzosos? De pronto. ¿Una multa y la reconstrucción del muro? Esto tiene más sentido. A la verdad, camine y no joda.

El celador nos llevó en fila india hasta la portería del conjunto residencial. Nos sentamos en una roca que sobresalía en frente y esperamos. “Ni se les ocurra mover un dedo, chinos, a ustedes se les va ir hondo”, nos dijo. El vigilante lucía anormalmente ofendido. Creo que el hecho de que 7 niños -de 8 a 11 años- se le hubiesen metido al rancho, sin haberse percatado, podía costarle el puesto. De ahí su preocupación. “Voy a llamar a la administradora, ella dirá qué hacer con ustedes”. Recuerdo que varios de la pandilla estaban tranquilos. Diego, por ejemplo, parecía no tener ningún problema. En estos momentos de mi vida entiendo por qué. Años antes, su padre había muerto en un accidente de tránsito. Si mal no recuerdo, fue en un bus. Este se movilizaba sin problema alguno por la carretera, y no sé si fue un frenazo repentino o un choque contra un objeto contundente, la única verdad es que el papá de mi amigo no estaba en su asiento, sino en el pasillo, caminando hacia lo eterno. El impacto lo mandó hacia el fondo del autobús y hasta ahí llegó su historia. Sin padre, pero con una madre muy trabajadora y unos hermanos muy amorosos, Diego se formó como alguien independiente y resiliente. Por eso, además de que seguramente nada le iban a decir, si lo hacían, por peores ya había pasado.

Muy lejana a esta historia, era la mía. Mi situación era trágica, tétrica, cavernícola, jodidúntica, embalística, mejor dicho, era tan delicada, que los dos últimos adjetivos que escribí para calificarla, me los inventé. Estuve a punto de decirle al celador que me adoptara, que todo bien, que yo le barría y le trapeaba la casa, pero que por favor no me denunciara con mi papá. En mi casa las cosas eran duras. Mi papá era un hombre amorosamente extraño. Podía pasar de osito cariñosito a Charles Manson en segundos.

Resignado, preparando psicológicamente mi trasero para la tanda que se venía, pasé saliva y miré a Juan Carlos. A él, al igual que a mí, se le venía una palera de las de antaño. Raquel, su madre, era otra fiera de tierra naranja. Como les había contado antes, Raquel no hablaba, ¡GRITABA!

Nacida cerca a la vereda Galapagos, Santander, Raquel creció en una finca sin baño, con marcos en vez de puertas y machetas y gallinas pal almuerzo. Tenía ojos claros, pelo castaño, tez blanca, un poco manchada por los años de exposición solar, y una voz muy pero muy particular. Una mujer de echar pata, de caballo a pelo y de armas tomar. No sé exactamente con quién concibió a Juan Carlos. Lo único que sé, es que lo amaba con amor eterno, y que era él su única y más fiel compañía.

Así las cosas, el celador hablaba por teléfono desde su cabina de mando. Cuando terminó de hacerlo, salió y nos dijo: “Ya viene la administradora”. Aquella frase se sintió como la peor de las sentencias a muerte. No obstante, y como si fuese Dios quien estuviese escribiendo esta historia, todo dio un repentino giro.

Un automóvil apareció al exterior del conjunto, pitando afanosamente. En aquel instante, el portero hacía de pulpo humano, teniendo en una extremidad un teléfono y en la otra el citófono. De inmediato, Diego notó la oportunidad, la única oportunidad que había de escapar. Sin hacerse notar, nos susurró: “Oigan, oigan”. De inmediato todos lo miramos. “El celador está distraído. Apenas abra la puerta para dejar entrar el carro, ¡corremos!, ¿listo?”. Asentimos con la cabeza, como quien no quiere la cosa, y nos preparamos. Pero esperen, debo confesarles algo. ¿Lo hago de una vez? No, mejor no. Ahorita lo sabrán. El celador, enredado en su quehacer, abrió la puerta del parqueadero y desató, sin esperarlo, una de las carreras más rápidas que jamás haya presenciado. ¡FUUUUUUUUMMMMM!, volaron como el viento. Y digo volaron, porque yo no lo hice. Eso era lo que les quería confesar. En mi casa siempre me enseñaron a respetar a los adultos. A decirles Señor, Señora, Doña, Don, etc, etc. A saludarlos de la mano. A no contestarles ni alzarles la voz. Al son de duras cachetadas y rápidos correazos, lo aprendí; entonces ahí me quedé. Como que sí, como que no. Fueron segundos de muchísima incertidumbre. Lo vi todo en cámara lenta. ¿Lo conseguirán? ¿No lo conseguirán? ¿Qué será del portero? En fin.

Ellos corrieron, pero el vigilante, o sea la cara del vigilante, no tenía igual. Es una de las imágenes más impactantes y graciosas que aún guardo en mi memoria. El susodicho, al percatarse de lo que acontecía, intentó cerrar la puerta del estacionamiento. Sin embargo, debido a que el automóvil aún se encontraba entrando, le fue completamente imposible. Lanzó el teléfono y el citófono y corrió hacia la puerta por la que mi pandilla acaba de escapar. Desde lo alto de la roca en la que me encontraba, lo vi tomándose la cabeza. Estaba preocupado, asustado. Miró al piso, como si se le hubiese alumbrado la bombona, luego me miró y comenzó a caminar hacia mi posición. “Dígame para dónde se fueron sus amigos”, me gritó. “Señor, se lo juro que no sé”, le respondí. Se volteó, se tomó del pelo y comentó hacia el cielo: “No puede ser, cómo se me van a escapar estos chinitos”. En esos momentos, mi estado se transformó en un popurrí de sentimientos. Era una mezcla extraña entre pánico por la golpiza que se me venía patas arriba, y compasión, por el dolor que le estábamos causando al señor. De un solo zarpazo, este me tomó del brazo y me embutió en su portería. “Se queda aquí hasta que llegue la administradora, ¿me oyó?”.”Sí, señor”, le contesté.

Minutos más tarde, una señora rubia, de vestido ejecutivo, abrió la puerta de la portería y me miró. Abrió los ojos, sorprendida, y me mandó a parar. “Sígame”, me ordenó. Por entre los jardines que antes habíamos surcado con Diego como guía, caminamos con la administradora y el portero. Me sentía como un convicto. Como un secuestrado. Como un individuo que no tenía por qué estar allí. Es chistoso, ¿saben? ¿En qué momento pasamos de ser victimarios a víctimas? ¡Fácil! En el momento en el que nos atrapan. En completo silencio los seguí. Llevaba el rabo entre las patas; como un niño de 9 años que había sido sorprendido en una maldad. Bajamos por unas escaleras adornadas de flores y, a mano derecha, apareció una puerta; era la oficina de la administradora. Sacó unas llaves, las metió en la chapa y ¡TRAZ!, la abrió. “Siga”, me dijo. Ingresé al lugar y al instante me ordenaron sentarme. La señora administradora, cuyo nombre no recuerdo –tendría huevo si sí–, era un tanto seria, un tanto amable, un tanto rara. No se le podía leer entre líneas. Sin embargo, se le notaba serena, sin intención alguna de hacerme daño. Solo quería solucionar el problema en el que estábamos.

No le quité los ojos de encima, contemplando en mi interior cualquier cantidad de posibles castigos. Cuando, sin mediar palabra, ordenó: “Por favor deme el número de su casa, necesito llamar a sus papás”. Estuve a punto de decirle a la señora que por favor no, que por favor no lo hiciera, que hiciera todo, todo lo que quisiera conmigo, menos llamar a mi papá. Pero no, era una orden de un adulto, entonces al instante la cumplí. “6570000”, dije en voz baja. Sentí el oprimir de todas las teclas como si fuesen agujas en mi piel, y le imploré al Cielo que me socorriera. De repente, la señora habló. “Aló, ¿con quién hablo?”. “Dios”, pensé. “¿Quién le habrá contestado?”. ¡Adivinen! Era mi hermano Víctor, un año mayor que yo. “Niño, ¿me podría pasar a su papá? ¿No está? Mmmm…”. Sentí ese “¿No está?” como el aliento de vida más poderoso que jamás hubiese recibido, para luego perderlo, desgracia mía, con la siguiente oración de la administradora.”Dígale a su papá que su hermano está capturado. Que si lo quiere buscar, está en el edificio Bocamonte”. ¿Pueden creer eso, queridos lectores?. ¿Pueden creer que esta señora le dijo a mi hermano, de solo 10 años, que me tenían capturado? Lo chistoso de esto es que, un hermano normal hubiera salido corriendo, ahogado en lágrimas, a buscar a sus padres. Pero el mío colgó el teléfono y siguió viendo “Siguiendo el Rastro”.

“Bueno, cuéntenos por dónde entró”, me preguntaron. “Señora, si le digo, no me va a creer”. Asintió con la cabeza y me aconsejó: “tranquilo, dígame que yo le creo”. “Por qué mejor no me dejan mostrarles”, les sugerí. “Perfecto”, concluyó. Se levantó de su escritorio, le hizo una seña al portero, que aún continuaba allí, paradito y tiesesito, y salió de la guarida. Al instante la seguí, tomando luego la delantera para guiarlos hasta el muro electrificado. Pasamos los vastos matorrales, hasta alcanzar la muralla, y luego se las señalé. “Por aquí entré la primera vez”. Los dos, el portero y la administradora, me miraron con cara de sorpresa. “¿Usted entró por ahí?”. Les respondí que sí, que por ahí me había saltado. El rostro de la señora cambió por completo; en un instante, pasó de serenidad a mucha preocupación. “Niño, ¿usted es consciente de que ese cable tenía la suficiente potencia para matarlo?”. La miré, un poco confundido, y respondí: “Ese cable no tiene electricidad”. “¡Cómo que no!”, dijo el celador. “Solo en dos momentos del día se la quitamos”. Los miré atónito.  “¿A qué hora entró usted?”, me preguntaron. Cuando les respondí, dio la extrañísima casualidad de que en las dos ocasiones en las que lo hice, la electricidad estaba apagada. “Se salvó, mijito”.

Las dos autoridades, sorprendidas por nuestra imprudencia, y digo nuestra porque no entré solo, continuaron con el cuestionario. “Bueno, pero espere, usted nos dijo que solo entró dos veces por aquí; ¿después por dónde lo hizo?”. “Por aquí”, les respondí mientras buscaba un camino por cual descender. Comenzamos a caminar en dirección a la cancha de tenis, cuando de pronto, desde arriba, una fruta cayó con violencia, seguida de un grito. “¡¡¡Tatáááááááán, escápeseeeee!!!”. Giré mi cabeza hacia lo alto del conjunto y, desde arriba, en la fachada del edificio, se veía la pandilla completa. “¡Corra! ¡Escápese!”, gritaban todos sin cesar. Tuve ganas de hacerlo pero, ¿a dónde iría? No, no lo hice. La administradora y el vigilante me estaban mirando muy de cerca, esperando a que les mostrara nuestro secreto. Caminé unos pasos hacia el muro, tomé el matorral que habíamos dejado para cubrir el hueco, y lo puse al descubierto. “¡No puede ser!”, exclamó la administradora. “¿Ustedes abrieron este hueco?”. “Sí, señora”. “¿Con qué?”. “Con un mazo”. “¿Y dónde está?”. Mientras me acurrucaba,  le comuniqué que se encontraba al otro lado del hueco, hacia la quebrada. “¿Quiere que se lo traiga?”, le pregunté. De inmediato el vigilante la miró, como diciéndole: “Señora, no lo haga; si lo deja salir, se nos escapa”. “Tranquilos”, susurré; “no me voy a escapar”. La rubia trabajadora del edificio me autorizó con la mirada e, ipso facto, fui y volví con el mazo en la mano. Se lo entregué al señor y me puse en pie. Mis amigos continuaban gritando desde arriba, sugiriéndome que escapara. Pero no, ya no tenía ni media intención de hacerlo. Hasta me había acostumbrado a la compañía de mis captores.

Caminé junto a ellos hasta la oficina de la administración, entramos, me senté y me relajé. Sinceramente, hablándoles de cómo me sentía, solo me faltó pedir un tinto. “Entremos en materia, niño. No, espere, niño no. ¿Cómo es que se llama?”, me preguntó la administradora, como si de repente se hubiese interesado en quien era. “Sebastián”, le respondí. “Pero todos me dicen Tatán”. “Bueno Tatán, vamos a intentar de nuevo con su papá, ¿listo?”. “¿Cómo es que es el telé…” ¡PUMMM! De un solo trancazo se abrió la puerta de la oficina, y esperándome todo menos eso, mis ojos presenciaron a otro de los vigilantes del conjunto con toda la pandilla a sus pies. “Nos devolvimos por usted”, dijo Juan Carlos con la cabeza agachada.

Queridos lectores, si un recuerdo ha de ponerme los pelos de punta, es este. Los amigos, nunca nos olvidemos de los amigos. Uno a uno fueron entrando a la oficina, y una a una fueron contactadas las casas. Todos estábamos asustados y tristes por la golpiza que se nos venía encima, pero había algo muy lindo que hoy veo más que antes; la unidad con la que caminábamos no tenía comparación.

Como era de esperarse, a Diego no le dijeron nada. De hecho, ni siquiera fue su madre quien lo recogió, sino su hermana mayor, Diana.

A Lilo le dieron en la jeta, tanto su madre como su padre, y lo castigaron por dos semanas. Nada de calle, nada de amigos, nada de pandilla.

A Juan Carlos lo encendieron a arepazos, como en un viacrucis, desde el conjunto residencial, hasta su casa. Ha sido el viacrucis más escandaloso que la Ciudad  Bonita, o sea Bucaramanga, haya visto jamás.

A mí, a mí no me dieron como pensé que lo harían. De hecho, no recuerdo si fue mi papá quien me recogió, o si al fin me acabé yendo con Raquel y Juan Carlos y es por eso que recuerdo tan bien la gritería del recorrido.

Esta es una de tantas aventuras de un niño de barrio, que con 27 años, sigue siendo el mismo. Si hoy me cogieran, tampoco correría. Porque si lo hubiese hecho, no tendría guardada en mi mente la imagen de mis hermanos diciendo: “VOLVIMOS POR USTED”.

Gracias por tanto.

Prometo volver a ustedes.

Pdta: Esta entrada se la dedico a mi amigo, a mi gran amigo que volvió por mí cuando nadie más lo podía hacer. ¿Quién fue? Él fue. 

Conversaciones nocturnas

Mi amor, tú y yo ya somos novios, ¿o es que estar un semestre juntos no te parece suficiente?  Enrique, yo creo que deberías tomarte las cosas con más calma. Ahorita tú estás en tu ciudad y yo en la mía, además ya casi vamos a tener tiempo para estar juntos y hablar las cosas de frente. Más bien dime qué haces, que se escucha música atrás. Negrita, estoy afuera de una fiesta de electrónica. No te alcanzas a imaginar el lugar. En este momento estoy en el parqueadero del sitio, sentado en una piedra hablando contigo. Me voy a poner romántico. Imagínate una casa muy grande, cuya terraza sobresale por el borde de una oscura montaña. Ya, me la estoy imaginando. Ay, negrita, de verdad imagínatela. ¡Nojoda!, Enrique, que sí me la estoy imaginando, ¡sigue!, ¡sigue! Ok, es que te escuchaba distraída. Bueno, la casa es increíble, desde la terraza ves cómo cae la montaña debajo de tus pies, y si te asomas y miras para abajo, ves un hueco negro de frondosa vegetación que te hace imaginar cualquier cantidad de locuras. Si levantas un poco la mirada, te encuentras con la ciudad bonita; coqueta ella, mirándote fijamente y haciéndote un guiño, un guiño alcahueta, porque la vergaja sabe que te estás portando mal. ¡Cómo así!, ¿te estás portando mal? Un poquito, pero nada grave. ¡Explícate, Enrique, cómo es eso de un poquito mal! Mi amor, sí, ahorita fumé un poquito de marihuana con mis amigos, pero nada más. Ah, ya, pensé que te habías metido con alguien más. No, nada de eso, tú sabes que mis labios, mi pecho, mi nariz y mi penumbra son solo tuyas. Bueno, eso me gusta. Ajá, sigue pues. Bueno, el aire que respiras es de otro mundo, del mundo de lo verde. Hace un poco de frío, un frío agradable. Apenas para bailar lo que están poniendo…

… Al otro lado del teléfono Enrique escuchó un bostezo.

Negrita, acuéstate a dormir, ya van a ser las cuatro y no quiero que te sigan saliendo ojeras por mi culpa. Bueno, gordito, hasta mañana, no te portes tan mal. Nada de eso, te lo prometo. Te quiero. Yo también…

…Y se escucharon dos besos de lado y lado.

A las cinco y treinta minutos de la mañana de aquel día, Enrique murió por sobredosis de cocaína.

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Sebastián Ospina López.

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Crónica de una cagada

Le advierto que este escrito es sobre ser humano. Si ser muy humano, con todo lo que esto implica, lo hiere, entonces deténgase aquí mismo.

Esta tarde, mientras corregía algunos textos en un café de la universidad, un retorcijón estomacal me obligó a detener la marcha. En aquel instante me encontraba sentado en uno de los tronos del café: el privilegiado puesto junto al enchufe de energía. No quería perder el asiento, sin embargo, las ganas de hacer del cuerpo lograron someterme. Antes de pararme de la mesa le dije a unos jóvenes que estaban a mi lado que por favor me cuidaran la maleta y el computador. No hubo lío, aceptaron sin titubeos; de hecho las niñas se mostraron muy risueñas. Les agradecí, tomé a Los Detectives Salvajes, un libro de Roberto Bolaño, y me dirigí corriendo al baño.

No tengo problema alguno con reposar mis nalgas en cualquier inodoro. Honestamente, he evacuado en árboles, ríos, bosques, estadios, cajeros, discotecas, restaurantes, clínicas, hospitales, aviones, buses y desiertos… entonces, sinceramente, no le veo nada de malo a hacerlo en la universidad.

Generalmente soy yo quien se mete al baño sin importarle que los demás escuchen mi ataque gaseoso. Al fin y al cabo es natural en el hombre mear y cagar. No obstante, a todos nos avergüenza un poco que nos escuchen en esas. Es por eso que siempre que entro al baño –casi siempre a uno alejado de las multitudes– con el estómago gruñendo como un Bulldog, me pongo los audífonos, le subo al volumen y me hago el pendejo mientras el solo de trompeta suena. Hoy fue distinto. Hoy no tenía audífonos y solo llevaba un libro como distracción.

Me acerqué al baño y éste tenía un letrero de mantenimiento en su entrada. “En 15 minutos se desocupa”, decía el mensaje amarillo. Lo siento, letrero, pero tiene más reversa un río que esta cagada. Me asomé y de inmediato me topé con una aseadora. “Siga, no se preocupe”, me dijo. Le sonreí y entré a buen paso. Estaba afanado. Me bajé los pantalones, abrí el libro en la página en la que iba y retomé la lectura. Casi al instante la casilla de al lado se abrió. ¡No me joda!, ahora me tocó aguantarme la cagada de otro, pensé. La mía estaba muy tranquila. En esta ocasión le puse el silenciador al fusil. ¡Pero Jesús!, ¡Virgen Santísima!, la del señor de al lado parecía un audio de Al Capone con una ametralladora Thompson, disparando indiscriminada y sonoramente contra el espacio, ¡el espacio que yo compartía a pocos centímetros suyos!

Alcancé a verle los zapatos al hombre –juzgando por el estado de los mismos estoy seguro de que era un joven descomplicado– por la ranura inferior de mi casilla, me lo imaginé riéndose, disfrutando de su arremetida contra mis oídos… el muy cabrón. Pero no había modo de contraatacar, estaba cagando como una cabra, como un conejo. Usted sabe de qué hablo. Intenté concentrarme en el libro, pero fue imposible. A mis adentros me decía: Tatán, siga leyendo, no sea bobo, pille, tan chévere esta parte –señalando un fragmento de la página–, es una cagada, nomás eso, igual que la que usted se está metiendo. Pero no, no eran iguales. La mía se estaba comportando con delicadeza y la de él no. La suya era una cagada desjuiciada, retrechera, bullosa, terrible… Mientras que la mía, precisamente en esta tarde, parecía la de un diminuto hervíboro. Y es que, y esto lo saben todos y todas – hago la aclaración porque las mujeres siempre se hacen las locas cuando de estos temas se trata, es como si evacuaran con un filtro de cafetera–, las cagadas propias no huelen mal, mientras que las ajenas ¡HIEDEN! Hoy, de mi trasero, salieron dorados perfumes de Dolce&Gabbana. Podría ser la ida al baño más elegante que haya tenido en años. Pero la de señor, déjeme decirle, parecía el parto de un fara. Nunca he estado en uno, sí en un aborto, suficientemente repugnante, créanme.

Cuando de cagadas se trata, es difícil pedir discreción. No obstante, hasta en eso debemos ser cautos. Todas, o la gran mayoría de personas, hemos tenido que hacer nuestras necesidades en lugares públicos: aquel incómodo momento en el que entramos a un baño público pidiendo pista, añorando paz, tranquilidad y mucho silencio. Se sienta uno en el inodoro. Suena la música del centro comercial, que parece dirigida, únicamente, a los evacuadores. De repente empiezan a aparecer pies caminando por doquier. Se pasean de aquí a allá. Uno los ve por la ranura de la casilla. Suena el secador de manos; suenan las llaves de los lavamanos; suenan los orinales descargando; en fin, del añorado silencio poco o nada. ¡Urge cagar, coño, urge mandar todo al garete y soltar la bomba sin contemplaciones! Pero bueno, uno espera pacientemente a que se larguen del baño. Y si no lo hacen, se suelta la bomba suavemente, sin brusquedades. Es que es molesto, a nadie le gusta escuchar u oler cagadas ajenas, por más natural que sea.

Y bien, volviendo a la universidad, terminé lo más pronto que pude, salí del casillero como secuestrado recién liberado y me retiré del baño reflexionando en que, hasta cagando, se debe ser educado.

@tatanfue

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Foto por: @Josealvh

Historias de fútbol. Volumen 2.

Antes de continuar debo confesarles que la escritura de este texto se ha trasladado por más lugares de lo habitual. Pasó de mi casa al Club Campestre de Bucaramanga. Y ahora me place informarles que en este momento estoy en Barrancabermeja, ciudad petrolera, ribereña y calurosa como el mismísimo infierno. Voy montado en una lancha que va a toda velocidad, surcando de lado a lado una ciénaga del municipio. Me encuentro sentado junto al señor que maneja, con el computador en las piernas, sintiendo el viento y observando, con los dedos en las teclas, el hermoso paisaje que me rodea. Lo único malo de todo esto es que el morenito me prohibió fumar en la lancha, norma que sin lugar a dudas debo cumplir, ya que he soñado en decenas de ocasiones cómo muero incinerado en una explosión.

Amigos, iba a continuar con la historia que les debo, pero la ciénaga que tengo al frente ha hecho brotar de mi cueva cerebral otra historia futbolística digna de ser contada.

No todo en el fútbol es alegría. Un día, luego de entrenar en Pan de Azúcar –una colina bumanguesa–, mi hermano y yo nos dispusimos a bajar de la montaña hacia nuestra casa. A Víctor le acababan de regalar un reloj Casio, de esos que tienen control del televisor y un perrito que corre cuando se inicia el cronómetro. Cuando comenzábamos la bajada, tres tipos venían subiendo. Niño, regáleme la hora, dijo uno de ellos –como si la hora se pudiera regalar–. Yo no tenía reloj, por lo que levanté mis manos en señal de: mire, manito, no tengo reloj.
Automáticamente mi hermano sacó la mano del bolsillo, miró su reloj y les dio la hora. Eso, chino, muchas gracias, exclamó uno de ellos. Acto seguido desviaron su trayecto y descendieron por el camino que recién habían ascendido. Aquel movimiento me hizo sospechar de sus intenciones.

_ Víctor, esos tipos nos van a robar, se lo juro.
_ Ay, Tatán, no sea bobo, ellos ya bajaron.

Nos quedamos durante unos minutos observando, como halcones en campo traviesa, el camino que los tres señores habían tomado. Yo, la verdad, no logré verlos jamás. Los tipos se esfumaron.

_ Mire, cabezón, los manes ya no están.
_ Bueno, bajemos, le dije al testarudo de mi hermano.

Luego de varios minutos caminando, pasábamos por una recta arropada por bambúes. ¡Tatán!, gritó Víctor Manuel. Me volteé y los tipos tenían a mi hermano del cuello. En ese momento sólo pensé en correr, y así mismo lo hice. Corrí como ladrón del centro y luego de varios metros paré en seco. ¡Mierda!, tienen a mi hermano, no le puedo hacer la de Caín, pensé muerto del susto. Atravesé a toda velocidad los claros hasta llegar al bosque de bambúes en el que los tipos tenían a mi carnal.

¡Suéltenlo!, ¡llévenme a mí!, les grité. Miento, no dije nada de eso, lo recordé de una película. Igual, si me hubieran llevado, no tenían nada que quitarme, y yo en especie no pago. En fin, llegué al sitio y en ese preciso instante, en un gesto de terrorífica gentileza, uno de los caballeros le pidió a mi hermano su reloj, mientras levantaba su camiseta y nos enseñaba un cuchillo digno de un guerrero nipón. ¡Qué detalle!, ¡qué gentileza! Víctor lo observó a los ojos, miró su muñeca izquierda y, como un niño que se despide de su madre en su primer día de colegio, le dijo hasta nunca al cronómetro canino.

Después de que los ladrones huyeran me senté junto a mi hermano en el andén de la carretera. Traté de aguantar el llanto, pero no fue posible, como cuando uno, de niño, intentaba no llorar y siempre resultaba ahogado en un mar de lágrimas. Víctor, siendo mayor que yo, me abrazó y me dijo que nada había pasado, que no me preocupara. Mano, pero, ¿y el reloj?, le pregunté desconcertado.  Negó con la cabeza y me dijo que dejara de joder, que mejor nos fuéramos a la casa. Yo no quería mover mis nalgas del andén, estaba impactado, asustado. Es que qué cruel puede ser la gente, cómo roban a dos niños de ocho y nueve años. En fin, a pie no íbamos a bajar a la casa, ni locos que estuviéramos, así viviéramos a dos pasos.  Entonces, de repente, avisté una camioneta Jeep, descapotada, roja y con dos jóvenes en su interior. Salté de la acera y me les atravesé. Señoritas, nos acaban de robar, ¿será que nos pueden acercar a nuestra casa?, vivimos acá cerca. Las dos jóvenes asintieron con la cabeza. Claro, suban. En ese momento Víctor me reprochó el atrevimiento con su mirada, como diciendo ¿será que estas también nos roban? Pero no, ellas no tenían pinta de ladronas. Yo montaba en taxi y en bus, mientras que ellas andaban en una camioneta digna de Miami Vice. Nada de nervios.

Nos dejaron en Toscana, un restaurante esquinero que colinda con nuestra casa. Desde allí caminamos unos cuantos pasos. Antes de entrar Víctor me dijo que no fuera a contar nada, seguramente porque mi papá lo regañaba –así era nuestro viejo–. Pero fue imposible. Apenas vi a mis viejos solté todo lo que tenía. Abrecé a mi mamá y le conté que unos ladrones nos habían robado, que nos habían mostrado un cuchillo, que yo quería mucho a mi hermano, que él me quería a mí, que unas niñas nos bajaron en una camioneta, que qué camioneta tan bonita… en fin, le conté, entre mocos, saliva y llanto, todo lo que había sucedido. El rostro de mi padre cambió de aspecto inmediatamente, lucía como un poseso. Patricia, coja las llaves del carro, nos vamos ya, le dijo a mi madre. Yo a esos hijueputas los vi, yo sabía, yo sabía que eran ladrones. Nos quitó la mirada de encima y subió hasta la biblioteca, tomó dos espadas que lucían entrecruzadas en lo alto del lugar y se montó, con ellas, en el carro. Ah, bueno, y con mi mamá. Se perdieron en el horizonte. Horas más tarde regresaron mucho más serenos. No los encontré, dijo mi padre, pero ay donde me los vuelva a topar.

Pues bueno, ni reloj ni asesinato. Solo un recuerdo.

Pdta: seguimos entrenando todos los fines de semana. Nunca más volví a ver a los tres ladrones. Y si los hubiese visto, les hubiese felicitado por tan bonito reloj.

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